Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

ELENA

Me he hecho un par de perritos calientes porque estoy inquieta y vuelvo a tener hambre.

Ignoro mi habitación, yendo directamente a la habitación en la que vivió Kael para tumbarme en su cama y disfrutar de mi cena rápida.

Papá ha tenido que salir corriendo hacia la comisaría en cuanto él le ha avisado de que sospecha de algo.

Y yo no he podido evitar escribirle.

Yo: ¿Estás bien?

Kael: Sí, Susan nos estaba vigilando, justamente ha pasado Oliver y se ha subido a su coche.

Yo : Ajá… y la urgencia es… ¿?

Kael : Creo que Oliver va a hacerle algo.

Inspiro hondo. Debo admitir que me pone celosa que Kael sienta algún tipo de preocupación por Susan, pero si está en lo cierto, deseo que la ayude.

Yo: ¿Los estás siguiendo?

Kael: Se han adentrado en el bosque, han empezado a caminar y discutir, y yo los voy siguiendo a una distancia prudente. Si no sucede nada malo, volveré.

Kael: Acaban de entrar en una caseta que es propiedad de Oliver, esperaré un rato fuera por si escucho gritos o cualquier señal de alarma. Descansa y no le abras la puerta a nadie. Cualquier cosa, llámame inmediatamente.

Yo: Oh, mírate, incluso en una misión de vida o muerte, no puedes dejar de pensar en mí.

Kael: Siempre pienso en ti, enana.

Mi estómago se llena de mariposas y el hambre por ansiedad desaparece al instante. Entonces, se me ocurre la idea de mandarle una foto. En su antigua cama, envuelta en su manta.

Yo: Dime que soy guapa, necesito escucharlo.

Kael : Eres absolutamente preciosa.

Si sigue contestando a mis mensajes es que todo va bien. Solo espero que Oliver y Susan se arreglen para que dejen de molestar a Kael. Quiero toda su maldita atención solo para mí.

Yo: Oye, quiero hablar con papá, decirle que me gustas.

Kael : Yo lo haré.

Yo: ¿Estás seguro? ¿No decías que…?

Kael: Es cuestión de tiempo que se entere. Así que prefiero ser un hombre y decírselo a la cara. Si le parece bien, entonces tendremos una cita.

Kael: ¿Querrás una cita conmigo?

Una carcajada se me escapa del pecho y, a su vez, me invade el miedo. Todo saldrá bien, papá lo entenderá.

Quiero contestarle, cuando entonces oigo como alguien entra por la ventana de mi habitación, la que está justo al lado de esta, ¿qué diablos?

Mi primera acción es mandarle un mensaje rápido y poner el móvil en silencio.

Yo: Ha entrado alguien en casa.

Quiero pensar que esto es suficiente para que avise a mi padre o él mismo venga a por mí.

Agarro con precaución el bate de beisbol que tiene colgado en la pared, pegándome a esta mientras camino muy muy despacio. Quiero cerrar la puerta con llave desde dentro y quedarme aquí. Maldita sea, dejé la ventana abierta porque le robé un cigarrillo a papá y quería que se fuese el olor a tabaco.

—¿Elena? —River me nombra, su tono de voz es amigable, no parece que sea para nada un ladrón ni nadie con intenciones de hacerme daño.

El aire me sale de los pulmones y me relajo un poco. Uf, menos mal, qué tensión.

Aun así, pienso cantarle las cuarenta a este gilipollas, no puede meterse en mi casa así sin más.

—¡Eh! ¿Pero qué haces? ¡No vuelvas a hacer algo así! ¡Casi me da un infarto!

Dejo el bate de beisbol a un lado y él se apoya contra el marco de la puerta de mi habitación, mirándome de arriba abajo. Voy con un top que me marca los pezones a causa del frío y unos pantalones largos de chándal.

—Se me hace la boca agua cada vez que te miro, modelito.

Le regalo una sonrisa sarcástica y voy directa a mi habitación para ponerme una de mis típicas sudaderas y taparme un poco.

—¿Qué haces aquí? —pregunto de nuevo.

—He venido a terminar lo que dejamos el otro día a medias, sé que tu padre hoy está de guardia, y a estas horas, no creo que ese poli cabrón se presente aquí.

