CAPÍTULO 37
ELENA
Estamos sentados en el Butter’s Pancakes , desayunando unos hotcakes . No sé quién de los dos tiene las ojeras más pronunciadas ni a cuál le pesa más la cabeza.
Creo que en toda la noche no he dormido más de una hora.
Me daba asco esa cama. Eso sí, cuando me senté en el suelo y eché una cabezada, desperté con una mantita por encima.
Obviamente, le di una patada y la mandé a la otra punta del calabozo.
«A tomar por saco la mantita —pensé—, se la puede meter por donde le quepa».
—Deja de mirarme así —gruño, porque de verdad que ver ese ceño fruncido todo el puto día llega a cansar, mucho—. Solo me he liado con un chico, tampoco es para tanto, ni que fuese tu novia.
—No necesito que seas mi «nada» para imponerte mis normas, ¿te queda claro, mocosa?
Oh, venga ya.
—¿Tienes complejo de hermano mayor? —Mi comentario parece sacarle de sus casillas, doy otro bocado a mi hotcake y añado—: ¿O es que... quizá... te gusto?
Bueno, ahora, en vez de tener el ceño fruncido, tiene cara de espanto, como si quien estuviese desayunando delante de él fuese un zombi comecerebros en vez de una chica rubia y guapa.
—Claro que sí, enana, estoy jodidamente enamorado de ti —responde con voz ronca, dando el desayuno por terminado.
Se levanta de forma abrupta para ir a pagar y, en cuanto la camarera le entrega el cambio, me hace un gesto con la cabeza que significa «nos vamos».
Los mismos gestos que me hacía mi padre cuando era un moco con piernas.
De verdad, si no fuese porque necesito una ducha y una cama con urgencia, me quedaría anclada a esta maldita silla.
Joder, menudo día libre de mierda.
—¿Eras también así con Susan? ¿La tratabas como si fuese tu hija? Porque, si es así, no me extraña nada que haya salido corriendo —voy soltando tras su espalda, imaginando que le clavo un alfiler tras otro en la nuca.
No responde, no dice nada, parece que le da igual. Y eso es algo que llama mi atención de forma descarada, ya que la primera vez que le nombré a Susan, sí que pareció dolerle.
—¿Ya la has olvidado? —murmuro sin querer, es una pregunta que sale disparada de entre mis labios, porque soy una entrometida de mierda y porque él sí que me gusta a mí. Me gusta de verdad, no como River o como los que elijo para pasar el tiempo.
Sé que con Kael sería suficiente. Porque él siempre ha representado la felicidad y la alegría en mi vida, hasta que algo sucedió y nos tuvimos que separar.
—Con todo el jaleo que me das, no tengo sitio en la cabeza para nadie más —asegura, y con cierto gesto romántico abre la puerta del coche para que suba—. Anda, vamos.
—¿Me llevas a casa?
—A mi casa.
—¿Qué? ¡No! ¡Quiero ir a casa! Michael ya estará al...
—A Michael se le ha complicado un poco la cosa, llegará por la tarde noche, así que te quedas en casa conmigo.
Genial, ahora mi propio padre le da más explicaciones a Kael que a mí.
Ni me molesto en preguntar qué es lo que ha pasado, si ellos no me quieren incluir, que les jodan.
Apoyo mi culo en el asiento del copiloto, cruzo los brazos sobre el pecho y me pongo de morros, juntando tanto las cejas que parece que tengo una sola.
Kael empieza a conducir, pero me mira de reojo. Yo también le observo de soslayo alguna que otra vez, apreciando cómo la comisura de sus labios se curva hacia arriba. Se quiere reír de mí, pero se contiene.
Idiota.
Echo la vista por la ventanilla, apreciando la frondosidad del bosque que nos rodea. Me gustaría ir al rodeo algún día, recuerdo que era muy divertido. También quiero pasar más tiempo con Amanda, que mi padre deje de tomar antidepresivos y que mamá sea feliz.
Resoplo contra el cristal y me entretengo viendo cómo el vaho de mi aliento forma un círculo gigante.
—No le des tantas vueltas al coco, Elena. La vida simplemente es y ya, no hay que pensar tanto en todo.
—Claro, como tú no tienes problemas...
—Lo que no tengo son padres.
Baja la ventanilla, escupe fuera y la vuelve a subir.
El corazón me late muy deprisa y él sigue conduciendo, en silencio.
Kael es huérfano, y nunca pensé en lo mucho que necesitó a sus padres. Si yo, que los tengo vivos, me he sentido increíblemente sola, no quiero pensar en cómo se debe sentir él.
Abro un poco la boca y relamo mi labio inferior, se me ha quedado algo reseco.
—Todavía recuerdo el día que rompiste una de mis muñecas porque, jugando al conejo de la suerte, le di un beso a otro niño que no eras tú —le digo en voz baja, observando sus duras expresiones contraídas—.
Cuatro años mayor que yo, pero te comportabas como un idiota comemocos —suelto con una risa nasal, y la tensión en sus hombros parece que disminuye un poco—.
Luego tú besaste a Susan para vengarte y yo pinché tu pelota favorita.
—Así que sí fuiste tú.
Me mira y asiento.
—Qué cabrona —añade—. Lloraste tres días como una magdalena, jurando que no tenías nada que ver.
—Podría haber sido actriz, la verdad —replico, quitándome el cinturón de seguridad para dejar mi cabeza caer sobre su fuerte y ancho hombro.
Estoy cansada, y sé que en cuanto lleguemos a su casa, me quedaré frita—.
Oye, no todo es malo, conseguiste ser policía.
A mí me hubiese gustado ir a una escuela de canto, hacer algo por...
mi sueño. Pero soy tan vaga y procrastino tanto que ni siquiera invierto energía en mí misma.
—No digas tonterías —me pide, y su mano va de la palanca de cambios a mi rodilla, acariciándola lentamente.
Un calorcito agradable rellena cada espacio vacío de mi pequeño corazón—.
El problema es que te preocupas más por los demás que por ti.
Deberías dejar de pensar en tu padre, en tu madre y en que tu alrededor te valide. Tienes que creer más en ti, Elena.
Sorbo por la nariz, sintiendo que me estoy poniendo un poco sentimental.
—Kael, cuesta mucho creer en algo que está roto. Nadie se sube a un barco que se puede hundir.
Las palabras que acabo de decir dejan un sabor de lo más amargo en mi boca. Un hipido se me escapa de forma involuntaria, así que me retiro de su hombro, volviendo a enfocarme en el paisaje, que ahora se ve lluvioso y oscuro.
—Yo, sí.
—¿Eh?
—Que yo sí me subiría a ese barco. Sin pensarlo.
Parpadeo varias veces, intentando entender el significado de su respuesta.
Sin embargo, un silencio espeso se instaura entre nosotros y no volvemos a hablar hasta que llegamos a su casa. Penny nos espera en la puerta, ladrando y correteando de un lado para otro.