CAPÍTULO 40
ELENA
Llevo dos peluches enormes, uno en cada brazo, y una bolsa colgando de los dedos de la mano derecha, llena de golosinas y porquerías que me zamparé —poco a poco— en mis ratos libres.
Hoy le tocaba a Kael librar, se supone que nos íbamos a ir esta noche a la cabaña, pero le ha cedido su día a mi padre, porque supongo que quiere que pasemos tiempo juntos y… que arreglemos las cosas.
Ir al rodeo ha sido de lo más divertido. Esos hombres son todo lo que está bien, aunque nada tienen que ver con cierto policía de mirada salvaje y espalda tatuada.
Así que, en vez de babear por los vaqueros como Amy y el resto de mujeres, mientras mi padre apostaba a cuál aguantaría más sobre el toro embravecido, me la he pasado acariciando su medalla plateada y recordando cada segundo que hemos pasado juntos.
Tengo miedo.
De hacerme ilusiones, de engancharme —¿engancharme? Ya estoy enganchada— y que para él esto solo sea un juego.
¿Y si vuelve a dejar de hablarme? ¿Y si mañana elige a otra como eligió a Susan y yo paso a ser un cero a la izquierda?
Voy sentada en la parte trasera de la camioneta de papá, él conduce junto a Amanda, que le va dando indicaciones de dónde queda su piso.
En cuanto llegamos, ella baja y se despide agitando la mano. He insistido todo lo posible por que se quede unos días, o a dormir esta noche, aunque sea. No ha querido.
Entiendo que, si yo estuviese en su lugar, también necesitaría estar un ratito a solas. O meses, o años.
Mierda. Los hombres son unos cabrones. No todos, pero la mayoría.
El camino de vuelta a casa se hace un poco largo. Mis ojos se cierran alguna que otra vez y Michael va con la ventanilla abierta, el brazo por fuera y cantando en voz baja. Lo de cantar, lo saqué de él. Aunque nuestras voces, obviamente, no se parecen en nada.
Él suena como un oso pardo y yo como una ardilla.
Me gustaría preguntarle a papá qué piensa sobre Kael, no como amigo o como compañero de trabajo, sino como un chico al que quizá le apetezca salir con su hija.
Kael no es tan mayor, pero sí es demasiado maduro por el tipo de vida que ha tenido que llevar, y siento que me gusta esa faceta de él, además de que compensa mi locura.
Intento abrir la boca para iniciar la conversación algunas veces, no obstante, el no saber si Kael quiere que hable sobre esto con Michael me paraliza, y acabo aplazándolo para otro momento.
Al llegar, bajo somnolienta de la camioneta, pero no me iré a dormir hasta que este señor y yo hablemos sobre mamá.
Mi padre parece que me lee los pensamientos y en cuanto cierra con llave, se apoya contra el respaldo del sofá y me mira.
—Me haré cargo de los gastos, no tienes que preocuparte por nada. Ella está bien. Enfadada por no salirse con la suya, pero bien.
Inspiro hondo y dejo caer los peluches al suelo.
¿Ya está? ¿Eso es todo?
—Papá…, yo… no lo veo justo —me sincero—. No tienes que llevar esa carga, es mi problema, ¿entiendes?
—No, no es tu problema. De hecho, has sido tú la que ha cargado injustamente con cosas que no te corresponden —asegura—.
Tu madre se fue de esta casa por mi culpa, ella eligió una vida junto a Ander sin que nadie le pusiese una pistola en la cabeza y ahora las cosas están como están.
Somos ella y yo quienes debemos arreglarlo, no tú, Elena.
Mi labio inferior tiembla, y es que no deseo hurgar en la herida, pero soy incapaz de seguir aguantando esa pregunta.
—¿Por qué nos fuimos de casa? ¿Qué pasó entre mamá y tú?
Michael desvía la mirada hacia sus botas de andar por terrenos pantanosos, junto con sus vaqueros desgastados, luego me mira fijamente y parpadea un par de veces.
—¿Kael no te ha dicho nada?
—¿Qué tiene que ver Kael aquí?
Él se incorpora, saca un manojo de llaves de un cajón que está en el mueble bajo la tele y me hace un gesto para que le siga. Subimos las escaleras y vamos directos a la habitación cerrada.
Cuando introduce la llave en la cerradura, mi corazón se acelera; por fin voy a saber la verdad. Lo que no espero para nada es que, al abrirse la puerta, sea el olor de Kael lo que golpee mi nariz. Pero no el olor del Kael de veintidós años, sino el de trece.
