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Allison se alegró al pensar que tenía dos días, más lo que restaba de aquella hermosa tarde, libres del fastidio de la escuela.
Durante estas cortas vacaciones tendría tiempo para ir hasta el final del camino, estar sola y sumirse en sus propios pensamientos.
Durante un rato podría estar plácidamente en aquel lugar y olvidar que sus placeres serían considerados tontos y pueriles por las chicas de doce años más maduras que ella.
La indolente y melancólica belleza del veranillo de San Martín confería una hermosura inusitada a aquella soleada tarde.
Allison repitió las palabras «tarde de octubre» una y otra vez.
Eran como un narcótico que la calmaba y la llenaba de paz.
«Tarde de octubre», dijo, suspirando, y se sentó sobre el tablón que ostentaba las palabras ROAD’S END en un lado.
Ahora que estaba tranquila y serena podía imaginar que volvía a ser una niña, y no una chica de doce años a un año escaso de entrar en la escuela secundaria, a punto de interesarse por los vestidos, los chicos y el lápiz de labios color rosa claro.
Se hallaba rodeada por todos los encantos de la infancia y aquí, en la colina, no se sentía distinta de las demás chicas, pero lejos de este lugar era desgarbada, torpe, consciente de no tener el atractivo y aplomo que a su juicio poseían todas las demás muchachas de su edad.
En contadas ocasiones sentía una pizca de esta misma secreta y solitaria felicidad en la escuela, cuando en la clase leía un libro o un relato que le gustaba.
Entonces levantaba rápidamente los ojos de la página impresa, veía que la señorita Thornton la estaba mirando, y los ojos de ambas se encontraban y sonreían.
Procuraba no mostrar esta felicidad, pues sabía que las demás alumnas de su clase se reirían para hacerle saber que este tipo de alegría era un error, y la calificarían con su palabra de condena favorita: infantil.
Ya no habría muchos días de alegría para Allison, ahora tenía doce años y pronto debería empezar a vivir con personas como las chicas de la escuela.
Se encontraría rodeada por ellas, debería intentar convertirse en una de ellas.
Estaba segura de que nunca la aceptarían.
Se reirían, la ridiculizarían, y ella tendría que vivir en el mundo como un ser extraño, distinto del resto de la población.
Si Allison MacKenzie hubiera tenido que definir aquel vago «ellas» al que se refería mentalmente, habría dicho: «Todo el mundo excepto la señorita Thornton y Selena Cross, y a veces incluso Selena».
Porque Selena era hermosa y Allison se consideraba a sí misma carente de atractivo, rellena en los sitios indebidos, plana donde debía estar rellena, con las piernas demasiado largas y la cara demasiado redonda.
Sabía que era tímida y torpe y tenía la cabeza llena de sueños absurdos.
Así la veía todo el mundo excepto la señorita Thornton, y eso sólo porque la propia señorita Thornton era fea.
Selena sonreía y trataba de quitar importancia a los complejos de Allison con un movimiento de la mano.
«No estás tan mal, criatura», decía Selena, pero Allison no siempre creía a su amiga.
En algún lugar del camino que la conducía a la madurez había perdido la sensación de ser amada y de pertenecer a un determinado lugar en el mundo.
Medía su desgracia pensando que no había podido perder estas cosas porque en realidad nunca las había tenido.
Allison miró a lo lejos. Desde allí arriba veía la ciudad, extendida a sus pies.
Veía el campanario de la escuela elemental, las agujas de la iglesia y la sinuosa cinta azulada del río Connecticut con las fábricas de ladrillo rojo enraizadas, como plantas, en sus orillas.
Veía el montón de piedras grises del castillo de Samuel Peyton, y contempló largamente el lugar que había dado nombre a la ciudad.
Se estremeció bajo el cálido sol pensando en la historia de la fortaleza de Peyton, y apartó los ojos de ella.
