Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

ELENA

Por suerte, la jornada de trabajo pasa volando. ¿Lo mejor de todo? Rose parece bastante contenta conmigo, y eso me alegra, porque a mí también me gusta trabajar en el súper.

Ya me duele menos la cabeza y voy con dos bolsas llenas de cosas para hacer comida en casa. Quiero sorprender a papá. Después de la discusión con Amy, siento que su estado anímico ha bajado considerablemente, y no he podido quitarme de la cabeza ese frasco de pastillas.

También hay otra pregunta que no deja de rondar por mi cabeza, la habitación de los trastos: ¿por qué está cerrada?

Maldita sea, solo es una estúpida habitación en la que se guardan cosas que no sirven para casi nada, pero necesito saber qué ha hecho que Michael sienta la necesidad de poner una cerradura.

No soy una entrometida. Bueno, sí lo soy. Y, aun así, quiero respetar el espacio de papá. Prometo que no intentaré forzar la cerradura y no haré nada de lo que después pueda arrepentirme.

Y al pensar en algo de lo que arrepentirme, River aparece en mi cabeza, junto a la insoportable de Susan mirándonos.

Mierda, ¿qué fue eso?

No sentí nada por él, solo fue... como volver a estar con Adrien, como reparar una herida que lleva meses sangrando, a pesar de ya creerla cicatrizada.

Ni siquiera estaba tan enamorada de él. De hecho, lo que me hizo un daño atroz fue el motivo por el que me dejó. Metió el dedo en la llaga, hurgando directamente en mis mayores complejos.

Ahora Susan irá corriendo a decirle a Kael que me ha visto morreándome con River en el trabajo. ¿Y si llega a aparecer Rose? Por Dios, estaría despedida hoy mismo.

Quiero gritar y arañarme la cara por ser tan imbécil, se supone que al venir a Payson decidí dejar de ser así, de solucionar mis vacíos con sexo rápido con el primer idiota que se cruzase en mi camino.

Al recordar de nuevo ese beso, no puedo evitar pasarme el puño de la sudadera por la boca, como si, por hacer eso, lo que hice se fuese a borrar.

Pero, no, no se borra nunca. Ni aunque me bañe y frote con la esponja hasta que me escueza la piel; ni aunque me cepille los dientes una y otra vez; ni aunque ponga la ropa en el programa más largo de la lavadora.

Nada de eso lo arreglará. Seguiré siendo una chica fácil. Siempre.

El corazón me aletea de frustración y camino más y más rápido. Quiero llegar cuanto antes a casa y ponerme a hacer cosas para dejar de revolcarme en mi basura mental.

Soy una fácil. Sí, ¿y qué? No es nada nuevo para mí. Y mi jefa, por suerte, no me pilló, sigo conservando mi empleo y... si Susan se lo dice a Kael, que le jodan, él me rechazó primero y no tiene derecho a enfadarse.

Me pongo los airpods , subiendo el volumen al máximo posible.

La notificación de que un volumen excesivo puede dañar mi salud auditiva emerge en la pantalla y la ignoro por completo.

Ahora mismo, el ruido de mi cabeza está por encima del que reciben mis oídos.

Necesito escapar de ese bucle de sentimientos negativos que vienen a por mí cada vez que caigo en los brazos de algún tío que sé que no me conviene.

(…)

—¡Mierda!

No hay forma de abrir esta cosa.

He visto como diez tutoriales en Internet sobre cómo forzar una cerradura. Una basura todos, no pienso subscribirme a ninguno de esos canales.

La puerta de la habitación de los trastos sigue tan cerrada y misteriosa como anoche. Sin poder evitarlo, pego mi oreja a la madera para escuchar si hay algo de movimiento en su interior.

La piel se me pone de gallina al imaginar que escucho a alguien hablar con voz espeluznante desde el otro lado. Doy un par de toques, no hay respuesta.

—¿Hola? ¿Hay alguien secuestrado ahí dentro? ¿Un fantasma?

He visto demasiadas películas de miedo. Estoy haciendo el tonto.

Clavo las rodillas en el suelo y me agacho todo lo posible, intentando ver algo por la rendija de abajo. Nada, oscuridad total.

¡Será posible! ¡¿Por qué papá ha hecho esto?! ¡Pretende que me vuelva loca ¿o qué?!

Mira que me he repetido veces que no subiría a hacer esto, pero el ruido mental no se calla y necesito saber qué esconde aquí.

¿Una habitación destinada al sexo?

Oh, Dios mío, solo de imaginarlo me dan ganas de vomitar.

Michael no es así.

