CAPÍTULO 47
KAEL
Espero en la fila junto a los demás reclusos, ellos van pasando en orden para recibir la visita de sus familiares.
El policía que se encarga de vigilarnos me saluda, con una palmada en el hombro, le devuelvo el saludo en forma de movimiento de cabeza.
A muchos de los tíos que están aquí dentro los he arrestado yo, así que están siendo unas semanas complicadas, pero me la suda. Pueden comerme los huevos.
El que viene por detrás de mí, me pega un empujón para colarse en la fila.
—Los polis de mierda no tienen derecho a visitas —gruñe.
Estoy esposado, al igual que él, aun así, sé usar las piernas.
Le meto un rodillazo por detrás que logra que ese gorila se tambalee, uno de sus colegas me intenta soltar un cabezazo y lo esquivo, aunque, antes de que la cosa vaya a más, nos detienen y nos amenazan con quedarnos sin cena.
—Ha empezado él —me acusa el calvo grandote.
—Kael —me advierte el poli, y asiento—. Sé bueno, ya queda poco.
Ya queda poco. Sí, mis cojones. Ya no aguanto más sin ver a mi perra y sin ver a...
Cuando me toca sentarme y agarrar el teléfono, es Michael quien está al otro lado. Esperaba a Elena, pero también me alegro de verle a él.
Joder, claro que me alegro, mucho.
Los dos nos llevamos el teléfono a la oreja a la vez, y él es el primero en hablar.
—¿Cómo lo llevas, chico?
—Mejor de lo que esperaba —miento, la rabia me quema por dentro al saber que yo estoy aquí y ese puto violador, fuera—. ¿Cómo está Elena?
—Mejor de lo que esperaba —repite mi respuesta, y la comisura de sus labios se arquea en forma de sonrisa—.
Tengo todas las ventanas llenas de rejas, la llevo y la traigo del trabajo, sigue cantando por todos los rincones de la casa y bebe cerveza sin alcohol todas las noches en la terraza, esperando tu siguiente llamada de teléfono.
El corazón se me comprime en el interior del pecho. Elena sigue siendo ella, no ha perdido su esencia, y eso es algo que me calma porque tenía miedo de que ese cabrón la hubiese roto.
—Gracias por cuidarla, Michael.
—Soy su padre, es lo que tengo que hacer.
Ya.
—Kael, ¿qué intenciones tienes con mi hija?
Mis dedos se aferran alrededor del teléfono como si lo estuviese estrangulando, no es por ningún motivo violento, solo son los nervios.
—Ninguna que tú no apruebes.
—Olvídate de mí, ¿qué quieres de Elena?
Todo.
—Formar parte de su vida —mascullo con la mandíbula tensa—. Solo si te parece bien.
Sus ojos ónice se fijan directamente en los míos y sus cejas pobladas se fruncen uniéndose en una sola.
—Supongo que toca meterme mi opinión por dónde no brilla el sol —gruñe y río de forma nasal—. Eres lo suficiente bueno para ella, así que, si es lo que los dos queréis, adelante.
El policía de antes viene a por mí, avisándome de que el tiempo se ha terminado. Cuando vuelvo a mirar el cristal, Michael ya ha soltado el teléfono y se está levantando de la silla.
Siempre he sido de pocas palabras, además de que me cuesta expresar lo que siento, así que casi ni hablo, y voy directo hacia el pasillo que conduce a mi celda.
—Kael, no. Hay algo más para ti —me avisa el hombre, agarrándome del codo—. Tienes otra visita.
Arrugo la frente, sin saber a qué coño se refiere.
Me dejo guiar, yendo por un pasillo en el que no he estado nunca.
—Esa habitación —señala—. Veinte minutos, aprovéchalos.