CAPÍTULO 35
ELENA
Cierro con cuidado, mi padre no tiene la culpa de que ese imbécil no sepa comportarse.
Huele a tabaco, lo cual me parece extraño ya que papá no fuma, o no fumaba, al menos.
Hay un cenicero con tres colillas sobre la barra americana. Le llamo en voz alta y no contesta. Subo a su habitación y escucho que discute acaloradamente con alguien.
—¡Esto no va a quedar así! ¡Te la llevaste siendo una dulce niña y mira cómo ha regresado! ¡No quiere estudiar, tiene amigas mucho mayores que ella y bebe más que mi tío Charlie!
El corazón se me sobrecoge cuando oigo un golpe, y doy por hecho que ha colgado la llamada estampando su teléfono contra alguna superficie dura. Quizá la pared.
La puerta se abre y el mentón de papá casi choca con mi frente.
—Ah, aquí estás.
Levanto la cara para verle, su ceño está más fruncido que de costumbre y todo él apesta a tabaco. Al parecer, sí que fuma. Eso es nuevo.
—¿Hablabas con mamá?
—Sí, con esa.
Me esquiva y baja las escaleras. Le sigo. Necesito saber qué va a pasar ahora que se separa de Ander.
No quiero irme, de verdad que no, pero seré incapaz de dormir tranquila sabiendo que ese desastre de mujer con mentalidad adolescente vaga sola por Phoenix. Ella no sabe sacarse las castañas por sí sola, necesita depender de alguien, siempre.
—¿Y bien? ¿No dices nada?
—Sí. —Mi padre se planta en mitad del salón, cogiendo una mochila en la que guarda algunas cosas, se pone su gorra y una sudadera—.
La primera, tú no vas a ninguna parte, y la segunda, voy a Phoenix para solucionar esto con ella cara a cara.
Ni se te ocurra hacer ninguna tontería, cualquier cosa, avisa a Kael.
—¿Qué? —Sacudo la cabeza, haciendo todo lo posible por ordenar mis ideas—. Espera, ¿puedo acompañarte? ¿Puedes tomarte al menos cinco minutos para expli...?
La puerta se cierra en mi cara y oigo cómo derrapa su camioneta.
Otra vez me dejan fuera y lo deciden todo por mí. Y otra vez vuelvo a sentir que me tratan como a una niña que no tiene ni voz ni voto.
—¡Joder! —exclamo, y le doy un puñetazo a la puerta, porque estoy cansada de que mis padres hagan lo que les da la gana.
Elena, no eres cruel por no querer irte de Payson, tu madre merece buscarse las castañas.
Ese pensamiento intrusivo deslumbra mi nublada mente, pero lo aparto en seguida. Es mi madre, yo no soy así, quiero a mamá y me sacrificaría por ella sin pensarlo.
—¡¿Sabéis qué?! ¡Iros a la mierda! —grito sin más, pensando que sí, que lo mejor es que solucionen ellos sus propias mierdas, para eso son «los adultos».
Solo quiero que mi cabeza deje de dar vueltas y no sentir que soy una mochila que rueda de Phoenix a Payson según la conveniencia de mi madre.
Me tumbo en el sofá, con las manos sobre el estómago, mirando el techo de madera. Esa punzada sigue incrustada en el pecho y una lágrima solitaria amenaza con salir. Siento que la odio, y odiarla hace que me enfade conmigo misma. No está bien tener un sentimiento así hacia tu propia madre.
Imaginarla sin Ander, teniendo que buscar un trabajo diferente al suyo, para ganar más dinero y compartir piso, me rompe en dos. Sé que no es nada del otro mundo, que así vive la mayoría de la gente, pero ella es tan... dramática.
Dirá que todo es mi culpa, que su perfecta vida se ha ido a la mierda por mí, y yo seguiré sintiendo que lo peor que hice fue nacer.
Siempre me he hecho esa pregunta en silencio, la de si mis padres serían más felices si no me hubiesen tenido.
A veces, creo que se divorciaron por mi culpa.
¿Por qué si no Kael me dejó de hablar de la noche a la mañana?
Algo malo debí hacer para que todo se fuese a la mierda, algo que no recuerdo y de lo que no soy consciente.
Me abrazo a mí misma, recostándome de lado, porque me siento tan mal conmigo misma que ni siquiera hablar con Amanda o tomarme una cerveza me hace ilusión en este instante.
La puerta de casa suena con unos golpes contundentes y lo último que dijo mi padre antes de irse resuena en mi cabeza: cualquier cosa, avisa a Kael.
