Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

KAEL

La cabeza me da vueltas. Estoy reclinado en mi silla, mirando las musarañas. No puedo dejar de pensar en ella.

Quiero contarle la verdad, no sé a qué diablos espera Michael; si no lo he hecho ya es por respeto a él.

¿Se enfadará? ¿Me odiará? No lo sé, a veces, pienso que ese arcoíris con piernas es incapaz de odiar a nadie, pero, otras, me asusta que desaparezca.

No estoy dispuesto a dejarla ir, ya no soy ese niño que se conformaba con cualquier cosa. Ahora, prefiero ser un cabrón antes que rendirme.

Paul se ha marchado nada más verme llegar, mirándome con esa cara de «le estás haciendo la pelota al jefe».

Para nada, lo único que quiero es que hablen y Elena entienda ya de una vez lo que sucedió entre sus padres.

Que se divorciaron por mi culpa, que yo rompí su familia y que por mí ha tenido que pasar por un montón de mierda en Phoenix.

Ella sería muy distinta si se hubiese quedado aquí, al cuidado de Michael. La cosa es: ¿la quiero diferente a la Elena que ahora es? Porque cada vez que la miro, solo veo perfección. Pero, claro, ese pensamiento es sumamente egoísta.

La puerta de comisaría se abre y mis ojos van directos hacia la persona que necesita ayuda a estas horas de la noche. No me entusiasma el mal ajeno, pero a veces necesito un poco de acción.

Sin embargo, me llevo una sorpresa al ver un pelo rubio y unas mejillas llenas de pecas aparecer de la nada.

—¿Qué demonios haces aquí?

No es que no me alegre de verla, pero tampoco me hace gracia que vaya sola a estas horas por ahí, sobre todo cuando hay una familia de degenerados cuyo hijo la tiene entre ceja y ceja.

—Vaya, yo también me alegro de verte. —Me enseña la lengua y se sienta frente a mi mesa—. Vengo a poner una denuncia a un tal Kael Hall, por ser tan gilipollas como para creer que estuve enfadada con él en algún momento.

Oh, mierda.

Así que no solo lo sabe, sino que también ha leído las cartas. Esas cartas. Era demasiado sensiblero hasta los dieciocho, debí quemarlas todas.

—Te fuiste sin despedirte —comento sin más—. Y nunca llamaste, ¿sabes cuántas horas pasé pegado al teléfono? Pensaba que, como mínimo, llamarías a tu padre.

—Yo... —empieza, y luego se queda callada, mirándome con una expresión de cachorrito abandonado—. Solo te importaba Susan, cambiaste conmigo de la noche a la mañana.

—Porque tú estabas rarísima, Elena, y creía que sabías que tu padre iba a adoptarme y te estorbaba, al igual que a tu madre.

Rápidamente, niega con la cabeza, una y otra vez.

La verdad es que esta conversación ya no tiene importancia para mí, pero parece ser que para ella sí.

—Estaba celosa de Susan, no sabía absolutamente nada. Odiaba verte con ella, me daban arcadas cada vez que os agarrabais de la mano.

Una sonrisa pecaminosa se me dibuja en los labios y ella se sonroja.

—Las mismas arcadas que me dan a mí cuando te veo con River.

—River se acabó, para siempre —asegura con un tono duro y mordaz, mirándome fijamente a los ojos. Yo, sin embargo, solo puedo ahogarme en la espesura de sus pestañas.

—¿Ah, sí? ¿Segura?

—Joder —maldice, mirando hacia todas partes y luego arrastrando un poquito la silla hacia la mesa—. Kael, no puedo tener nada con nadie después de... Yo... solo quiero estar contigo.

Lo sé, me lo dijo cuando estábamos follando.

Sé que le gusto y que si le doy lo que quiere no se irá con otro. A pesar de ser una cabra loca, tengo la certeza de que puedo confiar en ella, de que Elena no es Susan.

Pero, joder, es la hija de Michael, ¿cómo voy a hacerle esto a...?

