Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

ELENA

No tengo del todo claro cómo debo actuar después de esto que ha sucedido entre Kael y yo. No ha sido un tonteo sin más, ni un tira y afloja. Hemos follado. En su cama, y después de ello, hemos dormido juntos, abrazados.

Michael ya está en casa, así que vamos en su todoterreno. Tengo los dedos de las manos entumecidos a causa de los nervios, necesito saber qué va a pasar con mamá.

Aparte de eso, también pienso en Susan y en River, ¿cómo les sentaría saber lo que hemos hecho? ¿Qué pensarían si supiesen el sexo tan sucio y delicioso que acabamos de tener hace unas horas?

Trago grueso y él se da cuenta de mi nerviosismo.

—Todo estará bien, confía.

Desde que hemos salido de la cama, ha actuado con normalidad, ni frío y distante como el tipo de chico al que estoy acostumbrada, pero tampoco en plan baboso. Es simplemente Kael, sin más.

Y se lo agradezco porque es lo que necesito ahora mismo, que siga siendo él, que se quede a mi lado, que no desaparezca nunca más.

En cuanto llegamos a casa, lo primero que hago es bajar del coche y correr para ver a papá y que me informe de una vez de la situación. Kael se toma su tiempo para aparcar y encenderse un cigarro.

—¡Pecosa! —Mi padre me recibe con un efusivo abrazo, como si todo estuviese bien, cosa que sé que no es cierta—. ¿Cómo te has portado, eh?

Mal, como siempre.

Pero, bueno, no vamos a hablar de eso ahora.

Mis ojos se abren como platos al darme cuenta de que Amy está justo detrás de él.

—¡¿Habéis venido juntos?! —exclamo, corriendo a abrazarla, ella me rodea con sus brazos y me espachurra.

Michael se aclara la garganta.

—Me la encontré tirada en una carretera haciendo autostop. Lo demás, mejor que te lo cuente ella. —La mira con desdén y Amy le fulmina con la mirada. Kael entra en casa y comparte una palmada en la espalda con mi padre, ambos asienten confirmando que todo se ha solucionado.

Quiero hablar de mamá, pero entiendo que ahora no es el momento. Mejor me ocupo de Amy.

Le hago un gesto con la cabeza para que suba conmigo arriba, ella me sigue sin rechistar, apresurada por perder de vista a Michael.

—¿Ha sido muy pesado? ¿Te ha molestado mucho? Te pido perdón por cualquier barbaridad que haya podido decirte, a veces no piensa. Bueno, casi nunca.

Ella suspira, cierro la puerta en cuanto se sienta en mi cama y me instalo junto a ella, apartándole el pelo de la cara.

—Amy, ¿estás bien?

Aprieta los labios, agacha la mirada y me doy cuenta de que va con el uniforme de la heladería.

Mierda, esto no pinta bien.

—Anoche conocí a un tío en un bar, bebimos y, como estaba borracha, quebré la regla número tres y nos fuimos a su casa.

La regla número tres es no subirte nunca al coche de un desconocido.

—Joder, Amy... —Me llevo las manos a la cabeza, sabiendo que esto terminará fatal.

—Follamos, vino su mujer y nos pilló en pleno polvo.

Yo no sabía que estaba casado y me echó de casa como si fuese una prostituta.

—Se suena la nariz y destruye un poco más su maquillaje—.

Tenía el uniforme en la mochila, me lo llevé adrede, pensando que él cumpliría con su palabra de acompañarme al día siguiente al trabajo.

Pensé en pedir un taxi, pero mi móvil se quedó en la casa de ese gilipollas y, cuando volví a recuperarlo, no me abrieron la puerta.

Así que intenté regresar a Phoenix andando, llevaba tres cuartos de hora caminando y haciendo autostop cuando tu padre me encontró.

No puedo hacer otra cosa que abrazarla y, por primera vez, es Amanda quien llora en mi hombro y no yo en el suyo. Ahora sé cómo se ha sentido cada vez que me ha visto desmoronarme delante de sus ojos: como una mierda.

El sufrimiento de una mejor amiga duele casi más que el propio.

—Elena, Michael tiene razón, soy un problema con piernas y una mala influencia.

No, nada de eso.

Joder.

—Amy, lo que te ha pasado suena terrible, pero, tal y como me dices siempre, ¿sabes qué es lo bueno de esto?

—Que no volveré a cometer ese error.

—Exacto, ya sabes que la regla número tres no se puede romper, jamás de los jamases.

Ella me suelta, se frota los ojos con las mangas del uniforme y yo cojo mi móvil para que llame al trabajo y dé alguna excusa. Amy asiente, explica que ha tenido un problema familiar, y, para sorpresa de nadie, le gritan desde el otro lado que está despedida.

—Bueno, igualmente quería buscar algo donde me pagasen más. —Le gotea la nariz de nuevo y le tiendo una servilleta para que se suene.

—Eres la tía más currante que he conocido en mi vida, así que no te preocupes. Oye, y ahora que no tienes que trabajar..., ¿por qué no te quedas unos días en Payson conmigo?

Amanda esboza una cálida y sincera sonrisa, negando suavemente con la cabeza.

—Ser adulta significa tener responsabilidades, cielo. No puedo quedarme de vacaciones en Payson, mañana regresaré para buscar un nuevo trabajo. Yo no tengo un sugar que me pague las deudas como tu madre.

Espera, ¿qué?

—¿Tú sabes algo de lo que ha pasado entre Michael y mi madre?

—Lo sé todo —afirma rodando los ojos—. Se ha pasado el camino acribillándole el teléfono.

Al parecer, han llegado al acuerdo de que tu padre pagará la parte de los gastos que ella pretendía que pagases tú al volver a Phoenix.

¿Por qué diablos no la manda a la mierda y deja que se busque la vida? Qué idiota.

Amanda bufa de la rabia y yo frunzo el ceño.

—Michael es demasiado bueno.

—Parece ser que sí—murmura en voz baja y deja caer sus hombros con pesadez.

Entonces, ¿papá va a hacerse cargo de mamá? ¿A pesar de que le dejó y se fue con otro hombre?

Necesito hablar con él, no quiero que tenga que asumir una responsabilidad que es mía como hija, espero que podamos tener un rato a solas lo antes posible.

La puerta resuena con unos golpecitos y la barba anaranjada de papá asoma, con una chispa de diversión en la mirada.

—Hoy es la fiesta de los vaqueros en Tucson, ¿os apetece que vayamos? Será divertido.

¡Oh, Dios mío! ¡Me encantaba ver a los vaqueros en acción!

—¡Por supuesto! —accedo de forma inmediata, Amanda hace alusión a su ropa y eso no es problema, porque tenemos la misma talla (excepto por las tetas) y puedo prestarle lo que quiera—. ¡Yuju!