CAPÍTULO 32
KAEL
Hoy toca turno de guardia, así que he aprovechado la mañana para cortar leña y guardarla en el garaje desde bien temprano.
Luego he salido a correr por el bosque con Penny, como es una perra grandota y bruta, no puedo dejarla suelta en Payson, ya que asusta a los turistas, sin embargo, en el bosque es toda un alma libre.
Después he cocinado un poco de carne de ciervo con tomates y espinacas y he intentado dormir algunas horas para estar más fresco esta noche.
Y digo «he intentado», porque no he podido hacer otra cosa que darle vueltas a la cabeza.
Desde que Elena estuvo aquí, en esta casa, todo se siente distinto. Quizá esté perdiendo el juicio, pero juro que a veces me llega su olor a vainilla, como si fuese a salir de cualquier rincón con alguna de sus estúpidas ocurrencias.
«Olvidar que mi madre no me quiere, que casi no conozco a mi padre y...».
Sus palabras se me clavan en el corazón como un puñal. Siempre fue una niña preciosa, llena de vida, alegre y risueña. Su sonrisa me cautivaba aun siendo un simple crío, pero era la hija de Michael. Y eso me impedía fijarme en ella, reconocer lo mucho que me gustaba.
Y después pasó todo aquello y... lo mejor que hice fue alejarme. O al menos, así lo creí en ese momento.
Cada vez que me viene a la mente esa niña de cabello rubio, con una mano apoyada en el cristal de la ventanilla del coche, mirándome fijamente mientras lloraba y yo me quedaba en Payson, junto a su padre, en su casa, en su hogar, se me descompone el alma.
Siento que se lo he robado todo y que no la merezco.
Si supiese la verdad, sé que me odiaría.
Penny gruñe, lame mi hombro desnudo y apoya el hocico sobre mi abdomen, le acaricio la cabeza, sin dejar de mirar el techo.
Me siento tan solo, tan vacío...
Toda mi vida he luchado por conseguir lo único que quería: una familia de verdad. Y ahora es como si nada tuviese el mínimo sentido. Es como navegar sin rumbo en alta mar, sabiendo que en cualquier momento va a llegar la tempestad haciendo que el barco se hunda.
Pero no quiero bajarme. No quiero irme de aquí. No quiero abandonar lo que me queda de mi abuelo. Ni a Michael.
Sé que en Phoenix me iría mejor. Mi trabajo sería más emocionante y podría rehacer mi vida con mucha más facilidad, además de que me vendría genial el perder de vista a Susan.
Aun así, no voy a ir a ninguna parte. Y menos ahora que Elena está aquí. Tengo que cuidar de ella, se lo debo.
Justo cuando pienso en ella, Penny vuelve a gruñir y lamentarse, algo me dice que la extraña y solo de pensarlo me da risa. Ha sido la primera persona que ha logrado cansarla jugando a la pelota.
La verdad es que no me cabe duda de que Elena tiene el don de aburrir incluso a las piedras.
Río sin poder evitarlo. La condenada es graciosa y ni siquiera lo sabe.
Una chispa alumbra mi vasto universo de oscuridad, al recordar que mañana es viernes y, después de la guardia de esta noche, la llevaré a la cabaña. En cierto modo, será como si nada de lo que nos ha destruido hubiese pasado.
Como si el abuelo siguiese vivo, como si ella nunca se hubiese marchado.
Como si yo no le hubiese robado su vida.
Toc..., toc..., toc...
La puerta suena con tres golpes bruscos y secos, Penny da un salto y empieza a llorar como un bebé. Solo llora así por alguien, así que ya estoy de mal humor.
Susan.
¿Qué diablos quiere ahora?
Abro sin siquiera preguntar, viendo cómo me mira con una ceja alzada y me enseña unas pronunciadas ojeras. Genial, yo tampoco estoy mejor que ella, así que no voy a preocuparme más.
—Kael, ¿puedo pasar?
—No.
Penny sale fuera, la olfatea y pega saltos para que la coja en brazos, como cuando era un bebé. Ella la ignora por completo, así que la cargo yo entre mis brazos. Ya es toda una perra grandota, pero para mí siempre será mi nena.
—Está bien —resopla—. Antes he estado en el supermercado y he escuchado que Elena hablaba con River, le decía que no podía ir a su fiesta porque tú te la llevarías a la cabaña.
—¿Ah, sí?
Bueno, me enorgullece que mi plan haya salido a la perfección.
Es exactamente lo que pretendo, que se aleje de ese imbécil.
—¿Por qué no la dejas en paz? Se ve que le gusta ese chico, no tiene sentido que te metas en lo que ellos tienen, ya le... ya le has quitado suficiente.
Cuando pronuncia esas palabras, me veo en la obligación de soltar a Penny, porque mi cuerpo se ha convertido en una barra de acero a causa de la rigidez.
—No pretendo quitarle nada, solo la protejo de convertirse en ti —rujo, acercándome a ella—. Elena no tendrá la cara llena de moratones; primero, me tendrán que matar a mí.
Ella traga saliva y yo me cruzo de brazos, apoyándome sobre el marco de la puerta.
