CAPÍTULO 36
KAEL
—Eh, tengo que salir un momento, cúbreme hasta que vuelva.
Paul levanta la cabeza hacia mí, con cara de pocos amigos. Sigue siendo el becario, y aunque solo es dos años más joven que yo, está a años luz de superarme en nada.
Detesto a los críos.
Porque a ti nunca te permitieron ser uno.
Hago crujir la mandíbula, rompiendo el palillo que llevo entre los dientes.
—Pero, Kael, ya es mi hora, acabo de terminar de recoger mi mesa.
—El jefe me ha pedido que vaya a recoger a su hija, ¿quieres llamarle tú y decirle que no iré?
En realidad, solo me ha pedido que esté pendiente de ella, por si necesita algo, pero conozco demasiado bien a esa enana como para saber que lo más probable es que ya se esté metiendo en problemas.
—E... está bien —cede, el labio inferior le tiembla, aunque vuelve a sentarse—. No... no ta... tardes, por favor.
—Descuida.
Salgo de la comisaría y voy al coche patrulla, iré con las luces y las sirenas apagadas, sea lo que sea que esté haciendo esa niñata, quiero pillarla infraganti.
Si se está portando bien, le acariciaré la cabeza y le daré una chuche como suelo hacer con Penny, pero, como esté haciendo una de las suyas, me va a conocer por las malas.
Elena puede vacilarles a sus padres si quiere; a mí, no.
Conduzco en piloto automático, pensando en la situación de su madre, y sigo preguntándome si debí reaccionar de otra manera, pero es que de ninguna forma puedo permitir que se vaya con esa maldita bruja.
Ha abusado de ella y, no solo eso, ha permitido que Ander lo haga también. Estoy seguro de que Elena esconde muchas más heridas de las que muestra y yo solo deseo arrancarle las putas pelotas a ese cabronazo.
En cuanto llego a su casa, aparco el coche sin hacer demasiado ruido con el motor.
Bajo con pasos silenciosos y hecho un vistazo.
Todo parece tranquilo, así que al menos me consuela saber que no ha organizado una fiesta ilegal en ausencia de Michael.
Aunque en realidad, lo que más me preocupa es otra cosa.
Algo que, en cuanto paso junto a la ventana del salón, se confirma.
Oigo el ruido de un beso y una risa nerviosa seguida de otra que reconozco al instante. River.
Me cago en la puta.
Mi cabeza pierde toda la razón, que se besen en el puñetero supermercado es una cosa, pero que ese hijo de puta venga a casa de Michael a follarse a Elena es otra. No pienso permitir que la toque, por encima de mi cadáver, joder.
Abro la puerta con las llaves que siempre he tenido, sin llamar y sin preguntar. Y encuentro a River sin camisa, en el mismo sofá en que Michael y yo vemos los partidos, con Elena subida sobre él a horcajadas.
Está despeinada y, por supuesto, se están dando el lote, aunque al menos sigue vestida.
—Se acabó la fiesta —anuncio, y Elena se aparta rápidamente de River, pidiéndome que me largue.
Oh, sí claro que sí. Lo que me faltaba, que se crea que puede darme órdenes.
—¿No la has escuchado, tío? ¡Ha dicho que...!
River se pone de pie y tarda dos segundos en caer al suelo cuando mi puño se estrella contra su mandíbula. Elena grita mi nombre, intentando salvarle de mis garras. Buena suerte con eso.
Lo arrastro por todo el pasillo hasta la puerta de salida, recogiendo de camino su estúpida camisa de niño pijo del suelo. Por favor, es un puto drogadicto de mierda, ¿a quién intenta engañar con ese disfraz?
—¡Me has pegado! ¡Se lo diré a mi padre!
—¡Adelante! ¡Yo le diré a Michael lo que hacías en su casa con su hija! ¡Te aseguro que saldrás perdiendo!
Se vuelve contra mí para escupirme, lo sé porque ya lo ha intentado otras veces, pero le suelto un cabezazo en la ceja que le deja totalmente aturdido y mareado.
—¡Kael! ¡Kael, para! ¡Joder! ¡Kael!
Oh, mierda, no se va a callar nunca, ¿o qué?
Cuando veo a ese despojo humano irse caminando en zigzags, por ser incapaz de andar recto, me dirijo hacia mi problema número uno: Elena.
