Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 44
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CAPÍTULO 44

KAEL

Tras un extraño silencio, han empezado a discutir de forma acalorada. Oliver grita cada vez más y Susan parece asustada, aunque diría que no es más que una pelea de adultos inmaduros y tóxicos.

Solo esperaré un rato más, si él le levanta la mano, entonces podré detenerle y llevármelo a comisaría, pero si todo queda en una pelea verbal, tendré que regresar con las manos vacías.

Sé que esos cabrones son peligrosos, y quiero encerrarlos porque todas las mujeres de Payson estarán más seguras de esa manera.

Algo se rompe en el interior de la cabaña, parece un vaso de cristal, Susan grita un par de insultos y mis botas pisan las hojas, avanzando para prepararme. Justo en ese instante, siento el teléfono vibrar contra mi pierna.

No debería mirarlo en un momento así, sin embargo, Elena está sola y no puedo quitármela de la cabeza. Si le pasase algo, no me lo perdonaría jamás.

Elena: Ha entrado alguien en casa.

El alma se me congela y mis pies se vuelven tan pesados que siento que me voy a hundir en el barro del suelo.

Oliver y Susan siguen discutiendo, pero no hay signos de violencia que me den la oportunidad de hacer algo por ella.

Quiero quedarme aquí, arrestarlo y salvarla en caso de que lo necesite, pero, para entonces, quizá sea demasiado tarde para ayudar a Elena.

Joder, no lo dudo ni un solo instante.

Mi cuerpo sale disparado, corriendo hacia el puñetero coche, una vez estoy dentro, arranco, pisando a fondo y esquivando los árboles. Conecto el teléfono al bluetooth y llamo a Michael.

—¿Y bien? ¿Tus sospechas eran ciertas?

—Michael, escúchame.

Tengo la voz acelerada, el corazón me va a mil por hora y me cuesta mucho mantener la calma.

—Joder, Kael, ¿qué sucede? ¿Necesitas refuerzos? Voy para allá.

Silencio.

Aprieto el volante con tanta fuerza que los nudillos se me quedan blancos.

—Acabo de recibir un mensaje de Elena, cree que alguien ha entrado en tu casa y he salido disparado para allá.

Oliver y Susan continúan discutiendo, la he abandonado a su suerte.

—Tomo aire, pisando más y más el acelerador—.

Yo estoy más cerca de Elena que tú. Te pido que llames a alguien para que vaya a vigilar a ese cabrón.

Tengo un mal presentimiento con Oliver, pero tu hija es lo primero para mí.

—Kael. —La voz de Michael sale ronca y yo me preparo para escuchar lo que sea que tenga que decirme—. Gracias.

La llamada queda ahí, y la casa de Michael ya entra en mi foco de visión, hago rugir el motor, haciendo que las ruedas incluso chirríen.

Aguanta, enana, ya casi estoy .

Solo un poco más, un par de metros más, ya puedo olerla, puedo sentirla, puedo ver sus pecas en esas preciosas mejillas y esos ojos, inocentones y a la vez enfadados, mirándome con reproche.

No se va a ir, no va a desaparecer, no me la van a quitar. No. No otra vez.

En cuanto bajo del coche, puedo escuchar los gritos de Elena y cómo un montón de cosas caen al suelo.

—¡PAPÁ! ¡KAEL! ¡AYUDA!

—¡Deja de gritar, joder!

No voy a entretenerme buscando las putas llaves para abrir la puerta, así que primero empujo con el hombro y luego le suelto una patada. La cerradura cede en la madera y mi arma apunta directamente hacia la cabeza de River.

Ella está boca abajo, en mitad del pasillo, arrastrándose hacia la salida, o al menos intentándolo. Él le ha arrancado los pantalones y quiere terminar lo que la otra vez intentó empezar.

—Vaya, es la segunda vez que me pillas con tu hermana —ríe, levantándose del suelo y alzando las manos—. Tranquilo, colega, baja esa pistola si no quieres problemas.

Elena avanza a cuatro patas hacia mí, la agarro del brazo y la ayudo a reincorporarse, abrazándola con todas mis fuerzas.

No puedo.

No puedo bajar el arma.

No puedo permitir que esto quede así.

No cuando la he escuchado gritar de esa forma.

Pero disparar significa perderlo todo, incluso a ella.

Reducir a River es demasiado fácil. Solo tengo que ponerle las esposas, detenerle y ya; sin embargo, ahora mismo, de nada me vale.

Quiero matarlo. Quiero arrancarle la garganta y sacarle las vértebras. Una a una. Quiero amarrarle a un palo en mitad del bosque y ver cómo se lo comen los osos. Quiero escuchar cada desgarro de su piel y cada grito de sufrimiento y dolor.

Y mientras pienso en todo lo que quiero hacer con este tío, los años de entrenamiento físico y psicológico para ser profesional y saber cómo actuar ante una situación semejante se van a la mierda, porque lo único que hago es coger a River como si fuese una maldita marioneta y romperle la mandíbula a puñetazos.

Al principio trata de huir, luego forcejea y, finalmente, siento cómo las fuerzas le quedan atrás y su cuerpo se escurre entre mis puños y la pared.

Está casi muerto.

Casi.

Pero no es suficiente.

Nada de lo que le hago me parece bastante.

—¡Kael! —Michael acaba de entrar a la casa, y yo no sé en qué momento he agarrado a River del cuello y le he metido la pistola en la boca.

Solo un clic y desaparecerá para siempre—.

Si alguien tiene derecho a matar a esa rata soy yo.

—La voz de la única persona que se hizo cargo de mí cuando lo perdí todo tiene demasiado peso sobre mi mente, pero no el suficiente como para retroceder—.

Y, aun así, no voy a hacerlo. ¿Sabes por qué?

Porque entonces Elena se quedaría sola, y ella me necesita, como también te necesita a ti. No le hagas esto.

—Kael…

Mi nombre, pronunciado de forma dulce y temblorosa por esa chica rubia con aires de superestrella, esa que ha regresado de Phoenix para poner toda mi vida patas arriba, haciéndome revivir sentimientos enterrados, consigue que afloje el agarre en River.

—Por favor, te necesito a mi lado, no entre rejas.

Una mano fuerte y ruda toca mi brazo, tiemblo un poco y soy reducido y desarmado en pocos segundos.

—Eso es, buen chico, buen chico. —La pistola cae al suelo y Michael le da una patada, alejándola de nosotros—. Has hecho lo correcto, todo estará bien.

Mis ojos ven de soslayo a la chica rubia por la que he estado a punto de lanzar todo lo que tengo por un precipicio. Ella sonríe de forma dolorida, mientras que yo solo puedo seguir escuchando sus gritos en mi cabeza.

No descansaré hasta que River esté en el puto infierno.