CAPÍTULO 42
KAEL
—¿Vienes a poner una denuncia? —es todo lo que digo, no tengo ninguna otra cosa de la que hablar con esta mujer.
Ella me mira desde su coche, a unos metros, con los faros apagados. No sé cuánto tiempo lleva ahí ni qué pretende. Se supone que hoy debería estar aquí Michael, así que supongo que, en realidad, ha venido a buscarle a él.
—Debería... —su voz sale ronca, dura y herida— debería denunciarte a ti, por follarte a tu propia hermana.
Joder, que no es mi...
—¿Qué mierda te pasa, Susan?
—Regresé a tu casa para darte las gracias por cubrirme con River el otro día, despedirme de ti y de paso darte la copia de la llave que todavía tengo.
—Su boca tiembla tanto que casi no le salen las palabras completas—.
Os vi, vi cómo te la follabas en nuestra cama, cómo le hacías gritar tu nombre a esa maldita niña que jugaba con nosotros y lleva la sangre de tu puñetero padre.
¿En quién demonios te has convertido, Kael?
Yergo mi espalda y la miro con recelo. Ahora mismo, no puedo hacer otra cosa que preguntarme qué diablos vi en ella porque, definitivamente, Susan es una decepción tras otra.
—Para empezar, me alegro de que hayas decidido irte, es lo mejor. Y, para terminar, puedes darme las llaves ahora.
Así que eso es lo que hacía aquí. Ha venido a contarle a Michael que me vio acostándome con Elena.
Sus puños se aprietan, pero camina unos pasos hacia mí, con la cabeza alta y esa mirada desafiante tan típica en ella cuando está enfadada.
—Escúchame bien, Kael. No voy a irme, he cambiado de opinión.
Me río de forma nasal, estaba seguro de que esa despedida y el numerito de devolverme las llaves solo eran un intento más de darme pena para que la invitase a vivir conmigo.
Ni muerto.
—Felicidades, sigue viviendo bajo las amenazas de esos cabrones. ¿Quieres poner una denuncia? Tengo cosas que hacer.
—¡No quiero poner ninguna maldita denuncia! —me grita, histérica—. Pero lo que sí voy a hacer es contarle todo lo que vi a Michael si sigues acercándote a Elena.
Vuelvo a reírme en su puñetera cara.
—Susan, ¿cuántos años has estado conmigo, um?
—Se calla, mordiéndose la lengua porque conoce la respuesta—.
¿Y cuántas veces me has visto renunciar a algo por miedo, eh?
—Encorvo un poco mi espalda, con las manos metidas en los bolsillos del uniforme.
Mis labios se acercan sigilosamente a su oído —.
Métete tus amenazas por donde te quepan.
Soy totalmente responsable de lo que estoy haciendo y no pienso huir de las consecuencias, así que vete a la mierda.
Su cuerpo se estremece al escuchar cada una de mis palabras. Otro coche se acerca y veo que se trata de él, Oliver.
—¡Susan! ¡Sube al puto coche! ¡Tenemos que hablar!
Ella tiembla de pies a cabeza y me mira, esperando que haga algo por ella.
—Te aconsejo entrar en comisaría y poner una denuncia, así podré detenerle si se acerca a ti. Pero, bueno, haz lo que te plazca.
Susan solamente da un paso hacia atrás, me pega un bofetón en la cara y, tal y como imaginaba, se sube al coche de Oliver. Este arranca a toda velocidad y una extraña sensación se despierta en mi pecho.
Siento que es la última vez que la volveré a ver.
No debería, ella no es mi problema, pero el policía que hay dentro de mí me impide hacer la vista gorda.
Saco el teléfono móvil y llamo al padre de Elena.
—Michael, necesito que me cubras, creo que Oliver va a hacer algo terrible.