CAPÍTULO 50
KAEL
Por fin, solo quedaban unos días para cumplir con los tres meses, pero hoy han venido a buscarme y me han dado la noticia de que estoy libre.
Me cuesta asimilar que puedo volver a casa.
Michael me espera en la puerta de la cárcel con su camioneta. Elena está trabajando y no la he avisado, porque no quiero alterarla y prefiero verla en persona ya de una vez.
Mis sentimientos hacia ella siguen siendo algo que escapa de mis manos y de mi control. No puedo decirle que la quiero, porque me siento jodidamente mal por quererla. Pero es innegable que estoy loco por ella y por más que lo intente, no puedo ni podré sacarla de mi cabeza.
—Mi niña se va a volver loca cuando te vea. Encima esta noche tiene que cantar en ese bar, ¿aparecerás bien vestido y con unas flores, no?
Michael golpea mi brazo con el codo y yo le miro con el ceño fruncido.
—Okey, el romanticismo no es lo tuyo, pero, oye, sé cariñoso con ella, se lo merece, te ha echado mucho de menos.
Lo que me faltaba, tener a mi padre adoptivo, suegro y al mismo tiempo jefe haciéndome de celestino.
—¿Tú de verdad apruebas esto? —pregunto, porque no sé si aquella conversación que tuvimos en prisión fue por lo que pasó o porque de verdad lo siente—. No me debes a tu hija por haberla salvado, lo volvería a hacer, sin pensarlo. Quiero la verdad.
—¿Quieres saber si, en caso de que no hubiese pasado lo de River, me parecería bien que salieras con ella?
Sin decir nada más, inclino la cabeza una sola vez.
—Siempre me has gustado para Elena. Y nunca me ha gustado Susan para ti. ¿Pero quién era yo para meterme en tu vida privada?
Nos miramos un segundo y de forma breve respondo:
—Mi única familia.
Es la verdad, Michael y Penny son todo lo que he tenido durante mi adolescencia. Ellos y nada más.
Michael solamente aprieta los dientes, me da una fuerte palmada en el hombro y sigue conduciendo. Sabe que odio las escenas sentimentales, así que es su forma de zanjar el tema.
—Nadie ha vuelto a quemarle el granero a Johnson, así que se ve que el cabecilla de ese grupo era el puto River.
Bueno, eso ya lo sabía.
—De Susan sigue sin haber señales, a saber qué hicieron con ella —añade—. Y, por cierto, se nos ha dado la orden de dejar de rastrear su cuerpo por el bosque, órdenes de los que están arriba. Nada de perros y nada de policías por esa zona, prohibido. Así, sin más.
También lo daba por hecho.
Por eso intenté salvarla, porque sé quién es esa familia y sé lo difícil que es hacer algo cuando ellos van por delante.
Debió poner esa maldita denuncia, pero no me escuchó.
—Penny se va a poner loca de contenta cuando te vea, ¿te quedarás en casa unos días? ¿O irás directamente a la tuya?
—A la mía, quiero recuperar mi vida lo antes posible.
Michael asiente, aunque no parece hacerle gracia del todo.
—Está bien, pero no te aísles, ¿eh? Ven a cenar cada noche al menos, a Elena le hará feliz.
Trago saliva, pensando en lo mucho que yo también necesito volver a verla.
—Oye, Michael. —Mis dedos repiquetean contra mi muslo izquierdo—. ¿Qué flores le gustan a tu hija?