CAPÍTULO 54
ELENA
Dos meses después
Nuestros besos resuenan en el silencio de la noche. La lluvia cae con fuerza y Penny duerme junto a la chimenea. El chisporroteo de la leña acompaña al repiqueteo de las gotitas de agua contra los cristales de las ventanas.
Mi cuerpo se sienta sobre Kael, estamos sobre la alfombra, en el mismo suelo, siendo tan salvajes como siempre. Y toda su hombría se hunde en mí mientras los dos gemimos en nuestras bocas.
Sus dedos se enredan en mi cabello rubio y tiran de él hacia atrás para poder tener acceso a mi cuello, y a mis tetas, que son sus favoritas del mundo; bueno, según él, las únicas tetas que le gustan. Palabras suyas, no mías.
Me muevo vigorosamente sobre su enorme erección, arrancando fuertes gruñidos guturales de esa boca que sabe al paraíso. Él aprieta mi culo, ayudándome a impulsarme hacia arriba, dejándome caer hacia abajo y rebotar para volver a subir.
Es jodidamente delicioso.
El salón se ilumina cuando un relámpago alumbra el cielo y un trueno estalla sobre nosotros.
Kael me coloca sobre la alfombra, boca abajo, alzando mis caderas y volviendo a entrar en mí, tomándome con esa rudeza que solo él tiene.
Amo que me domine y que me haga sentir que, por muy sola que me sintiese a lo largo de mi vida, siempre fui suya.
Porque la distancia y el tiempo no son nada cuando dos almas deciden unirse para siempre. Hay conexiones que la ciencia no puede explicar, ni siquiera la lógica, pero existen.
Su aliento se derrama sobre mi columna y un escalofrío me hace estremecerme, aún entre sus enormes manos, sintiéndole completo y duro dentro de mí.
—Kael... —murmuro, con la voz cansada y rota, notando cómo mi cuerpo recibe descargas placenteras cada vez que se clava en ese punto que me vuelve loca—. Te quiero.
—Yo te amo, Elena.
Tengo las mejillas sonrosadas y calientes, como cada vez que me lo dice. Sigo sin estar acostumbrada a sus muestras de amor, pero, cuando las recibo, se siente igual que subir al cielo.
Kael ya ha recuperado su rutina como policía, aunque a veces se ausenta por días y no me dice a dónde va. Lo que sí sé es que se lleva la escopeta y que siempre regresa enfadado.
Hoy, sin embargo, ha vuelto distinto.
Más feliz, más tranquilo, más en paz.
—¿Ya has conseguido lo que querías? —replico, alzando el culo para provocarle y darle más placer, él golpea mis nalgas y gruñe, mordiéndome el cuello.
Arg, qué rico.
—No sé de qué me hablas.
El chisporroteo de la leña hace que mire hacia la chimenea.
Ha regresado con manchas de sangre, la escopeta no está y, cuando se ha duchado, ha lanzado la ropa al fuego.
Él se da cuenta de mis pensamientos, así que me hace girarme para verme la cara, baja a mi sexo, lo lame, lo chupa y me envuelve de sensaciones maravillosas.
Mis dedos se escurren entre sus cabellos castaños y aprieto para que me siga follando con su lengua.
Entre gritos y gimoteos, me corro pronunciando su nombre una y otra vez. Él regresa para llenarme con su miembro, embistiéndome hasta quedar extasiado de mí y caer sobre mi cuerpo, abrazándome con todas sus fuerzas.
Nos quedamos así, en el suelo, sobre la alfombra, viendo el agua caer y el fuego arder.
Sea lo que sea lo que ha hecho Kael, solo espero que nunca salga a luz, porque no quiero volver a separarme de él.
—Lo único que sé —añade, dibujando pequeños círculos por mi brazo—. Es que te quiero tanto que mataría por ti, enana.
Mi cuerpo se congela unos segundos, entendiendo lo que ha pasado.
Creí en algún momento que lo dejaría pasar, pero las palabras que una vez me dijo cuando éramos niños resuenan en mi mente como si volviésemos a ese mismo instante.
«¡Kael! ¿Cómo me has encontrado? ¡Si me he escondido superbién!».
«Soy cazador, y los cazadores nunca dejan escapar a una presa».
Kael es el cazador.
Y River era su presa.
Lo ha encontrado, y ha terminado con lo que tenían pendiente.