CAPÍTULO 52
KAEL
Me muero de ganas por verla.
Lo primero que he hecho nada más llegar ha sido instalar cierres de seguridad por todas partes. Quiero que, si Elena se queda, se sienta segura. Esta también es su casa, al igual que la suya lo fue para mí.
Esta noche, después de verla cantar, cenaré con ellos y luego recogeré a Penny.
He pasado unas cuantas horas en el garaje pensando en dónde puede estar River. Esto no ha terminado. No para mí.
Aunque esa familia haya huido de Payson, es bastante fácil para un policía saber el lugar que han elegido para comenzar una nueva vida.
También me siento en deuda con Susan.
Creo que sé dónde está, porque yo también he tenido pensamientos y deseos de matar a alguien y es el mismo sitio que usaría para deshacerme del cuerpo.
La rapidez con la que desapareció solo significa una cosa: no ha podido ir muy lejos.
Su coche reapareció a las afueras de Phoenix, calcinado, mientras Oliver estaba encerrado en la cárcel. Esto no lo ha hecho él solo y pongo la mano en el fuego a que su cómplice fue Cristopher, el padre de River.
Hay una cueva de osos subiendo por la escarpada montaña, es peligroso ir allí, pero si vas armado y sabes cómo manejar la situación, puedes controlarlo. Los perros no se acercan a los osos, y los policías, menos. Además, están protegidos y no es que puedas ir intencionadamente a dispararles.
Sé que Oliver mató a Susan, y una investigación a fondo en caso de que se encontrase el cuerpo podría delatarle; sin embargo, cuanto más tiempo pasa, más difícil es.
Estamos en pleno invierno, es posible que esos animales estén hibernando así que es un buen momento para acercarse y dejarles un obsequio, la cosa es: si Oliver pensó como yo, ¿qué han hecho los osos con ella?
No puedo creer que esa familia siempre se salga con la suya. La justicia es un puto circo.
Sacudo la cabeza para despejarme y me llevo un cigarrillo a los labios, tengo que volver a coger el hábito de usar palillos en vez de tabaco.
Cuando llego al Jake’s Corner , tengo que hacer un esfuerzo por abrirme paso entre la gente que espera ver a la superestrella de esta noche.
Mi superestrella. Está lleno de turistas deseando disfrutar de una chica preciosa con voz angelical, eso es lo que el dueño del bar les lleva prometiendo durante toda la semana. Y no se equivoca.
—¡Kael! —exclama Michael alzando su botellín de cerveza. Va con el uniforme puesto porque está de servicio, pero yo no, así que no tardo en reunirme con él. Me ofrece un botellín y lo chocamos—. Has llegado justo a tiempo.
—Sí, ¿qué tal está ella?
—Nerviosa, pero muy ilusionada, se volverá loca cuando te vea aquí.
—Michael examina mi atuendo, vaqueros normales, cazadora de cuero negra y camiseta básica gris.
Sus labios sonríen de forma exagerada al ver que llevo un par de flores en la mano.
No las he comprado, las he cogido del bosque, las más bonitas, porque son las que me recuerdan a ella.
—Son campanillas silvestres —comento, subiendo y bajando los hombros, él suelta una carcajada sonora y niega con la cabeza—. ¿He hecho algo mal?
—No, simplemente nunca pensé verte enamorado. Enamorado de verdad —recalca, y me da un toquecito en el codo justo cuando las luces del bar se vuelven más tenues.
Enamorado.
Un foco se enciende sobre el viejo escenario en el que lleva años sin subir nadie y la música empieza a sonar.
La chica más bonita que han visto mis ojos aparece con su cabello rubio y unos ojos llenos de ilusión pero, a su vez, cargados de tristeza.
Sé lo que debe pensar, que quisiera que su madre estuviese aquí, que extraña a Amy y quizá..., no sé, ¿pensará también en mí?
En cuanto abre la boca al acercarse al micrófono, una ovación despierta entre el público y es que nunca nadie se espera que una persona tan pequeña y minúscula pueda llegar a tener ese tipo de voz.
Michael silba más fuerte que los demás, levantando el brazo para que le vea, ya que estamos en penumbra, yo me hago a un lado, dejándole todo el protagonismo a él y permitiéndome observarla un poco más desde la oscuridad.
El corazón me golpea dentro del pecho con cada nota de su voz, con cada pestañeo de sus ojos, con cada movimiento dubitativo y tímido.
La respiración se me agita cuando de nuevo despierta otro aplauso entre su público porque ni siquiera con más horas de trabajo, la cara pálida y unas ojeras tan profundas que parece estar enferma puede evitar ser una superestrella.
La única estrella que alumbra mi cielo si me preguntan.
Lo he intentado todo, pero creedme cuando os digo que es imposible no enamorarse de alguien a quien has echado de menos durante la mitad de tu vida.
Dicen que el roce hace el cariño, aunque, por el contrario, levantarte cada mañana pensando en una persona que está lejos y sentirla tan cerca, puede llegar a volverte loco.
El dueño del bar decide encender unas luces de colores que alumbran la zona en la que la gente suele bailar cuando está bebida hasta el culo, vamos, justo donde estamos nosotros ahora mismo.