El reloj de la cocina empieza a sonar, tengo un pastel de chocolate casero en el horno, esta vez lo he hecho todo yo sola, de cero.

Corro escaleras abajo, gritando «ya voy» como si el horno pudiese escucharme y abrirse solo.

En cuanto lo saco, veo que su forma no es la más bonita del mundo. Ha subido por unos lados, pero está aplastado por otros. Quizá sea porque no he hecho caso a la indicación de «no abrir el horno mientras se cocina».

Resoplo, ¿por qué me cuesta tanto ceñirme a unas simples normas? A veces, no me soporto a mí misma.

Separo el pastel en dos partes con mucho cuidado, una para mí y Michael, y otra para Kael. Sí, pienso presentarme en su casa y llevárselo, así averiguaré si la idiota de Susan se ha ido de la lengua.

Arpía.

Luego comienzo a poner el glaseado de crema de cacahuetes por encima.

El chocolate y el cacahuete son maravillosos cuando se comen juntos.

Mi móvil deja de reproducir canciones aleatorias y veo que en la pantalla aparece alguien con quien no quiero hablar.

Mamá.

La cuchara llena de crema de cacahuetes se me cae al suelo, pringándolo todo, mi labio inferior tiembla y un dolor de estómago intenso aflora de la nada.

Estoy temblando, porque siento que, si contesto a esa llamada, será como volver a estar encerrada en esa casa, con ella, con sus miradas incriminatorias, con sus comentarios despectivos y con... Ander.

«Soy mayor de edad, tampoco estoy obligada a responder», pienso, agachándome para recoger la cuchara y limpiando con una servilleta el desastre que acabo de liar.

Joder, joder..., ¡JODER!

El maldito teléfono no para de sonar. Empiezo a ponerme de mal humor y ya no aguanto más esta presión, así que descuelgo y grito un maleducado:

—¡¿Qué?!

—Elena.

Su voz tiembla, está llorando.

—Mamá...

—¿Cómo estás?

Miro a mi alrededor. El pastel es un estropicio, pero creo que estará bueno, y necesito limpiar todo este embrollo antes de que papá regrese o, en vez de darle una sorpresa, le daré un disgusto.

—Bien.

—Siento mucho lo que te ha pasado, siento que hayas tenido que volver a Payson con tu padre.

Lo dice como si fuese la peor cosa del mundo.

—¡Ah, tranquila! —comento con alegría, intentando calmarla. Porque, de verdad, estoy genial aquí—. Me encanta la casa de papá y él es genial, además, ya tengo trabajo y amigos nuevos, estoy muy bien.

Su llanto se corta unos segundos, luego oigo como sorbe por la nariz y vuelve a decir:

—Necesito que regreses a Phoenix.

Espera, ¿qué?

—¿A Phoenix? ¿Yo? Mamá, no pienso... —Me muerdo la lengua—. No, simplemente no.

—Ander me ha dejado, tengo un mes para irme de su casa, no sé qué diablos le sucede, pero, desde que te fuiste, no hacemos más que discutir y dice que ya no me soporta.

Esa información me pesa toneladas sobre la cabeza y siento cómo una grieta enorme se va abriendo bajo mis pies.

—Pero..., mamá..., eso...es...

—Una putada, no tengo dónde ir a vivir, la casa que alquilamos cuando nos fuimos de Payson ya no está disponible, los precios han subido muchísimo y con mi trabajo no podré pagar nada yo sola. Necesito que vuelvas y que entre las dos...

Quiero llorar, gritar, tirar cosas por el suelo y romper algo.

Porque no me apetece regresar a Phoenix, no quiero abandonar a papá, y, sin embargo, ¿cómo dejo a mi madre en la calle?

—Oye, mamá..., yo... estoy ocupada —miento, la carga emocional de la conversación es tan pesada que me cuesta incluso respirar—. Te llamaré más tarde, ¿sí?

—¿Vas a volver? Dime que sí.

—Mamá..., esto... tengo que hablarlo con Michael y...

—¿Michael? Él no se hizo cargo de ti en todos estos años, te abandonó, y ahora ¿tienes que hablarlo con Michael?

—A ver..., él me pasaba la pensión de alimentos todos los meses y te preguntaba por mí....

—¡Elena, vete al infierno!

La llamada se cuelga y solo suena un agudo pitido contra mi oído.

Bajo los hombros y simplemente dejo mis brazos colgando a cada lado de mi cuerpo.

Parpadeo con pesadez. El mundo se me hace gigante en este momento y, aunque me emperre en demostrar que soy adulta, ahora mismo me siento como una niña perdida en mitad de un bosque oscuro, desesperada porque alguien venga y la salve.