Un paso, otro paso, y la boca abierta mientras no puedo dejar de mirar cada rincón de ese lugar.
Ya no es el cuarto de los trastos, ahora es la habitación de un niño adolescente que vivió aquí.
—Kael es huérfano, eso lo sabes.
—Sí…
—Su abuelo iba a morir, me pidió que me hiciera cargo de él y tu madre se negó, me dijo que si ese niño entraba en casa ella se iría.
Siento que las fuerzas me abandonan y me desplomo sobre la cama con sábanas azules y balones de rugby.
—Ella… ¿quería que le dejases en la calle?
Michael asiente.
—Se lo iban a llevar a un centro de menores, a ese niño que creció con nosotros, a tu lado. Elena, era… era como uno más de la familia y yo… no podía…, así que le adopté y… —Niega, a la vez que sus ojos se oscurecen—. Pero nunca imaginé que tomar esa decisión me costaría perder a mi hija.
Miro hacia todo lo que me rodea.
No solo hay fotos del niño que recuerdo en mi corazón, sino también mías. De los dos. Juntos.
Y ni una sola de Susan.
—¿Kael sabe que mi madre se negó a…? ¿Sabe por qué nos fuimos?
—Sí, lo sabe.
Ahora entiendo por qué reaccionó con tanta ira cuando le dije que me quería ir para ayudarla.
Me acerco a la mesilla de noche, viendo que hay un sobre tan lleno que parece apunto de explotar, tiene mi nombre.
¿Es para mí?
Respiro con profundidad, abriéndolo con cuidado, Michael suspira a mi espalda.
—Si quieres hablar de algo más, estoy abajo en la cocina, te dejo un rato a solas.
Papá se da la vuelta y baja con pasos pesados por la escalera, yo cruzo las piernas sobre el colchón, apartándome los mechones de la cara antes de ponerme a leer.
Son varios papelitos arrugados, algunos con frases cortas y otros con un texto más extenso.
«Te echo mucho de menos».
«Ayer te vi irte, me mirabas llorando y con odio, quería despedirme de ti. Bueno, no quería, porque odio que tengas que irte, pero supongo que me detestas por haber roto tu familia, he jodido lo más importante que hay para un niño, su hogar. Perdóname».
«Le he pedido a Susan que sea mi novia. Y es superraro porque no he podido dejar de pensar que estarías superenfadada si te enterases de eso».
«A veces, entro en tu habitación pensando que estarás ahí, cantando alguna de tus tontas canciones y bailando como un pato mareado. Pero, luego, solo me encuentro con el vacío de tu ausencia, como cuando iba a buscar a mamá y a papá. Me duele».
«No has vuelto a hablarme ni a dirigirme la palabra desde que te fuiste, ¿tan enfadada estás por que tu padre me dejase vivir en vuestra casa?
Pensé que se te pasaría y me terminarías escribiendo, yo no sé tu dirección así que no puedo mandarte cartas, pero tú sí sabes dónde vivo… , porque es tu casa».
«Si algún día vuelvo a verte, no pienso dirigirte la palabra. Eres una jodida rencorosa».
«Te sigo echando de menos».
«Hoy está lloviendo y todo huele a ti».
Voy dejando las notas a un lado de la cama mientras las mejillas se me llenan de lágrimas. También llueve en mi interior, tanto que siento que me voy a ahogar.
Finalmente llego a una última, con una caligrafía más madura y adulta.
«Elena, hoy he cumplido dieciocho años y he decidido volver a donde pertenezco, a la casa del abuelo. Siento haber ocupado un lugar que no me correspondía durante este tiempo. Siempre estaré en deuda contigo y con tu padre.
Solo espero que, si algún día vuelves a Payson y encuentras esto, puedas perdonarme.
Cuídate, y que seas feliz.
Kael».
No puedo más. No lo soporto más.
Cojo todas las notas, las abrazo contra mi pecho y luego me las llevo a mi habitación. Una vez que las dejo custodiadas como un tesoro, agarro el chubasquero y corro escaleras abajo como alma que huye del diablo.
Papá está sentado en el sofá, viendo el televisor, con una taza de leche caliente en la mano.
—¡Eh! ¡Pecosa! ¡¿Dónde crees que vas?!
—¡A la comisaría! ¡Necesito hablar con Kael!
Nada me detiene, arranco las llaves del coche del tirador y salgo disparada hacia la camioneta, prendiendo el motor sin mirar atrás.
—¡¡Llámame en cuanto llegues!! ¡¿Me oyes?! ¡Si no lo haces, estarás un año castigada! ¡UN MALDITO AÑO!