Y un foco rojo me golpea la cara, haciendo que las pupilas de Elena se dilaten al verme, provocando que su timbre vocal tiemble.
Le hago un gesto con la mano para que guarde la calma y respire, ella me mira suplicante, le guiño un ojo, entonces se relaja un poco y, sin dejar de mirarme, sigue cantando.
Llegas sin avisar como la lluvia en julio,
Rompes el aire seco que llevaba conmigo.
Todo huele distinto cuando rozas mi mundo.
Y es que contigo todo cae despacio.
Como si el tiempo quisiera escuchar...
Lo que nunca decimos en voz alta,
Lo que no va a pasar.
Eres todo lo que no fue,
Lo que arde lento y no se deja ver.
Si esto es un error, no lo quiero entender...
Porque huele a ti... cada vez que va a llover.
Si el cielo nos quiere borrar,
¿por qué siempre nos vuelve a juntar?
Si lo nuestro no debe existir...
¿Por qué sabe así?
Y aunque el mundo diga que no,
Hay historias que nacen sin razón.
Y la tuya y la mía...
Siempre empieza cuando llueve entre los dos...
La canción termina, sus ojos siguen sumergidos en los míos, cristalinos y emocionados. Es incapaz de soltar el micrófono y, aunque todo el mundo aplaude y exige que cante una canción más, es como si su mente estuviese en un lugar lejano.
—Vuelve —murmuro—. No te vayas ahora que he venido.
Parece leer mis labios, el dueño del bar sube al escenario, dándole las gracias por su canción, Petricor , y una disimulada sonrisa se me dibuja en la cara.
Ella baja rápidamente y me abro paso entre la multitud porque no quiero que nadie la toque antes que yo.
Su mano se tiende en mi dirección mientras un montón de gente le pide una foto, le pregunta si la canción es suya y la invitan a eventos privados. Los turistas son unos pesados de cojones.
Aparto a un par de ellos de malas maneras, consiguiendo rozar sus dedos y, en ese instante, ya es toda mía.
Tiro de ella, pegándola por completo a mi cuerpo y convirtiéndome en su refugio, en su hogar, en ese lugar en el que nunca tendrá nada que temer. Porque la quiero, joder, y estoy dispuesto a cualquier cosa por ella.
Volvería a esa puta cárcel, volvería a partirle la mandíbula a River y volvería a tomar cualquier mala decisión necesaria para proteger su vida.
Porque ya una vez morí cuando la vi irse, y no pienso volver a pasar por ello.
Definitivamente, Elena se queda conmigo, a mi lado.
Si tiene que moverse, yo me moveré con ella, acompañándola al mismo fin del mundo si es necesario.
Cuando nuestros labios se unen, soy consciente de que es la primera vez que la beso delante de Michael. Sus pequeñas manos se aferran a las solapas de mi cazadora, tirando de ella con ansiedad para no separarse de mí.
—Has venido. Joder, ¡has venido!
—Por supuesto, sabes que soy tu mayor fan, enana.
Sus cejas se arrugan un poquito, Legendary Lovers de Katy Perry suena de fondo y mis brazos la invitan a bailar conmigo.
—No eres mi fan —susurra sin dejar de mirarme, con esa admiración que solo veo en ella. Para Elena soy suficiente, y para mí, ella es necesaria—. Eres mi novio.
Tira una vez más de la cazadora y la complazco, volviendo a besarla, esta vez de una forma más lenta, larga y efusiva.
Mis ojos miran detrás de su melena hacia la dirección en la que se encuentra Michael. Él afirma con la cabeza y se da media vuelta, dispuesto a seguir con el servicio.
La mejilla de Elena descansa sobre mi pecho y mis dedos se enredan en su cabello, meciéndonos lentamente, mientras pronuncio cada palabra de la canción que suena en su oído.
Ella tararea junto a mí y es como si el mundo entero dejase de existir, siendo de la misma forma que cuando éramos niños. Solos ella y yo, en nuestra propia burbuja, existiendo el uno para el otro.
—Sigo sin saber montar en bicicleta —dice de repente, apretando mi cintura.
—Te enseñaré.
—Sigo echando de menos a Amy.
—Te llevaré.
—Tengo hambre.
—Iremos a cenar.
—Y quiero dormir esta noche contigo.
—Así será.
—Kael.
—Dime.
—¿Por qué accedes a todo lo que te pido?
—Porque te quiero.
—Me quieres —repite, sin separarse de mí ni un solo centímetro.
Asiento, confirmando lo que acabo de decir.
—Muchísimo, enana.
Su sonrisa es tan radiante que me duele, y la forma en la que las aletas de su naricilla se ensanchan por la emoción que le produce escuchar estas palabras me destroza por completo.
No se lo he dicho antes porque necesitaba estar seguro, porque un te quiero es una palabra de tanto peso que no se debe regalar a cualquiera.
Ella vuelve a acurrucarse en mi pecho, siguiendo el ritmo lento de la canción. Un sollozo se le escapa y rompe su voz cuando se estremece al responder:
—Lo sabía. Yo también te quiero muchísimo, Kael.