Cuando le miro, veo que todavía tiene las marcas en la cara de la última vez que se encontraron.

—River…, yo… siento mucho haberte confundido, pero no quiero volver a tener nada contigo —le aclaro, deseando que lo entienda y se largue de una vez—. Y, por favor, no vuelvas a entrar nunca más en casa, no de esta manera.

Él arruga la nariz, echándome un vistazo, como si la ropa que me acabo de poner por encima fuese un insulto para él.

—Elena, no importa lo que diga Kael ni lo que piense Michael, si nosotros queremos estar…

—No quiero salir contigo, solo ha sido un poco de diversión, nada más.

—¿Qué? ¿Me has utilizado? —Se señala así mismo, como si él no llevase toda la vida haciendo eso con un montón de tías. Por favor, el rey del drama—. No, no, no. A mí nadie me hace eso, Elena.

Repaso mis labios resecos, solo quiero que alguien regrese a casa cuanto antes y se lleve a este tío de aquí.

—Mira, River, utilizar es una palabra muy fea, ¿eh?

Nunca ha sido mi intención. Además, los dos nos hemos divertido, pero la cosa es que se acabó —le advierto.

«Miéntele, dile algo para que se lo crea y se vaya», me insto a mí misma—.

De hecho, me vuelvo a Phoenix con mi madre y no volveremos a vernos, así que… es tontería seguir con esto.

Cuando suelto eso por la boca, su cuerpo se relaja. Creo que el hecho de pensar que el rechazo es porque me voy, le hace estar menos enfadado.

—Vaya —suelta, y se rasca la cabeza—. Qué pena, ¿no? Pero, con más razón, tenemos que despedirnos, modelito.

Él da un paso hacia mí, y luego otro y otro.

Quizá soy bastante idiota e inmadura para algunas cosas, pero sé cuándo hay que tener miedo de un hombre, y, ahora mismo, la energía que River desprende me asusta.

Si grito o me defiendo, él se enfadará más y será peor para mí. Lo que debo hacer es retrasar este momento y hacerle creer que estoy de su parte, puedo hacerlo, puedo soportarle unos minutos hasta que…

En cuanto sus manos acarician mi cintura y sus labios se pegan a los míos, algo que nunca antes ha sucedido en mí toma posesión de mi cuerpo.

Asco, rabia, ira, impotencia.

Ya no hay ningún vacío que me arrastre a aceptar cualquier mínima muestra de caridad masculina. No le necesito. No a él.

Y aunque vaya en contra de lo que debería hacer por mi propia supervivencia, le empujo con todas mis fuerzas, saliendo corriendo a toda prisa de mi propia habitación.

—¡Eh! ¡Elena! ¿Qué diablos? ¡¿Se puede saber qué te pasa?!

—¡Vete de mi casa y no vuelvas a tocarme!

Creo que he ganado esta partida cuando llego a la cocina y estoy a punto de coger un cuchillo para amenazarle con él si no se larga de inmediato, sin embargo, es más rápido que yo y sus manos vuelven a cogerme de las caderas, lanzándome contra el sofá.

Todo su cuerpo cae sobre mí, sus grandes manos agarran las mías y me inmoviliza con una facilidad aterradora.

Entonces, todos los consejos de mi padre y de Kael resuenan en mi mente sin parar. Una y otra vez.

«Ten cuidado». «No vuelvas a meter a un hombre en casa cuando estés sola». «Ese chico es peligroso». «No confíes en esa familia». «Aléjate de él».

Me arrepiento y me siento jodidamente mal por haber ido de lista por la vida cuando no sabía nada, cuando era una maldita inmadura de mierda.

Este es el verdadero River, ese con el que he estado haciendo la idiota y al que me he expuesto tantas veces sin saberlo.

—¡PAPÁ! —grito, con tanta fuerza que incluso me hago daño en la garganta. Él me tapa la boca, jurando que me gustará y que nos divertiremos, que no sea tan necia. Parece que no se da cuenta de la gravedad de lo que está haciendo, y me asusta el hecho de que esto sea algo tan normal en su mente.

Nunca hubiese imaginado que el chico que detuvo su coche a mi lado, el día que iba de camino a mi primera jornada de trabajo, era un maldito violador.