Intentó localizar la casita blanca y verde donde vivía con su madre, pero no distinguió su hogar de todos los otros de su vecindad.
La casa de Allison se hallaba a tres kilómetros de distancia desde donde estaba sentada.
Las viviendas del barrio de Allison eran sencillas, sólidas, casas unifamiliares que en su mayor parte seguían las líneas ar quitectónicas del cabo Cod y habían sido pintadas de blanco con un reborde verde.
Allison había buscado en una ocasión el significado de la palabra «vecino» en un libro que, aunque ahora conocía mejor, aún consideraba propio de un hombre en circunstancias muy peculiares: Sobre un puente , de Webster.
Un vecino, decía el libro, era alguien que vivía en el mismo barrio que otro, y durante cierto tiempo Allison se había sentido aliviada.
Al parecer, según el libro, no había nada raro en el hecho de que un vecino no fuera un amigo, pero ningún diccionario explicaba por qué la familia MacKenzie no tenía amigos en toda la ciudad de Peyton Place .
Allison estaba segura de que la razón de esta carencia era el hecho de que su familia era distinta a casi todas las otras, y quizá por eso las demás personas no tenían interés en relacionarse con ellas.
Desde lo alto de la colina, Allison se imaginó el hogar que no podía ver como una casa llena de gente corriente, atareada, cuyo teléfono sonaba constantemente.
Desde aquí podía imaginar que su casa no era distinta de cualquier otra, que no resultaba extraña por su soledad y aislamiento, que no tener padre no era del todo malo, ni su vida lo era, ni ella misma.
Únicamente aquí, sola en la colina, podía Allison estar segura de sí misma... y satisfecha.
Bajó al suelo de un salto y se agachó para coger la ramita de un arce que el frío viento y la lluvia de los días anteriores había quebrado.
Rompió cuidadosamente todas las varillas de la rama hasta convertirla en un palo casi recto, y, mientras andaba, descortezó la madera hasta dejarla limpia.
Hecho esto, se detuvo y acercó la nariz a la desnuda superficie verdiblanca, aspiró su fresco y húmedo aroma y pasó las yemas de los dedos sobre la rama hasta notar la humedad de la savia en las manos.
Echó a andar nuevamente, clavando el palo en el suelo a cada paso, y se imaginó que llevaba un bastón como el de los personajes de las fotografías tomadas en los Alpes suizos.
El bosque que había a ambos lados del camino era viejo.
Constituía uno de los pocos reductos madereros nunca talados del norte de Nueva Inglaterra, pues la ciudad terminaba debajo de Memorial Park y el terreno que había siempre encima había sido considerado demasiado rocoso y desigual para urbanizarlo.
Allison se imaginó que los senderos por los que cruzaba el bosque eran las mismas veredas que los indios habían seguido antes de que el hombre blanco se estableciera aquí.
Creía que era la única persona que venía a estos parajes y consideraba que, en cierto modo, el bosque le pertenecía.
Lo amaba y lo conocía bien en todas las estaciones del año.
Sabía dónde crecían los primeros madroños en primavera, cuando aún había grandes placas de nieve en el suelo, y conocía los tranquilos y sombreados lugares donde las violetas formaban ramilletes de color púrpura cuando la nieve había desaparecido.
Sabía dónde encontrar sandalias de Venus, y dónde había un claro, oculto en medio del bosque, cubierto de ranúnculos y rudbekias en verano.
En un lugar secreto había una roca donde podía sentarse y observar a una familia de petirrojos, y una sola mirada a los árboles le bastaba para saber cuándo había llegado la época de los primeros hielos.
Se movía silenciosamente a través del bosque, con una gracia que no poseía lejos de él, y se imaginaba que en el mundo exterior otras chicas se sentían tal como ella se sentía aquí, segura y a salvo, familiarizada con los alrededores e integrada en ellos.
Allison anduvo a través del bosque y llegó al claro.