¿Es él? ¿Ha venido?
La idea de verle calienta mi corazón, aunque siga enfadada por su reacción.
No puede exigirme cosas cuando no fue capaz ni de despedirse la primera vez que me fui, y cuando no sabe lo realmente inestable, irresponsable e infantil que es mi madre.
De verdad, que abandonarla a su suerte no es una opción.
Hasta Michael lo sabe, por eso ha salido corriendo en su búsqueda.
—¡Ya voy! —exclamo, dando un brinco del sofá para ir a la entrada de casa. Estoy tan segura de que se trata de Kael, que ni siquiera me molesto en mirar, dándome cuenta de que mis sospechas no eran ciertas.
River.
Un poco de desilusión —¿un poco? Bastante más bien— me invade al instante.
Va bien vestido, con un pantalón vaquero y una camisa blanca formal, y en la mano lleva lo que parece una... ¿rosa?
—¿Está tu padre en casa?
—¿Mi padre? —me sorprendo, y arqueo las cejas—. ¿Has venido a traerle una rosa a mi padre?
Ambos contenemos la risa, soltando una carcajada de lo ridículo que suena. Vale, me alegro un poco de que haya venido.
—¿De qué vas, River? —Me cruzo de brazos, sin permitir que entre en casa. Todavía.
—He pensado mucho en ti desde que has aparecido en Payson y..., yo qué sé, creo que eres una buena chica. Así que por primera vez en mi vida..., ¿y si hago las cosas bien?
Mis ojos se abren sorprendidos, porque nunca me ha pasado algo así.
Mi nombre y «buena chica» nunca han ido juntos en la misma frase. Y mucho menos se ha presentado un tío vestido formal con una flor en la mano para...
—¿Y lo que pretendes es...?
—Decirle a tu padre que te deje salir conmigo —afirma antes de encogerse de hombros—.
Estoy harto de que siempre te largues por miedo a que nos pille y tener que escondernos como si...
como si yo fuese un delincuente. —Sonríe de oreja a oreja y, lo admito, el River macarra es guapito, pero el simpático tiene cierto encanto—.
Oye, mi padre es familia del alcalde y el tuyo, el oficial de Payson, somos la mejor pareja que puede existir en este pueblo.
Me hago la indecisa y él me echa una miradita, voy vestida como un payaso de circo, aun así, yo me siento bastante guapa con mis vaqueros rotos y mi sudadera tres tallas más grandes.
—Bueno, podría sustituirte por el hijo del alcalde.
—Ups, no tiene hijos, solo una hija, con la que, por cierto, ya estuve y..., bah, no es interesante.
Espera, espera, si su padre es familiar del alcalde, eso quiere decir que...
—¿Te has liado con tu propia prima?
No puedo creerlo, le pego un puñetazo en el hombro a modo de broma.
—¡Estaba muy buena! Pero no es mi prima en plan, prima. Es prima lejana.
—Ya...
—Entonces, ¿puedo hablar con Michael?
—Va a ser que no, ha salido.
Otra miradita, mucho más lasciva que la de antes.
—Y... ¿puedo pasar un rato contigo?
El recuerdo de nuestros besos en el supermercado y de la sensación tan amarga que sentí después vuelve como una ola que rompe con todo.
No quiero volver a sentirme de esa manera ni a cometer más errores.
Mi cuerpo es un cóctel de emociones. Sigo sintiendo cómo las heridas de Adrien continúan escociendo y, a su vez, sé que me gusta Kael, tanto o más que cuando era una niña. Sin embargo, yo para él solo soy la hija de Michael, la que siempre se equivoca y no sabe tomar decisiones por sí misma.
Quizá River no sea el problema, quizá el problema sea yo, que solo me enfoco en lo incorrecto, en lo que no es para mí.
Quizá no debería estar con nadie, pensar en nadie, tener sexo con nadie, pero, diablos, necesito tanto que alguien me abrace, me bese y me diga lo absolutamente valiosa que soy.
Entreabro los labios y suelto un suspiro de frustración, él me mira atento, esperando cualquier muestra de aceptación o rechazo.
Sin dudarlo un segundo más, le agarro de las solapas de la camisa y tiro de él hacia mí, estampando mis labios en los suyos, a la vez que él vuelve a cogerme en brazos, cerrando la puerta de un empujón.
—Joder, nena, es una locura cómo me pones.
—Cállate y no dejes de besarme.