CAPÍTULO 38
ELENA
Ducharme en casa de Kael es maravilloso, porque aparte de que su aura protectora se siente por todos los rincones, huele deliciosamente a él.
No puedo dejar de darle vueltas a nuestra conversación en el coche. Creo que, a pesar de parecer muy distintos, en realidad, nos parecemos mucho.
Cuando el agua se va por el desagüe y termino de escurrir mi pelo con una toalla, salgo a la habitación para buscar una camiseta de Kael y usarla de pijama, encontrando que él también acaba de ducharse en el otro baño.
Ambos estamos desnudos, él con una toalla tapando su entrepierna y yo, con una ocultando la parte delantera de mi cuerpo.
Una corriente de aire frío se cuela por la puerta, haciendo que toda mi piel se erice; aun así, tengo calor, y en mi mente solo sucede algo que llevo tiempo deseando que se haga realidad.
Aparto los brazos y los dejo caer a cada lado de mi cuerpo. La toalla resbala hasta mis pies, dejándole ver mi cuerpo totalmente desnudo, sin nada.
Sus ojos verde bosque me examinan con lentitud, y puedo ver cómo su mandíbula se tensa y los músculos se contraen, como si fuese una presa apetecible en su menú.
Deseo ser devorada, completamente. Ahora.
—No —me advierte, dándose la vuelta; pierdo de vista esos pectorales demasiado bien trabajados y me deleito en el tatuaje de su espalda. Toda su piel es cálida y bien definida.
—Quiero hacerlo —susurro, sintiendo mi sexo palpitar como nunca antes lo ha hecho.
Kael tiene razón, solo me he acostado con niños, con fotocopias de Adrien y River. Quiero saber lo que es que un hombre me folle y me haga gritar su nombre.
—Elena...
—Nunca me he sentido bien con un chico —le confieso, avanzando por la cama hacia él. Su mirada se fija en mi sexo depilado, rosado y perfecto para que lo disfrute. Luego repara en mis tetas y se relame la boca—. Sé que tú puedes cambiar eso.
—Si no te lo hago yo, ¿irás corriendo a pedírselo a otro?
Inspiro profundo, llenando mi pecho de aire, él deja caer la toalla y veo toda su hombría dura, llena de venas marcadas, con una erección fuerte y dominante que apunta directamente hacia mí.
Hay un poco de vello subiendo en una delgada línea hasta la zona de su abdomen. La boca se me hace agua al instante.
—Dame lo que quiero y seré solamente tuya.
No sé por qué acabo de decir eso, si es porque de verdad es lo que necesito, porque estoy harta de ir buscando migajas entre tíos que no me satisfacen o porque, realmente, es Kael.
Mi Kael.
—Aunque no te lo dé —responde mientras los músculos de sus brazos se tensan al avanzar por la cama hacia mí, acercándose de forma amenazante, sin romper la conexión visual—, tú siempre serás mía.
Y justo en ese momento, la conversación muere entre nosotros, porque las manos de Kael agarran mi pequeña cintura, colocándome debajo de él, mientras sus labios devoran los míos con una ansiedad que jamás he sentido.
Es la primera vez que me besan así, con intensidad, con hambre, con sed, con deseo. Cada uno de sus besos es más caliente que el anterior, más húmedo, más dominante, más demandante. Si tuviese que describir el sabor de su boca, la palabra ideal sería «sexo».
Sí, Kael sabe a puro sexo, a ese tipo de acto sucio y pervertido que te deja con las piernas temblando después de gritar como una mujer pervertida.
Su lengua empuja la mía, gruñe en mi boca, muerde mi labio inferior y agarra mis muslos, colocándose entre mis caderas. Toda su hombría se frota contra mi clítoris y mi garganta suelta un jadeo demasiado notorio.
—¿Esto era lo que querías, eh? —Su voz ronca hace que toda mi piel se ponga de gallina, tengo los pezones tan duros que me duelen.
Él acaricia uno de ellos con las callosas yemas de los dedos, a la vez que se mete la otra teta entera en la boca, succionándola y chupándola.
Mis ojos se quedan en blanco a causa de las sensaciones eléctricas que van desde mis pechos a mi clítoris.
Me es imposible estarme quieta porque, por muchas veces que haya follado, esto no se puede comparar con todo el sexo que he tenido a lo largo de mi vida.
Es otro maldito nivel, y ni siquiera me la ha metido.
Alzo mis caderas, buscando fricción con su entrepierna. Sus dientes arañan el borde de mi aureola y luego lame cada una de mis tetas, como si quisiera borrarlas para quedárselas y que nadie más pudiese disfrutarlas.
Mis dedos se hunden en su cabello, tirando con fuerza de cada hebra castaña, sin poder evitar gimotear una, y otra, y otra vez.
—Kael..., joder...
—¿Joder? ¿Ya no puedes más? Verás cuando te folle, vas a llorar.