Las flores estivales ya habían desaparecido y los altos y resistentes tallos de las varas de San José habían ocupado su lugar.
El claro se había tornado amarillo con ellas, y mientras ella andaba la rodearon por todos lados hundiéndola, hasta la cintura, en un mar dorado.
Permaneció inmóvil y un momento después, súbitamente, como en éxtasis, alargó ambos brazos hacia el mundo que la rodeaba.
Alzó los ojos al cielo azul profundo carac terístico del veranillo de San Martín, y le pareció una enorme taza invertida sobre ella.
Los arces del bosque que circundaba el claro eran rojos y amarillos, y una cálida brisa agitaba sus hojas.
Se imaginó que los árboles le decían: «Hola, Allison.
Hola, Allison», y sonrió. En un momento dado, precioso por su naturalidad, extendió los brazos y gritó: «¡Hola! ¡Oh, hola a todo lo hermoso!».
Echó a correr hacia el límite del claro y se sentó, apoyando la espalda en el tronco de un árbol, y después volvió a contemplar el campo de varas de San José.
Lentamente le invadió la maravillosa sensación de ser el único ser viviente en todo el mundo.
Todo era suyo y no había nadie para estropeárselo, nadie que turbara lo pacífico, verdadero y hermoso de aquel momento.
Permaneció inmóvil durante largo rato, dejando que la sensación de felicidad la llenara de bienestar, y cuando se levantó y echó a andar nuevamente por el bosque, tocó los árboles y los matorrales al pasar como si acariciara las manos de viejos amigos.
Al final llegó al pavimento y al tablón de madera que decía Road’s End.
Miró hacia la ciudad y la sensación de alegría empezó a disolverse en su interior.
Giró sobre sus talones, dando la espalda a la ciudad, para ver nuevamente los árboles y recuperar aquella sensación tan cálida y hermosa, pero no lo logró.
Se sintió como si de repente pesara cien kilos, tan cansada como si hubiera estado corriendo durante horas.
Dio media vuelta y empezó a bajar la colina en dirección a Peyton Place .
Cuando estaba a medio camino, levantó el palo que llevaba y lo lanzó hacia el bosque que bordeaba la carretera.
Allison anduvo rápidamente, apenas consciente de la distancia, hasta llegar al parque y entrar en la ciudad.
Un grupo de muchachos se dirigía hacia ella, cuatro o cinco chicos, riendo, empujándose unos a otros, y los últimos vestigios de su felicidad se desvanecieron.
Conocía a esos muchachos; iban a su misma escuela.
Avanzaban hacia ella vestidos con jerseys de colores vivos, mordisqueando manzanas y dejando que el jugo se deslizara por su barbilla; sus voces sonaban con fuerza en la tarde de octubre.
Allison cruzó la calle con la intención de esquivarlos, pero vio que habían reparado en ella y una vez más se sintió tensa, consciente y asustada del mundo que la rodeaba.
—Hola, Allison —dijo uno de los muchachos.
Como no contestó y siguió andando, él empezó a imitarla, irguiéndose exageradamente y levantando la cabeza.
—Oh, Allison —dijo otro muchacho con un estridente falsete, arrastrando las sílabas de su nombre de modo que sonó como si dijera: «¡Oh, Aa-hal-lissonnn!».
Ella siguió adelante, sin hablar, con los puños apretados en los bolsillos de su chaqueta.
—¡Aa-hal-lissonnn! ¡Aa-hal-lissonnn!
Allison miraba hacia el frente sin ver nada, sabiendo por instinto que la próxima calle era la suya, y que pronto podría doblar por la esquina y desaparecer.
—Allison, la estirada Allison. ¡Allison, la larguirucha, desgarbada y patizamba Allison!
—¡Eh, gorda!
Allison giró por Beech Street y subió toda la manzana corriendo hasta llegar a su casa.
1 Road’s End, en castellano, significa ‘fin del camino’. (N. de la T.)