No, no es mi padre. Pero es como si lo hubiese sido.

—¿Y tú? —pregunta al ver que no digo una sola palabra.

—¿Yo qué?

—Que si piensas volver con Susan, o tener algo con otras tías, después de... después de hacérmelo en tu cama.

Está más roja todavía y veo, a través de su delgado cuello blanco de cisne, que traga saliva con dificultad. Las piernas le tiemblan por debajo de la mesa sin parar, como si intentase librarse de un enjambre de abejas.

—No pienso tener nada con nadie, ni con Susan ni con otras tías, y tampoco contigo —aclaro, borrándole la sonrisa que se le acaba de formar—. Elena, si has leído las cartas, sabes que, por ley, tu padre es también el mío y tú y yo...

—No, no somos hermanos, no hay ni el más mínimo parentesco entre nosotros, Kael.

—Tu padre no lo entenderá, Elena.

—¡Me importa una mierda! —grita, dando un pequeño golpe sobre la mesa—. No... no quiero decir... A ver, le quiero y me importa, sí, pero él no puede decidir de quién me enamoro.

El silencio se instala entre nosotros, ante la pesadez de una palabra tan fuerte como la que acaba de decir.

—Elena, tú no puedes enamorarte de mí.

—¿Ah, no? ¿Y entonces? ¿Te olvido y vuelvo a fijarme en River? ¿O me vuelvo a Phoenix y así te saco de mi cabeza más rápido?

Otra vez, silencio.

Tengo la mandíbula tan tensa que me duele, y es que cada opción que plantea suena mucho peor que la anterior.

—Siempre te he gustado, Kael, incluso cuando no he estado, incluso cuando te follabas a Susan y planeabas una vida con ella.

Sé que nunca he salido de tu mente y, ahora que puedes tenerme, no vas a dejarme escapar.

Te conozco, por mucho que digas que no —insiste, y mis ojos se entrecierran como dos persianas, queriendo matarla, pero de forma sexual, para que se canse y deje de decir cosas que no quiero escuchar—.

Nunca dejarás que otro hombre me tenga, así que acepta esto que sentimos desde que éramos unos putos niños y haz algo por solucionarlo.

Se levanta de la silla y sale a toda prisa de la comisaría. No, no, no. No va a irse por ahí y dejarme toda la maldita noche comiéndome la cabeza como un loco.

—¿A dónde crees que vas, Elena?

—Tranquilo, no voy a ver a tu peor pesadilla, solo vuelvo a casa.

—Ubicación en tiempo real —exijo, persiguiéndola hasta la puerta de la camioneta.

—¿Qué? —Se gira, aniquilándome con esos ojazos azules, aunque, en cuanto hacemos contacto visual, agacha la cabeza hacia sus pies.

Le agarro la barbilla con dos dedos y le levanto la cara para que no deje de mirarme.

—Que quiero tu ubicación en tiempo real. No te hagas la idiota.

—Solo si admites que te importo.

Estúpida cría.

Claro que me importa, joder.

—Me importas —gruño, y la comisura de sus labios se arquea.

—Siempre te he importado.

Asiento, porque no pienso repetirlo en voz alta.

—Incluso cuando pensabas en casarte y formar una familia con Susan.

Ruedo los ojos, dispuesto a volver a la comisaría.

—Dilo o no volveré a casa.

¡Será...!

—Sí, Elena, siempre me has importado. Ahora pórtate bien o te juro por mi perra que vas a pasar otra noche en el calabozo.

Lo último que espero es que corra desde la puerta de la camioneta hacia mí, dando un pequeño brinco para engancharse a mi cuello y besar mis labios.

—Tú también me importas, Kael. Mucho. Buenas noches.

Se suelta y regresa a su camioneta, subiendo y arrancando el motor. En mi móvil aparece su ubicación a tiempo real y, justo en ese momento, me doy cuenta de que no hemos estado solos.

Susan.