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El padre de Allison MacKenzie, con cuyo nombre había sido bautizada la niña, murió cuando ella tenía tres años.

Ella no tenía ningún recuerdo consciente de él.

Cuanto alcanzaba recordar era que había vivido con Constance, su madre, en la casa de Peyton Place que en otros tiempos perteneciera a su abuela.

Constance y Allison tenían poco en común; la madre poseía un carácter demasiado frío y práctico para comprender a una niña tan sensible y soñadora, y Allison era demasiado joven e imaginativa para congeniar con su madre.

Constance era una mujer hermosa que siempre se había enorgullecido de ser testaruda.

A los diecinueve años vio las limitaciones de Peyton Place y, pese a las protestas de su madre viuda, fue a Nueva York con la idea de conocer a un hombre de dinero y posición, trabajar para él y finalmente casarse con él.

Se convirtió en secretaria de Allison MacKenzie, un escocés bien parecido y bondadoso que poseía una tienda floreciente de telas importadas.

A las tres semanas, él y Constance ya eran amantes y al año fueron padres de una niña que Constance bautizó inmediatamente con el nombre de su padre.

Allison MacKenzie y Constance Standish no llegaron a casarse, pues él ya tenía esposa y dos hijos «en Scarsdale », como siempre decía.

Pronunciaba estas palabras como si dijera «en el Polo Norte», pero Constance nunca olvidó que la anterior familia de Allison estaba peligrosamente cerca.

—¿Qué piensas hacer respecto a nosotros? —le preguntó.

—Seguir como hasta ahora, supongo —comentó él—. No creo que podamos hacer mucho más sin provocar un escándalo.

Constance, que recordaba haber crecido en una ciudad pequeña, sabía muy bien lo que significaba ser blanco de las habladurías.

—Supongo que no —repuso, conforme.

Pero desde ese momento empezó a hacer planes para sí misma y la criatura que iba a nacer.

A través de su madre difundió una respetable ficción sobre sí misma en Peyton Place .

Elizabeth Standish fue a Nueva York para asistir a la boda íntima de su hija Constance, o esto es lo que hizo saber a la ciudad.

En realidad fue a Nueva York para estar con Constance cuando su hija regresó del hospital con la niña que había sido bautizada con el nombre de Allison MacKenzie.

Unos años después, Constance no tuvo dificultades en utilizar un poco de quitamanchas de tinta y cambiar el último número de la fecha que constaba en la partida de nacimiento de su hija.

Lentamente, al no contestar las cartas que sugerían con descaro la intención de visitar a los MacKenzie, Constance Standish rompió con las amistades de su juventud.

Peyton Place no tardó en olvidarse de ella, y sus viejos amigos sólo la recordaban cuando encontraban a Elizabeth Standish por la calle.

—¿Cómo está Connie? —le preguntaban—. ¿Y el bebé?

—Muy bien. Todos están bien —decía la pobre señora Standish, temerosa de dar a entender que algo no iba bien.

Desde el día en que Allison nació, Elizabeth Standish vivió atemorizada.

Tenía miedo de no haber interpretado bien su papel, de que antes o después alguien descubriera la falsificación de la partida de nacimiento, o de que un buen observa dor reparase en que su nieta Allison tenía un año más de lo que Constance decía.

Pero sobre todo, tenía miedo por ella misma.

En sus peores pesadillas oía las voces de Peyton Place .

—Por ahí va Elizabeth Standish. Su hija tiene una aventura con un tipo de Nueva York.

—Lo que una haga de mayor sólo depende de la educación que reciba de pequeña.

—Constance tiene una hija.

—Pobre bastarda.

—Sí, una bastarda.

—Esa ramera de Constance Standish, y su sucia bastarda.

Cuando Elizabeth Standish murió, Constance mantuvo la casa de Beech Street desocupada pero preparada para el día en que Allison MacKenzie se cansara de ella y tuviese que regresar a Peyton Place .