—Ni se te ocurra montar un numerito, sube al puto coche. Ahora —ordeno, señalando hacia la puerta, pero ella no cede—. Elena...
—No eres mi padre, no eres nadie para darme órdenes, ni siquiera eres mi amigo. Acudí a ti y te comportaste como un...
—¿Porque en vez de meterte mano intenté darte consejos? Ese es el problema, ¿eh? Si no te quieren follar, ¿entonces no te sirve?
—¡Oye, maldito imbécil, no te atrevas a juzgarme!
Elena da un paso hacia mí y yo otro hacia ella, su naricilla puntiaguda me mira desde abajo, su cabeza casi no me llega al centro del pecho.
—No, claro que no, solo hacíais..., ¿cómo era?, ¿terapia de amigas?
—¿Qué te importa?
Dios, la quiero matar.
—¿Que qué me importa?
En realidad, tiene razón, no debería importarme lo más mínimo. Pero lo hace, y mucho. Muchísimo.
—Sube al puto coche, Elena.
—No subiré, me quedaré aquí y volveré a invitar a River en cuanto te vayas, o a Dave, ¡o al que sea! ¡O tal vez a todos juntos! ¡Porque sí, joder! ¡Necesito correrme y sentir que todo está bien!
No lo hagas.
Kael, no.
Detente.
No lo hagas.
Su pecho sube y baja mientras me mira con esos ojos cristalinos y esa perfecta piel, suave, blanca y tersa como la porcelana. Las motas que recorren sus mejillas en forma de pecas la hacen tiernamente irresistible y no puedo evitar preguntarme cómo conseguí no terminar loco por ella.
Porque siempre me gustó.
Pero no podíamos ser.
Estábamos prohibidos.
—Vete, Kael. Si necesito algo, te llamaré.
A la mierda todo.
La atrapo por la cintura, cogiéndola como si fuese Penny, mientras ella grita y patalea, insultándome de mil maneras. Una pena que no me importe lo más mínimo.
—No pienso volver a dejarte aquí sola, niñata insolente. ¿No quieres ser una buena chica? Genial, vas a pasar la noche en comisaría, conmigo.
—¡¿Qué?! ¡Y un cuerno! ¡No pienso pasar una noche entera en esa comisaría! ¡Quiero ponerme mi pijama! ¡Quiero irme a dormir!
—No, enana, no quieres eso; tú quieres sexo, y si me largo, lo buscarás con quien sea.
—¿Y desde cuándo es tu problema?
En realidad, siempre lo ha sido. Pero fui un cobarde y te dejé ir.
Abro la puerta trasera del coche patrulla, empujándole la cabezota dura con mi ancha mano.
—Tienes derecho a guardar silencio —me burlo.
—¡Que te jodan, Kael!
Oh, veremos quién jode a quien.
Saco las esposas del cinturón y la amarro al reposacabezas del asiento. Estará un poco incómoda, sin embargo, es lo que hay.
—¡¿Qué?! ¿Pero por quién me tomas? ¿Por una maldita delincuente?
—Viendo tus gustos..., no me extrañaría. ¿Seguro que no tienes antecedentes penales, enana?
Le cierro la puerta en la cara y veo cómo se sobresalta, luego entro al coche y empiezo a conducir.
Ella grita y grita, jurando que la he secuestrado, y yo solo subo la música para no escucharla.
Una vez llego a comisaría, Paul ya me espera en la puerta con su bolsa bajo el brazo. Hago parpadear los faros del coche en señal de despedida y, una vez ha desaparecido de mi vista, bajo a Elena.
Quitarle las esposas es tarea fácil, aun así, la muy inepta intenta huir una y otra vez.
—Cielo, he pasado por años de entrenamiento para que tíos que doblan mi tamaño, no puedan escaparse, ¿de verdad crees que tienes alguna oportunidad?
La agarro de la cintura y la levanto del suelo cuando empieza a patalear, entrando en el modo «niña pequeña en pasillo del supermercado llorando porque no le compran una golosina».
En cuanto entramos en la comisaría, la llevo abajo, al calabozo en el que pasan las noches los que se portan mal, como ella.
—¡Kael! —se desgañita cuando ve las rejas de la puerta, sacando una fuerza sobrehumana que no espero.