—¿Algo más, Susan?
—Se estaban besando, eso hacían cuando llegué al supermercado.
Da igual lo que hagas por meterte entre ellos, buscarán la forma de estar juntos y...
no sé si es que juegas a ser el hermanito protector o si de verdad te gusta esa niña, pero creo que River es mucho más adecuado para ella que...
tú. Michael nunca lo permitiría, después de todo, eres su...
—No soy su nada —le corto de inmediato, sintiendo que la sangre me burbujea en la cabeza.
¿Se estaba besando con él? ¿En su propio puesto de trabajo?
No lo creo, Susan solo pretende sacarme de quicio. Sé que Elena, a pesar de ser una cabra loca, ha madurado y aprendido de sus errores. Ya no necesita validación masculina externa, ya no necesita entregarse al primer inútil que...
—Legalmente, sí lo eres —me recuerda, justo en el momento en que la última persona que debería cruzarse en mi camino aparece.
—¡Vaya! ¡Pero si es Susan! ¿Cómo le sentará a mi tío enterarse de que, después de pedirle perdón por ser una zorra, te presentas en casa de tu ex?
La cara de Susan se descompone y es que, al igual que yo, este es el último sitio en el que alguien esperaría encontrarse con River.
—Ha venido a por unas cosas que se le quedaron aquí, ya se iba —hablo por ella, intentando ahorrarle otra paliza. Es el último cable que pienso echarle.
River la inspecciona lentamente, ella tiembla bajo su chubasquero. Algunas gotas empiezan a caer de un cielo nublado.
Mi perra corre en círculos y ladra, como cada vez que se avecina tormenta.
—Ah, qué bien, ¿y dónde están? —cuestiona curioso, examinando sus manos vacías.
—No las tengo, las tiré en cuanto se folló a tu tío en mi cama.
Ese niñato suelta una pedorreta y Susan me regala una mirada de odio, apretando los puños para volver a su camioneta.
—¿Qué se te pierde por aquí? —pregunto, y pienso que, si cojo la escopeta que tengo en el salón y le disparo, sé de muchos sitios en los que nunca encontrarían su cuerpo.
—Pues... —empieza, con las manos en los bolsillos y un cigarro en la boca, mientras dibuja un círculo con la punta del zapato sobre la tierra del suelo— pedirte la mano de tu hermanita.
Un tic hace que me tiemble la ceja izquierda, no sé cómo tiene la maldita cara dura de venir a decirme esto.
Encojo los pies en mis zapatos para evitar ir a por la puñetera escopeta.
Respira, Kael, respira.
Uno..., dos..., tres...
—No es mi...
—¡Claro que sí! El bueno de Michael te adoptó cuando tu abuelo la palmó, por eso fue que le dejó su mujer y se largó con Elena a Phoenix, no estaba de acuerdo con la decisión.
La nariz se me arruga y aprieto el puño. Sé lo que busca, que le pegue una paliza y tener motivos para tirarme mierda. Que pierda la placa, como he perdido todo en esta puta vida. No se va a salir con la suya. Sin embargo, tampoco quedará así la cosa. Quien ríe último, ríe mejor.
—¿Elena lo sabe? Porque me da la sensación de que no. Supongo que no quieres que sepa que arruinaste su vida, ¿eh? Quizá... si la dejas venir conmigo a esa fiesta...
Se acabó. No lo soporto más.
No pienso permitir que este gilipollas siga tocándome los cojones.
No puedo ponerle una mano encima, pero sí hacer otra cosa.
Chasqueo la lengua con un sonido que Penny reconoce como amenaza y ella no duda en ir enfilada a por River, haciendo que grite como una jodida nenaza y corra en círculos por mi terreno.
—¡Joder! ¡Joder! —vocifera a los cuatro vientos mientras yo sigo apoyado contra el marco de la puerta, con un palillo en la boca—. ¡Haz que pare! ¡Si me muerde, haré que la sacrifiquen!
No le morderá, está entrenada para hacerlo cuando yo lo ordeno, solo quiere que se largue de aquí.
—Y yo diré que cometiste allanamiento de morada, y, dada tu fama, no será difícil conseguir que me crean. Así que... ¿por qué no te ahorras el mordisco y te largas?
—Eres un hijo de...
Penny le gruñe de forma voraz, saltando sobre él y tirándole al suelo.
—¡SOCORRO! ¡AYUDA! ¡MAMÁ!
Silbo para hacer que mi perra venga hacia mí, sentándose a mi lado, aunque sigue enseñándole los caninos a River.
—Tienes tres segundos para salir de mi propiedad o te aseguro que esta vez no haré nada por detenerla —le advierto, y me quito el palillo de entre los dientes para empezar a contar—. Uno...
River intenta levantarse a toda prisa, patina sobre el suelo húmedo y se cae.
—Dos...
—¡Ya me voy! ¡Joder! ¡Ya me voy!
—¡TRES!
Penny vuelve a la carga, pero, al menos, esa maldita sanguijuela desaparece de mi casa.
Algún día, seré yo quien le enseñe los dientes, y ese día nadie podrá detenerme.