Sin embargo, Allison no abandonó a Constance y a su hija.

A su modo era un buen hombre, con un estricto sentido de la responsabilidad.

Se encargó de sus dos familias hasta el día de su muerte, e incluso después de ella.

Constance no supo ni le importaron las circunstancias en que se hallaba la esposa de Allison.

A Constance le bastó saber que su amante le había dejado una considerable suma de dinero en manos de un discreto abogado.

Con esto y lo que había conseguido ahorrar en vida de Allison MacKenzie, regresó a Peyton Place y se estableció en la casa Standish.

No lloró a su amante muerto, pues no le había amado.

Poco después de su regreso a Peyton Place , abrió una pequeña tienda de modas en Elm Street y se dispuso a ganarse la vida.

Nadie dudó jamás de que Constance fuera la viuda de un hombre llamado Allison MacKenzie.

Conservaba una gran fotografía suya enmarcada sobre la repisa de la chimenea del salón, y la ciudad la compadecía.

—Es una pena —decían en Peyton Place— . Y él era tan joven...

—Es difícil para una mujer sola, especialmente si tiene que criar a una hija.

—Connie MacKenzie es muy trabajadora. Nunca sale de su tienda antes de las seis.

A los treinta y tres años, Constance todavía era hermosa. Su cabello aún relucía, liso y rubio, y su rostro aún no había empezado a acusar el paso del tiempo.

—Siendo una mujer tan hermosa —decían los hombres de la ciudad—, lo lógico sería que quisiera volver a casarse.

—Quizás aún sea fiel a la memoria de su marido —decían las mujeres—. Algunas viudas lo son durante el resto de su vida.

La verdad era que a Constance le gustaba vivir sola.

Se decía a sí misma que, en primer lugar, nunca había sido sexualmente activa, que su aventura con Allison se había debido únicamente a la soledad.

Se repetía en silencio, una y otra vez, que la vida con su hija Allison le satisfacía por completo y que era todo lo que quería.

Los hombres no resultaban necesarios, pues en el mejor de los casos eran indignos de confianza y sólo servían para crear problemas.

En cuanto al amor, ella conocía bien los trágicos resultados de no amar a un hombre.

¿Qué otra horrible consecuencia podía derivarse de amar a otro?

No, se decía con frecuencia, estaba mejor tal como estaba, desenvolviéndose lo mejor posible y esperando que Allison creciera.

Si a veces sentía un vago desasosiego en su interior, se decía severamente que eso no era debido al sexo, sino quizás a una ligera indigestión.

La tienda de modas prosperó. Quizá por ser la única de su clase en Peyton Place, o quizá porque Constance tenía gusto.

Fuera lo que fuese, las mujeres de la ciudad le compraban la ropa casi exclusivamente a ella.

La opinión de la ciudad era que las prendas de Connie MacKenzie eran tan bonitas como las de las tiendas de Manchester o White River, y como no eran más caras, más valía tratar con alguien de la localidad que llevar el dinero a otra parte.

A las seis y cuarto de la tarde, Constance subía por Beech Street en dirección a su casa.

Llevaba un elegante traje negro, comprado en una tienda de Boston bastante cara, y un pequeño sombrero negro.

Parecía una ilustración de alguna revista de modas, un hecho que incomodaba vagamente a Allison, pero que era, como Constance le decía a menudo, muy conveniente para el negocio.

Mientras se dirigía a su casa, Constance pensaba en el padre de Allison, cosa que casi nunca hacía por resultarle incómodos esos pensamientos.

Sabía que algún día tendría que revelar a su hija la verdad sobre su nacimiento.

Muchas veces se había preguntado por qué, pero nunca había encontrado una contestación razonable a su pregunta.

«Es mejor que lo sepa por mí que por otra persona», pensaba con frecuencia.

Pero ésta no era la contestación, pues nadie había descubierto la verdad y había pocas posibilidades de que alguien lo hiciera en el futuro.

