CAPÍTULO 45
ELENA
Siento que mi mundo se desmorona lentamente. Han venido personas de otras partes y policías que parecen estar incluso por encima de mi padre.
Veo que hablan y conversan. Han precintado nuestra casa y la ambulancia se ha llevado a River al hospital.
Quiero hablar con Kael, pero está retenido y no me permiten acercarme a él. Me encuentro sentada en el coche de policía de mi padre, con su chaqueta sobre los hombros.
Y, aunque lo intento, me es imposible dejar de llorar.
Me siento tan tonta.
Tan imbécil.
Tan ridícula.
Michael se acerca al fin, mirándome con el ceño fruncido y una expresión de culpa.
—Papá —balbuceo cuando uno de sus brazos me rodea y me aprieta contra su pecho.
Mis pies cuelgan por fuera del coche.
—Gracias a Dios que Kael llegó a tiempo. Hiciste muy bien en avisarle de inmediato y no fiarte de la situación, estoy orgulloso de ti.
En realidad, sí que me confié, debí pegarle con el puto bate de beisbol en la cabeza y salir corriendo. Pero, una vez más, pensé que mi padre y Kael eran unos exagerados y que yo sabía más de la vida que ellos.
¿Cómo he podido ser tan ignorante?
—No llegó a hacerte nada, ¿verdad?
Niego.
—Me defendí bien, se lo puse difícil —le aseguro, y veo que los hombres que terminan de hablar con Kael a lo lejos se acercan a nosotros, caminando de forma lenta y tranquila.
—Papá, ¿qué debo decirles?
—La verdad —responde, antes de echar un vistazo tras su espalda—. Pero, sobre todo, insiste en que Kael tuvo que darle esa paliza para reducirle, y que River entró en casa a la fuerza.
Otros policías se encargan de Kael y le requisan sus cosas, mi corazón late con fuerza y siento cómo se rompe en pedazos.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Es parte del procedimiento, cuando se estudie el caso y todo quede claro, recuperará sus derechos como policía. Digamos que se ha pasado un poco de la raya.
Uf, vale.
Los hombres de antes llegan hasta nosotros, uno de ellos palmea la espalda de mi padre, mostrando que tienen confianza.
—¿Podemos hacerle unas preguntas, Michael?
—Por supuesto, tratadla bien —les advierte, bastante en serio.
En cuanto se aleja unos metros y me quedo sola con estos dos tipos, vuelvo a sentir escalofríos.
—Señorita Whiston, antes de nada, sentimos muchísimo lo que le ha sucedido —comienza, tendiendo una mano para estrechármela. Yo solo la miro y frunzo el ceño. No volveré a confiar en ningún hombre, nunca más—. Eh, solo necesitamos hacerle un par de preguntas y saber si va a denunciar a River.
—Por supuesto que sí, es un maldito violador que debe pudrirse en la puta cárcel.
—¿Pero llegó a violarla?
¿Qué? ¿En serio?
—¿Es necesario llegar a matar a una persona para ser un asesino? Yo creo que basta con intentarlo, ¿no? Esto es lo mismo.
Me doy cuenta entonces de que uno de esos hombres es el mismo alcalde de Payson. ¿Qué diablos hace aquí?
No me creerán, dirán que soy una mentirosa, que yo le provoqué, que yo me lo merecía.
Al ser consciente de lo que acabo de vivir hace unas horas, y de lo que podría haber sucedido, mi pecho estalla y sin poder evitarlo, me convierto en un mar de lágrimas, gritos y lamentos.
No quiero que esos hombres estén cerca de mí, no quiero que me hagan preguntas ni que me juzguen o insinúen que todo esto me lo he inventado, como siempre hace mi madre.
El mismo Kael les pega un empujón para abrirse paso hasta mí, atrapándome entre sus brazos, mi padre se acerca y los mira de forma intimidante, así que ellos deciden retirarse para hacer las preguntas un poco más tarde.
—Ya está, enana, ya está. Estoy contigo, yo te creo, yo te apoyo, yo estoy a tu lado y nada malo te volverá a pasar. Nunca más.
—Júramelo.
—Te lo juro, mi niña.