Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

KAEL

Cargo el último monto de leña y lo suelto dentro del garaje del abuelo.

Algunas gotas de agua resbalan por las hojas de los pinos, ha llovido hace nada y por como pinta el cielo, no tardará en empezar a llover de nuevo.

Al final, he conseguido dormir una hora, eso me ayudará para aguantar toda la noche sin problema. Algo es algo.

El sonido de una camioneta que es inconfundible para mí se oye desde lejos. Michael. Pero luego caigo en que no es él, porque está de servicio, así que debe de ser su hija.

¿Qué diablos hace aquí? Si viene a suplicarme que la deje a ir a esa fiesta con River, mi respuesta será clara: «Habla con tu padre».

Estoy cansado de esos dos, y ya es adulta para saber lo que le conviene y lo que no.

Mierda, ¿qué hacía besándose con ese maldito payaso? ¿Es que no aprenderá nunca?

Me cruzo de brazos en mitad del terreno, con las botas llenas de barro y Penny liándola parda con sus brincos y ladridos. Sí, su chica favorita acaba de llegar.

La gracia con la que se desenvuelve en un terreno tan complicado como este me hace parpadear un par de veces, no se puede negar que lleva la sangre de Michael.

En cuanto aparca a un metro de distancia de mí, se baja con un túper en la mano y me dedica una de sus envenenadas sonrisas.

No puedo creer que una parte de mí se haya emocionado con que esta niñata me haya traído algo.

Ruedo los ojos.

—¿Qué haces aquí? Va a llover y estas tierras son peligrosas y, además, está oscureciendo, ¿no te daban miedo los osos?

Mi tono suena un poco más hostil de lo que pretendo, ella se para en seco, con el túper entre unas manos que no dejan de temblar. Ha llorado, mucho, y entonces toda mi armadura se cae al suelo.

Mierda.

—Entra —ordeno antes de que nos caiga un chaparrón encima. Lo único que me falta es que se resfríe.

Ella asiente, agacha la cabeza y corre hacia la puerta, seguida de Penny que no para de lamerla por donde pilla.

Nada más cerrar, se oye el viento que silba a través de los cristales. Veo como ya se ha quitado las botas y está sentada en el suelo, sobre la alfombra, tirándole la pelota a mi perra.

Se ríe de forma melancólica cada vez que se la devuelve y vuelve a lanzarla.

Viéndola así, soy incapaz de seguir enfadado con ella.

—¿Otro brownie de cartón? —comento, analizando el túper que ha dejado sobre la mesa, ella niega, estirando ligeramente las mangas de su ropa.

¿Tiene frío? Quizá deba encender la chimenea.

—Es un bizcocho de chocolate con crema de cacahuetes —explica, lanzando la pelota por sexta vez—, aunque no lo parezca, sí que lo he hecho yo.

Abro el túper y descubro lo deforme que está y la mala pinta que tiene. Sí que parece hecho por ella.

Pero no importa, me lo llevaré esta noche a comisaría y será mi postre.

—Gracias —le digo mientras lo guardo en la mochila del trabajo—. ¿Has venido solo a traer esto? No deberías salir sola con la camioneta a estas horas, y menos cuando va a llover.

En serio, soy el que más alejado vive del centro de Payson y no me gusta que merodee por los alrededores del bosque.

—También quería preguntarte si iremos a la cabaña mañana —inquiere con preocupación, y ya lo entiendo, solo quiere hacerme la pelota para que la deje salir con ese gilipollas—.

Supongo que Susan te lo ha contado... —Entrecierra sus preciosos ojos, batiendo unas pestañas tan densas y espesas que me cuesta dejar de mirarla.

Qué bonita es, joder. Siempre lo ha sido.

—Mira, Elena... —Decido encender un rato la chimenea y luego me sirvo una taza de café negro para aguantar la guardia, hago un gesto para invitarla a algo, pero se niega—.

Yo ya te he dicho lo que pienso sobre River, pero tampoco soy tu padre, así que...

, lo que sea, háblalo con Michael. Te he invitado a ir a la cabaña, y River te ha invitado a su fiesta; haz lo que quieras.