«De todos modos —pensó Constance—, Allison tendrá que saberlo algún día.»

Abrió la puerta de su casa y fue al salón, donde la esperaba su hija.

—Hola, querida —dijo Constance.

—Hola, madre.

Allison estaba sentada en un mullido sillón, con las piernas encima del apoyabrazos, leyendo un libro.

—¿Qué estás leyendo ahora? —preguntó Constance, deteniéndose frente a un espejo y quitándose cuidadosamente el sombrero.

—No es más que un cuento infantil —dijo Allison, a la defensiva—. Me gusta releerlos de vez en cuando. Éste es La bella durmiente .

—Es muy bonito, querida —comentó Constance distraídamente.

No podía comprender que una muchacha de doce años hundiera la nariz en un libro. Otras niñas de su edad estarían continuamente en la tienda, examinando y admirando las cajas de bonitos vestidos y ropa interior que llegaban casi todos los días.

—Supongo que deberíamos ir pensando en comer algo —dijo Constance.

—He puesto unas patatas en el horno hace media hora —dijo Allison, dejando el libro.

Fueron juntas a la cocina para preparar lo que Constance llamaba «comida».

Allison había observado que era la única mujer en Peyton Place que lo hacía.

Fuera de casa, Allison siempre decía «cena».

Con los demás, también hablaba de «ir a la iglesia», nunca a «los servicios», y de que un vestido era «bonito», pero nunca «elegante».

Las cosas pequeñas, como una terminología diferente, tenían el poder de confundir a Allison hasta el punto de que, cuando pensaba en ellas al acostarse, se retorcía de vergüenza, con la cara sonrojada en la oscuridad, y odiaba a su madre por ser diferente, por hacer que ella fuera diferente.

—Por favor, madre —le decía, llorando, siempre que la conversación de su madre la irritaba hasta el punto de hacerla explotar.

Y Constance, que había sepultado los modismos de sus conciudadanos bajo la pátina de Nueva York, decía: «¡Pero, cariño, es un vestido muy elegante!» o «¡Pero, Allison, a la comida principal, al acto de comer siempre se le ha llamado comida!».

A las nueve de aquella noche, Allison, vestida con el pijama y la bata y lista para irse a la cama, dejó sus libros en la repisa de la chimenea del salón.

Sus ojos tropezaron con la fotografía de su padre y se quedó inmóvil unos instantes, contemplando la cara que le sonreía.

Observó que el cabello de su padre forma ba una pronunciada onda sobre su frente, dándole un aspecto bastante diabólico, y que tenía los ojos grandes, oscuros y profundos.

—Era muy guapo, ¿verdad? —preguntó en voz baja.

—¿Quién, querida? —preguntó Constance, levantando la mirada del libro de cuentas que tenía delante.

—Mi padre —dijo Allison.

—Oh —repuso Constance—. Sí, querida. Sí, lo era.

Allison seguía mirando la fotografía.

—Parece un príncipe —comentó.

—¿Qué has dicho, querida?

—Nada, madre. Buenas noches.

—Buenas noches, cariño.

Allison se acostó en su ancha cama con dosel y clavó los ojos en el techo, donde las luces de la calle, al entrar en contacto con la oscuridad de la habitación, proyectaban extrañas sombras.

«Igual que un príncipe», pensó, y sintió un repentino nudo en la garganta.

Durante un momento se preguntó cómo habría sido su vida si en lugar de su padre hubiera muerto su madre. Acto seguido, mordisqueó el borde de la sábana, arrepentida de un pensamiento tan desleal.

«Padre, padre.» Repitió mentalmente esta palabra una y otra vez, pero su sonido no significaba nada para ella.

Pensó en la fotografía que había sobre la repisa de la chimenea.

«Mi príncipe», se dijo, e inmediatamente la imagen de su padre pareció cobrar vida, respirar, y sonreírle con cariño.

Allison se quedó dormida.