Solo con escuchar eso y la fricción de su polla, me corro, gimiendo su nombre una vez más. Él me besa, rudo y dominante, agarrando mi melena rubia entre sus dedos para obligarme a mirarle.
—¿Vas a follarme? —susurro, con los labios hinchados y las rodillas temblando por el reciente orgasmo.
Él apoya su frente sobre la mía, besa de nuevo mis labios y hunde el rostro en mi cuello, inhalando el aroma de mi piel.
—Por supuesto que sí —asegura, sacando un condón de la mesita.
Una vez se lo pone, vuelve a tumbarse sobre mí haciendo presión con la punta sobre mi entrada. Estoy tan húmeda que su tamaño es bien recibido al instante, sintiendo que llena cada centímetro de mí.
Esto es exactamente lo que necesitaba, lo que buscaba durante todos estos años. A él, a Kael. Mi Kael.
—Dios..., sí... Sí, por favor, entra y no salgas.
—Te gusta sentir una polla de verdad, ¿um?
—Esas palabras se cuelan por mis oídos, poniéndome cada vez más cachonda.
Su cadera golpea con ímpetu la mía, entrando hasta el fondo, luego sale despacio y vuelve a entrar, arrancándome un pequeño grito gutural—.
Estoy cansado de tus inseguridades —ruge sin dejar de penetrarme—.
A partir de ahora, quiero que tengas claro que tienes las putas tetas más perfectas del mundo, toda tú lo eres.
—A pesar de su tono de voz rudo, sus palabras son como miel para mis oídos, un bálsamo curativo siendo derramado sobre cada una de mis heridas internas—.
Y después de que te corras con mi polla dentro de ti, con mi puñetero nombre en tu boca, vamos a dormir abrazados.
Y cada vez que te sientas mal o tengas miedo, traerás tu precioso coño a mi cama y te volveré a follar, ¿te queda claro, Elena?
No puedo resistirlo, es demasiado, así que mi sexo se derrite con él dentro de mí una vez más.
Pero él no se detiene, alza mis piernas, colocando mis tobillos sobre cada uno de sus hombros y, mientras toda yo tiemblo como si fuese una maldita gelatina, me folla una y otra y otra vez, sin dejar de penetrarme con intensidad, rudeza y puede que incluso rabia.
Y me gusta, porque lo está consiguiendo, lo que nunca logré borrar con champú, lágrimas, un estropajo o detergente, él se lo está llevando; eso que no es más que el recuerdo de todas las veces que me hicieron sentir inferior y una maldita tía fácil.
Mis ojos llorosos, por la intensidad de los orgasmos y de las sensaciones tan abruptas que sacuden mi cuerpo, le miran con necesidad, y él entiende lo que necesito: que me bese.
Deja que abra las piernas y vuelve a tomar posesión de mis labios; sin embargo, entre beso y beso, no puedo evitar susurrar algo que necesito decirle:
—Kael, esta vez no es porque me sienta mal..., es distinto...
Más besos, caricias por su espalda, que corresponde con mordiscos en mi cuello y en mi hombro.
—Kael..., tú... tú me... me gustas.
Nos colocamos de lado, con mi pierna en su cadera y él aún dentro de mí. Una de sus manos envuelve mi nuca y la otra, mi culo.
—Kael... —sollozo contra su boca, porque necesito que me diga algo—. ¿Yo te gusto?
De nuevo, la espesura salvaje de sus ojos se fija en mí y los escalofríos llegan de inmediato.
—Tú me vuelves loco, Elena.
—¿Y por qué siento que me odias?
Mis dedos acarician la sombra de su barba y él toma mi cuello, sosteniéndolo sin hacer daño.
Sigue hundiéndose en mí, sin descanso, y ya estoy empapada entre los muslos y no solo eso, también he provocado un desastre encima de su abdomen.
—Lo hago —asegura sin dudarlo—. Por venir a desordenarlo todo, por atraerme de esta manera, por desobedecerme, por poner mi puto mundo patas arribas.
Oh, joder.
—Yo no puedo ser buena, Kael. No va conmigo —lloriqueo justo al notar que mi clítoris duele de la intensidad, y toda yo me deshago por última vez, encogiéndome y retorciéndome entre sus brazos.
Esta vez, tengo que clavar mis dientes en su bíceps para frenar mi grito y mi mente se queda en blanco al correrme.
Él aprieta el abdomen, terminando también conmigo, clavándose en lo más hondo de mí cuando llega al clímax.
Ambos nos quedamos en silencio, acompasando el ritmo de nuestras respiraciones, sin dejar de mirarnos, con las piernas entrelazadas y las cabezas apoyadas en las almohadas.
La brisa con olor a lluvia sigue colándose por la puerta de la habitación, dejando entrar ese olor a Payson
Su brazo pasa por encima de mi cadera y me pega todavía más a él tras quitarse el condón.
—No me importa que no seas una buena chica —asegura, y su nariz se cuela entre mis cabellos dorados mientras la mía se hunde en el olor masculino de su pecho—. Porque siempre serás mi chica.