Ella solo dirige la mirada hacia mí de manera reticente, aunque luego se levanta del suelo para acurrucarse junto al fuego. El chubasquero color morado que lleva puesto le queda bastante sexy , y es que solamente en ella una prenda de vestir tan simple podría ser tan llamativa.

—Y... mientras te lo piensas... —doy un sorbo al café, sentándome a su lado—, ¿me vas a decir por qué has llorado? ¿No tendrá nada que ver con...?

—Me voy.

Su voz sale como un susurro que se me clava directo en el corazón.

¿Qué? ¿Se va? ¿A dónde? ¿A Phoenix?

Si ya me duele ceder a que se besuquee con ese engendro, de ninguna forma pienso permitir que se largue.

No puede irse, no ahora que Michael la ha recuperado, no ahora que mis días son un poco más alegres desde que la veo revoloteando por Payson.

—Elena, estás de coña, ¿no?

—Mi madre y Ander lo han dejado, ella no tiene donde vivir y su trabajo es en una oficina a media jornada.

No esperes que se vaya a limpiar ni a servir copas...

, así que tengo que volver para ayudarle a pagar los gastos de una vivienda.

—Un ligero sollozo junto a un resoplido sale de entre sus perfectos y rosados labios.

Tiene las mejillas rojas, al igual que la punta de la nariz—. No quiero irme, pero no me queda otra.

Parpadeo un par de veces, intentando entender la maldita situación. Primero, esa mujer ha pasado de su hija durante años, privándola además de tener contacto con su padre; después, la echa de casa y, ahora, le exige que vuelva para que se haga cargo de los gastos.

—Tú no vas a ir a ningún puto sitio, Elena, antes te secuestro, ¿me estás oyendo?

La boca se le abre y solo llega a pronunciar la primera sílaba de mi nombre.

—Ka...

—Ni Kael ni pollas. No y no, ¿crees que lo voy a permitir? ¿Piensas que Michael merece algo así? No te vas a largar de Payson, este es tu hogar, tu sitio. Aquí, con nosotros.

Ella frunce el ceño, poniéndose de pie, con los puños apretados.

—Mira, tío, solo he venido a contártelo porque necesito un amigo con quien desahogarme, pero ya veo que sigues comportándote como el «maldito adulto». Esto no se hace; esto así; esto asá. ¡No puedo dejar a mi madre viviendo en la calle! Si no quieres entenderlo, no me importa.

Elena va directa hacia la puerta, y no quiero que se vaya, necesito retenerla como sea, joder.

—Elena, Elena, escucha —repito, yendo tras ella—. Perdóname, no se me da bien ser sociable, ya me conoces, sabes cómo soy..., pero, oye..., buscaremos una solución, tu madre no se quedará en... ¡Elena!

Ya ha cerrado la puerta de la camioneta y encendido los faros. Está loca si cree que la dejaré volver sola.

Baja la ventanilla y me hace la peineta antes de girar el volante, gritando a pleno pulmón:

—¡Vete a esa maldita cabaña con Susan, así podréis hablar sobre cosas de adultos!

Mierda.

Pero ¿qué tendrá que ver una cosa con la otra? ¿Por qué lo mezcla todo?

Subo al todoterreno, siguiéndole el rastro, a la vez que marco su número de teléfono. Lo oye, estoy seguro, y, aun así, no contesta ni va a hacerlo.

Es terca como una mula.

No sé qué diablos esperaba ella de mí, solo sé que la he cagado. Tal vez quería llorar tranquila y que la abrazase, que cerrase el pico y no dijese una palabra, pero, joder, me he puesto malo solo de pensar en volver a perderla.

Juro que soy capaz de perseguirla hasta Phoenix.

Ya fui una vez a por ella y volvería a ir con los ojos cerrados, maldita sea.

Entre llamadas que no responde y gruñidos por mi parte, finalmente, la veo llegar a casa.

Michael está ahí, las luces de la entrada se ven encendidas.

Observo el reloj, yo ya debería estar de camino al trabajo.

Ella baja de la camioneta, vuelve a mirarme y, con una expresión de desprecio total, se echa la melena tras la espalda y me cierra la puerta en las narices.

Hay que joderse.