Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 48
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CAPÍTULO 48

ELENA

Estoy un poco nerviosa. Me he sentado sobre la camilla que hay pegada al lado izquierdo de la pared unas cuatro veces, pero soy incapaz de permanecer con el culo quieto.

Me sudan las palmas de las manos, y es rarísimo porque hace bastante frío aquí dentro y me castañean hasta los dientes.

No quiero que Kael siga aquí encerrado, él no merece esto, pero papá me ha explicado una y otra vez que fue su decisión atacar de esa forma a River, y que no podemos hacer nada más que tener paciencia, las cosas podrían haber terminado peor.

La ley es una mierda. Una completa, jodida y soberana mierda.

Voy de un lado a otro, contando los azulejos grisáceos de la pared, hasta que por fin oigo como se abre la cerradura y el hombre más guapo que he visto en mi vida aparece con la cabeza casi rapada y un uniforme de cuerpo entero color naranja.

Sus ojos verde bosque siguen siendo penetrantes, brillantes y tan vivos como siempre, y no sé si es porque lo está llevando mejor de lo que he imaginado o porque se alegra de verme tanto como yo a él.

El guardia que le acompañaba cierra con un portazo detrás de nosotros en cuanto le ha quitado las esposas, y Kael guarda las distancias, sin embargo, yo no pienso perder ni uno de estos valiosos veinte minutos en esas chorradas.

Así que me lanzo sobre él y soy recibida entre sus brazos. Mi boca busca la suya y él me corresponde al beso de inmediato. Ese contacto enciende todo mi cuerpo al instante, el cual llevaba apagado desde que él se fue.

—Cada día estás más guapa, enana —musita, tirando del borde del gorro para taparme los ojos y no dejarme ver.

Río, me lo quito y lo lanzo sobre la cama, y en seguida él me abraza con fuerza y hunde su nariz en mi cabello, aspirando con intensidad. Yo simplemente me quedo quieta, con la mejilla apoyada en su pecho, disfrutando del latido de su corazón.

—He hablado con Michael y acepta lo nuestro —susurro en voz baja, sintiendo un cosquilleo cuando sus dedos recorren mis trenzas.

—Bueno, cuando salga de aquí, tendremos todo el tiempo del mundo para hacer las cosas bien, te sigo debiendo una cita.

—Y un fin de semana en la cabaña de tu abuelo —añado. Quiero mil planes con él. Ir a comer a sitios con él, a bailar, al cine, al rodeo, a bañarnos desnudos en el río, y, sobre todo, quiero estar a su lado cada día y cada noche de mi vida.

—Cuenta con ello.

Sus manos sostienen mi pequeño cuerpo pegado al suyo, pero sin tocar ninguna zona íntima y me frustra, porque el reloj vuela y le necesito, como espero que él también me necesite a mí.

—¿Quieres hacerlo? —sugiero, y su mandíbula se tensa al instante.

—Tu padre te está esperando fuera. Estoy feliz de verte, gracias por venir y...

—¿Cuándo aceptarás que eres mi novio y que me quieres?

La pregunta le hace arquear las cejas y fruncir un poco los labios, me da igual lo directo y precipitado que suene y lo mucho que le cueste verme de esa forma, porque me quiere, joder; después de lo que ha hecho por mí, no hay duda de ello.

Y pienso decírselo en voz alta cada vez que tenga oportunidad.

Así que me pongo de puntillas, vuelvo a rozar sus labios con un beso pequeño y repito:

—Te quiero, Kael Hall. —Agarro sus manos que descansaban en mi espalda, y las bajo con lentitud hasta mi culo—. Y no hay absolutamente nada malo en esto.

En cuanto sus dedos llegan a mi trasero, por encima de los vaqueros, aprieta mis nalgas con esa fuerza salvaje tan suya. Y mi cuerpo es alzado del suelo hasta que mi espalda choca contra la pared, siendo acorralada por sus enormes y fuertes brazos.

Ahora es él quien me besa y me lleva a ese lugar en el que solo he estado una vez, ese que, por supuesto, viví cuando me acosté con él: el paraíso.

No me lo pienso y mientras nuestras bocas pelean, mis dedos desabrochan su mono de presidiario, dejándome ver un pecho caliente y una piel perfecta con algunas marcas recientes. Se está peleando aquí dentro, mucho.

Quiero hacerle preguntas, porque me preocupo por él sin poder evitarlo, sin embargo, sus besos demandantes me sofocan más y más, impidiendo que pueda pensar con claridad.

Yo ya he perdido el abrigo y la bufanda, incluso el jersey.

Su medalla de plata cae sobre mis tetas mientras me mantiene contra la pared, bajando hasta cada uno de mis pezones para lamerlos ansiosamente. Logra hacer que mis ojos se cierren, y mi boca suelte un pequeño suspiro al sentir que el hombre correcto vuelve a hacerse dueño de mi cuerpo.

Soy suya, siempre lo fui.

—Eres tan perfecta, Elena... —gruñe, terminando de succionar mi pezón erecto. Tengo los pechos firmes y duros por el frío y por lo cachonda que estoy. Mis dedos acarician sus fuertes hombros, el mono ya le cae por debajo de la cintura y no puedo dejar de contemplarle.

Kael es mío. Mío y solo mío.

Mi pequeño cuerpo cae sobre la camilla y él agarra la cinturilla de los pantalones, me mira un segundo antes de ver en mis ojos que deseo seguir con esto. Cuando muerdo mi labio inferior, ya no duda en seguir tirando de ellos y, de paso, llevarse la ropa interior.

No tengo tiempo de gesticular una sola palabra antes de que sus fuertes manos separen mis rodillas y su boca se hunda en mi sexo, lamiéndome y besándome como ha hecho con mis tetas, las cuales siguen sintiendo deliciosas cosquillas solo de pensarlo.

Gimo duro y fuerte, tapándome la boca con ambas manos, es la primera vez que un hombre me hace sexo oral, que se preocupa por mi placer y que piensa más allá de correrse. Le siento entrar con su lengua húmeda y cálida en mí, recorrerme, saborearme y, luego, beber de mí al succionar con fuerza.

Oigo como escupe sobre mi clítoris, vuelve a lamerme y dos de sus dedos se cuelan en mi interior de golpe, y es entonces, cuando mis rodillas tiemblan de forma alarmante y, sin poder evitarlo, me corro de forma intensa, sin ser capaz de acallar los gemidos que me salen, uno tras otro.

Él sube por mi vientre, repartiendo besos mimosos hasta llegar a mi barbilla y clavar un pequeño mordisco en mi clavícula, pero, por desgracia, alguien toca a la puerta, avisando de que los veinte minutos ya terminan.

Antes de que pueda levantarme para vestirme, sus labios dejan una pequeña promesa junto a mi oído:

—Cuando salga de esta puta cárcel, voy a follarte cada día de mi vida.

Supongo que esto, en el idioma de Kael Hall, significa que también me quiere, aunque se niegue a decirlo en voz alta.