En mitad del forcejeo, tiro un poco de su coleta sin darme cuenta y a ella se le escapa un gemido que me deja totalmente tenso.
Mierda.
Un calor sofocante irradia mi zona masculina, haciendo que quiera escucharla de nuevo, pero mucho más nítido, mucho más duro.
—No vuelvas a hacer eso. Jamás —advierto, antes de empujarla al fondo de la celda, cerrando a cal y canto; ella corre hacia mí, agarrándose a los barrotes.
—¡Kael! ¡No puedes dejarme aquí! ¡En este lugar han estado todo tipo de hombres malos!
Me cruzo de brazos, sintiendo su cálido y dulce aliento sobre mi boca. Si supiera que esos barrotes que nos separan son los que la están salvando de mí en este momento, dejaría de rogar por salir.
—Exacto, y como veo que son totalmente tu tipo, intuyo que pasarás una noche de lo más placentera.
Subo las escaleras para ir a por un café americano. Ella sigue soltando gritos en el calabozo. Ya se ha cagado en toda mi nación y sigue sin importarme. Es más, me divierte.
—¡Tengo derecho a un abogado! ¡Tengo derecho a una llamada! ¡Tengo derecho a que te vayas a la mierda! ¡Kaaaaeeeeeeel!
Elijo mi taza favorita, ya que hoy será una noche divertida. Con suerte, se cansará y se dormirá pronto, o, por lo menos, no estaré las ocho horas aquí solo. Me divertiré observándola ahí encerrada.
Vuelvo a bajar las escaleras, con la taza humeante en las manos.
Ella guarda silencio, le tiembla el labio inferior y me hace pucheros.
—Kael, porfi.
—Las sábanas están limpias y el calabozo es desinfectado después de su uso, siempre. Duérmete.
—No dormiré.
—Pues no duermas.
Estoy totalmente pegado a los barrotes, tomando plácidamente mi café negro y humeante. Ella sigue aferrada a esos hierros con sus uñas color turquesa.
—¿Por qué me haces esto, eh? ¿Quién te crees que eres?
—¿Sinceramente? No soy nadie.
—¡¿Y por qué coño lo haces?!
—Porque puedo. —Otro sorbo de café—. Te dije que te domaría, enana.
Saber que por muchas perrerías que le haga, no le contará nada a Michael porque, si no, se enterará de que ha metido a un tío de mierda en su casa, me ofrece una ventaja de lo más deliciosa.
—Eres mala persona —asegura, y yo le doy la razón, asintiendo a la vez que me encojo de hombros.
—Qué le vamos a hacer, tiene que haber de todo en el mundo.
De repente, sus ojos brillan con malicia, se le ha ocurrido algo y, por esa expresión, sé que no me va a hacer gracia.
—Si me sacas, volveré a enseñarte las tetas.
Me llevo la taza de café a la boca una vez más, mirándola fijamente, y ella se estremece porque, claro, no es lo mismo hablar con uno de esos niñatos, que conmigo. Creo que no es consciente de lo que podría hacer con su delicioso cuerpo.
—No me comprarás con sexo, no soy River.
—¿Te lo pasas bien alguna vez? ¿O siempre vas haciéndote el adulto supermaduro por la vida?
—Yo no me hago nada, Elena, cállate de una vez y ve a dormir.
Me está poniendo de los nervios. Porque no puedo dejar de mirarla; porque el café no calma mi sed de ella; porque cuanto más tiempo paso aquí, más la necesito.
—Te conozco, eras un chico divertido, simpático, siempre hacías reír a todo el mundo..., ¿qué te ha pasado, eh? ¿Susan no sabía chuparte la polla? ¿Es eso? Quizá yo pueda ayudarte.
Sigue y sigue picándome, intentando sacarme de quicio para que abra la puerta y, así, intentar huir.
Doy un último sorbo.
—Te equivocas, Elena —murmuro, mirándola directamente a los ojos—. No me conoces.
Ella guarda silencio, esboza un escueto suspiro, apoya su cabeza entre los barrotes y decido que ya es suficiente.
—Buenas noches. —Mis labios se pegan a su frente, saboreando la suavidad de su piel. Cierro los ojos e inspiro con fuerza para lograr separarme de ella, apagar la luz y subir para terminar la puta guardia.
No me conoces, Elena.
Nadie lo hace.