CAPÍTULO 31
ELENA
Llevo toda la mañana a base de bebidas isotónicas con sabor a naranja. Sé que lo mejor para una resaca es agua, ibuprofeno y caldo de pollo, junto con no salir de la cama, pero no me emborracho para faltar al trabajo. Puedo divertirme y luego afrontar la vida.
—Vaya, ¿estás constipada? —Rose me toca la frente y me quedo bizca unos segundos al mirar su mano sobre mi piel, mi gesto le hace gracia.
—Estoy genial, nada que no se cure yendo esta noche a dormir temprano.
—Eso, eso, y nada de irte de fiesta el fin de semana, mañana es viernes, así que pasa el fin de semana en casa para que el lunes tengas fuerzas —me recomienda acariciándose la barriga—. Yo tampoco he dormido mucho, Sara ha estado revoltosa.
Descubro que unos bultitos deforman su barriga, se ven incluso por debajo de la tela del jersey.
—¿Puedo...? —Acerco mi mano lentamente, ella me agarra de la muñeca y la coloca sobre su piel. Mi primera reacción es gritar al sentir una cosa que me toca desde el interior del cuerpo de mi jefa.
¿Qué diablos? Joder, es terrorífico.
—Lo sé, da grima al principio, pero te aseguro que es la sensación más bonita que se puede experimentar —comenta con orgullo, y me muestra unos patucos amarillos que ha tejido ella misma.
¡Son preciosos!
Al final, charlamos y charlamos y no adelanto trabajo. No es que haya mucho que hacer, y tampoco es que hoy tenga demasiada energía, pero me asalta la culpabilidad si no doy lo mejor de mí.
Rose se va del supermercado a dar un paseo con su marido, y yo conecto un airpod al móvil, dejándome el teléfono en el bolsillo trasero del pantalón. Empiezo a cantar como de costumbre, cualquier cosa de Taylor Swift ayudará a que el día de hoy se acabe rápido.
Doy algunas vueltas por el supermercado, reponiendo cualquier hueco vacío para que las estanterías se vean llenas y llamativas. Mi abuela paterna siempre decía que las cosas a medio llenar atraen a la miseria.
Luego se me ocurre barrer por debajo de estas, teniendo que agacharme más de la cuenta y, por último, subirme a una escalera para limpiar el polvo en la zona superior.
En cuanto me bajo de la escalera, mi cuerpo choca contra alguien.
Me quito el airpod enseguida, con el corazón a mil por hora por si acaso se trata de...
—River.
Sus manos se colocan en mis caderas y da un paso hacia mí, yo retrocedo y, en vez de apartarse, me acorrala contra las cajas de cereales.
Tengo que ser sincera, quiero que esto suceda con Kael, pero después de recibir su negativa, tengo más claro que nunca que debo buscar otro camino. Él no me ve como yo le veo.
Los ojos de River descienden lentamente hasta mis labios, se muerde ligeramente los suyos y, si no fuese tan gilipollas, quizá podría ser un buen candidato, ya que guapo es un rato.
—Cantas de puta madre —afirma sin dejar de mirar mi boca.
Yo también miro la suya, es bonita, aunque nada que ver con...
Por favor, deja de pensar en él.
La voz de Amy suena en mi cabeza. Sé que, si estuviese aquí, le lanzaría una lata de albóndigas a la cabeza para noquearlo y me sacaría a rastras de este pasillo.
—Gracias, si quieres, puedes pagarme y cantaré para ti —bromeo, le guiño un ojo y empujo su pecho con una mano para apartarle—. Estoy trabajando —le recuerdo.
—Oh, por supuesto, la hija del oficial de Payson es toda una chica respetable.
Me río de forma nasal. Si supiera...
—Exacto, lo único que me falta para ser perfecta es ir a misa.
Una carcajada siniestra resuena tras mi espalda mientras voy directa a la zona de la caja, sin embargo, River agarra mi mano, tirando de mí para hacerme caer sobre su pecho y sus labios se estampan contra los míos.
Cuando me besa es como volver a estar con él, con Adrien. Como si nunca me hubiese dejado por una compañera del curro, como si siguiésemos siendo perfectos el uno para el otro.
Phoenix, las discotecas, la playa...
El olor a crema bronceadora, el sonido de las olas, las luces de neón...
Sus besos, su boca, sus manos...
Estoy allí, he vuelto a ese lugar, sigo estando ahí.
Mi lengua se une a la suya y nos fundimos en un morreo que parece que nunca va a acabar.
—Joder, para ser virgen, cómo besas —dice casi sin aire, cogiéndome del culo para alzarme y subirme a sus caderas. Nos estampamos contra el pasillo de las cervezas y algo se remueve en mi pecho.
La medalla de Kael.
Petricor.
Entonces, las olas del mar son reemplazadas por el sonido de la lluvia y los aullidos de los lobos.
Ahora solo queda el viento que mece las copas de los pinos.
«Cada error que has cometido a lo largo de tu vida es lo que te ha traído justamente a estar aquí, al lugar al que perteneces».
—Para... —le suplico, sintiendo que no puedo hacer esto—. River, pa... para...
Él muerde mi labio inferior y, en ese instante, alguien carraspea frente a nosotros.
Bajo rápidamente de sus caderas, me seco los labios en la manga del polo que llevo puesto y me aliso la ropa.
Susan.
Mi única reacción es agachar la cabeza, decir buenos días e ir rápidamente a la caja. River la ignora por completo, siguiéndome.
—Modelito, entonces ¿qué?, ¿te vendrás mañana por la noche a la fiesta?
Susan mantiene una mirada divertida, coge un par de cosas básicas y se apresura a pagar.
—No puedo, mi padre quiere que vaya a la cabaña con Kael.
En cuanto digo aquello, River deja de estar de tan buen humor y a ella se le cae el bolso al suelo.
—¿Qué les pasa a esos dos? ¿No quieren que te acerques a mí o qué?
Básicamente, sí.
—Oye, cuanto mejor me porte, menos me vigilarán, ¿eh?
Empiezo a pasar las cosas de Susan por el escáner, la cual todavía no se ha dignado ni a saludar.
—¿Bolsa? —le pregunto con firmeza.
—No.
Genial.
—¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo.
River la mira de reojo, lleva el pelo suelto y bastante maquillaje. Me da la sensación de que ambos comparten una mirada incómoda y, sin decir ni adiós, sale del supermercado y se va.
—Menuda hija de puta, la odio —escupe.
—Eh —digo chasqueando los dedos en su cara—, cambia esa manera de hablar o no volveré a dirigirte la palabra.
Va en serio, he dejado de hablar a muchos tíos por menos.
Las mujeres se respetan, siempre, da igual si son unas santas o unas zorras. ¿Que quién me enseñó esto? Obvio, Amy.
Y ella es todo lo que aspiro a ser de mayor.
Lanzada, auténtica, bella, enigmática. P-E-R-F-E-C-T-A.
—Bueno, quizá pueda convencer a tu «hermanito mayor» de que te deje ir a mi fiesta.
River compra un paquete de chicles y se lleva las manos a los bolsillos, me guiña un ojo y se va silbando por la puerta.
«Hermanito mayor».
No sé por qué, pero no me gusta nada cómo suena.