CAPÍTULO 53
ELENA
No se me da bien esto de tener novio, la verdad. Y parece que a Kael, tampoco.
Vamos caminando por el mismo parque de atracciones al que fuimos cuando todo esto comenzó. Nuestras manos se rozan de vez en cuando, y a veces nos miramos y sonreímos, volviendo a evitarnos y fijarnos en nuestro alrededor.
Sin embargo, me siento cómoda, más de lo que he estado con cualquier hombre a lo largo de mi vida.
—¿Quieres volver a subirte en esa cosa que nos dejó empapados la última vez?
La sugerencia de Kael me hace gracia, pues por su mala cara parece ser un plan que odia y me divierte que lo proponga solo por contentarme.
—La verdad es que no me apetece, pero sí me gustaría ver a mi hombretón intentando conseguirme un peluche.
Él rueda los ojos y una media sonrisilla se le dibuja en la cara.
—No soy de jugar a esas tonterías.
—Oh, venga ya, señor Hall —replico, colgándome de su brazo—. ¿Es que te da vergüenza que descubra que tienes mala puntería?
Sus dos cejas oscuras se alzan y ya me está llevando a rastras hacia uno de los puestos de tiros con carabinas de aire comprimido.
—Estas mierdas están trucadas —comenta, llevándose un palillo de dientes mientras deja un billete de diez dólares sobre el mostrador y carga el arma—. Pero, aun así, conseguiré lo que quieras, enana.
El señor que se encarga de esto, nos mira con poca gracia, como si acabásemos de faltarle el respeto por no confiar en la honestidad del juego. Yo rebusco entre los premios disponibles, eligiendo un ciervo enorme que requiere de la máxima puntuación.
—Quiero ese —señalo, viendo como cierto policía me fulmina con los ojos y se dispone a disparar.
No puedo evitar hacerle un repaso a ese cuerpo tan perfecto, masculino y sexi que la madre naturaleza le ha dado.
Dios, le he echado tanto de menos, no puedo creer que por fin esté aquí y estemos teniendo nuestra cita.
—Es pan comido, enana, pero tendrás que cargar con ese muñeco gigante todo el trayecto.
—Primero a ver si lo consigues. —Me tapo la boca con la mano, fingiendo un bostezo de aburrimiento que le hace gruñir.
Dos hombres que están a nuestra izquierda, uno que aparenta su edad y otro que parece unos años mayor, fallan los tiros y vuelven a repetir que esto está trucado.
Kael dispara y falla, sonríe para sí mismo y vuelve a cargar el arma.
—Ya sé hacia dónde tiene el desvío, esto es demasiado fácil.
—Menos cháchara y más acción, señor Hall.
Mi codo choca el suyo, escuchando el segundo disparo.
Acierta.
Y también con el tercero, y con el cuarto. Y el quinto.
Finalmente, ese ciervo gigante acaba entre mis brazos, y una cola de chicas le suplican que les consiga un peluche.
Me gustaría decir que Kael es un chico agradable y simpático que siempre está dispuesto a hacer favores, pero no.
El señor Hall se hace el ciego, sordo y mudo, dejando a esa pobre oleada de señoritas con las ilusiones rotas.
Yo vuelvo a intentar engancharme a él, pero cuando me acerco, levanta su brazo y me atrapa bajo su cuerpo, apretándome a su costado.
Mi mano pasa por su cintura mientras la suya descansa sobre mis hombros. Seguimos paseando de esa forma, hasta llegar a un puesto de algodones de azúcar.
—Parecemos una pareja superenamorada —murmuro en voz bajita, regalándole el ciervo gigante a una niña que está llorando porque su padre no ha podido conseguirle nada. Kael me pone un algodón de azúcar entre las manos y pega sus labios a mi oreja.
—No des mis regalos a otras personas.
Mis mejillas se vuelven rojizas y se sienten calientes.
—Solo era una niña.
—Me da igual, ahora tengo que volver junto a esas niñatas alocadas y conseguirte otro ciervo.
—¡No es ne...!
Tarde, ya se está dirigiendo hacia el mismo sitio de antes.
—¡Kael! ¡Que no pasa nada! ¡Vuelve aquí!
—¡No pienso dejar que mi novia se quede sin ese estúpido peluche!
Espera.
¿Novia?
¿Ha dicho que soy su novia? ¿En voz alta? ¿Delante de todo el mundo?
Doy otro bocado al dulce, llenándome la boca de esa cosa empalagosa y rosa, mientras veo como se abre paso entre la multitud y vuelve a dejar otro billete de diez dólares sobre el mostrador.
En pocos minutos, regresa con el ceño fruncido y la recompensa apretujada bajo el brazo. Pobre ciervo, lo está estrangulando.
—Aquí lo tienes.
Lo empuja hacia mí y lo abrazo, apretándolo contra mi pecho, creo que me gusta incluso más que el primero.
Alzo la vista para ver esos preciosos ojos verdes bosque, viéndome reflejada en ellos. Por primera vez, no veo a una chica desesperada por llamar la atención o porque le ofrezcan un poco de cariño, sino a una mujer que se siente valorada, segura de sí misma y querida.
—Elena.
Sus labios están tensos, al igual que todo su cuerpo, puedo apreciar como se mueve el músculo de su mandíbula y cómo se le marca una vena a lo largo del cuello.
—Dime, Kael.
—¿Lo estoy haciendo bien?
—¿A qué te refieres?
—A la cita, ¿estoy siendo un buen novio en una primera cita?
Mis labios se curvan mientras llevo una de mis manos a su mejilla, envuelta en una sombra de barba oscura.
Kael se ha visto obligado a crecer demasiado rápido, y como consecuencia, también se ha perdido muchísimas cosas bonitas de la vida.
Quizá tuvo demasiada prisa con Susan, por la necesidad de crear una familia, y él también sea novato en esto de las citas y los sentimientos.
—Lo estás haciendo increíble.
Él agarra mi mano, la quita de su mejilla y tira de mí, plantándome un beso en los labios, mientras aprieta mi cintura contra su abdomen. Me veo en la obligación de ponerme de puntillas para llegar a su altura.
—Mientes de pena, enana.