Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 30
55%

CAPÍTULO 30

ELENA

Cuando despierto, noto que me duele la cabeza un montón. Hacía tiempo que no bebía ginebra a palo seco y que no comía tanta comida basura.

El televisor muestra una pantalla en gris parpadeante y el sitio de Amy está vacío.

Supongo que ha ido al baño.

Me siento en la cama, rascándome la cabeza como si fuese un mono y luego estiro con fuerza los brazos. Ay, bendita resaca y bendita noche. Llevaba tanto sin reírme así...

Esto sí que ha sido una buena terapia de amigas.

Al levantarme, tropiezo con la botella de ginebra, que está por la mitad en el suelo, y acabo rodando por la alfombra. Me doy con todo el culo en el suelo y, entonces, escucho estallar la voz de mi padre como si fuese un trueno.

Espera... ¿qué?

Me levanto como una señora de sesenta años a la que ya le fallan las rodillas y abro la puerta, descubriendo que, en efecto, se están peleando.

—¡Parad de discutir! ¡Porfa! —suplico desde lo alto de la escalera, quiero bajar para detenerlos, sin embargo, un mareo acompañado de dolor de cabeza me produce unas intensas ganas de vomitar y tengo que correr al baño.

—Mi niña de dieciocho años pasa una maldita noche contigo, bajo mi puto techo, y se despierta vomitando como una jodida alcohólica. ¡No quiero ni imaginar lo que haces con ella cuando te la llevas por ahí!

No..., papá, no es así..., estás equivocado.

Arcada y chorro de vómito.

—¡Tu hija está perfectamente a salvo conmigo!

—¡Claro que sí! ¡Se está ahogando ahora mismo con su propia saliva en el váter!

No, joder, no me estoy... Puaj...

Necesito tirar de la cadena porque el olor a vómito me da muchísimo asco y hace que la situación empeore.

—Yo solo quería verla y pasar un rato con ella, no he hecho nada malo, es cierto que quizá no sea la amiga perfecta del año, pero tampoco soy...

—Eres una malísima influencia, y no te quiero cerca de ella.

—Creo que Elena tiene edad suficiente para decidir eso por sí misma.

—Papá... —logro decir a duras penas—, Amy..., ¡parad!

Quiero levantarme del váter, pero me sube otra arcada de patatillas con sabor a queso.

—Me importa una mierda, Amanda, fuera de mi casa. Ahora.

—Está bien, disculpa las molestias.

—Disculpada, ahora lárgate.

No, no, no. ¡Esto va de mal en peor! ¡No quiero que Amy se vaya a ninguna parte!

—Solo espero que no vuelvas a dejarla abandonada. —Dios mío..., ¿cuándo se van a callar?—. Porque tu hija ha sufrido más de lo que puedes imaginar. No ha tenido absolutamente a nadie en ninguno de los peores momentos de su vida, los cuales, te puedo asegurar que han sido muchos.

He conseguido ponerme de pie, lavarme la boca y bajar las escaleras, pero ya es tarde.

Amy tiene la cara bañada en lágrimas y mi padre...

Su expresión es la de una persona que acaba de perder las ganas de vivir.

—Por favor —suplico una vez más—, parad.

Al parecer, Amy se ha despertado y ha bajado a preparar el desayuno de las dos, mi padre ha visto que huele a ginebra y... ha empezado la discusión.

Ella niega, sorbe por la nariz, sube las escaleras y, antes de que pueda decir algo más, ya está bajando con el bolso colgando del hombro.

—Te quiero —se despide apresurada, agarrándome de la cabeza para acercarme a ella y darme un beso—. Cualquier cosa que necesites, me llamas.

Y sin decir una sola palabra más, le regala una mirada de odio a Michael antes de cerrar la puerta y subir a su coche.

Michael me mira y yo evito su mirada, no sé qué decir en este momento.

—Ella estuvo en esos momentos, ¿no?

Ahora es él quien tiene los ojos rojizos y un frasco de pastillas en la mano. Se toma una y se la traga, sin agua ni nada.

—Tu amiga —señala para que responda. Asiento y noto como una pequeña lágrima baja por mi mejilla—. ¿Y tu madre? ¿Dónde diablos estaba tu maldita madre?

Aprieta la mandíbula y el puño, antes de dejarse caer sobre el taburete de la barra americana.

—Viviendo su vida —comento con los hombros caídos.

—¿Por qué no...? ¿Por qué no me llamaste, Elena? Yo... yo creía que...

—Que no quería saber nada de ti, ¿verdad? Y yo creía que tú no querías saber nada de mí. Fue su juego durante todo este tiempo, mamá nos engañó a los dos.

Él me mira con una lágrima bajando hasta llegar a su barba pelirroja, aunque una de sus manos, ancha y fuerte, pasa por su mejilla pecosa para secársela rápidamente.

—No es excusa, debí hacer algo más. Debí coger el maldito coche, presentarme allí y traerte a la fuerza si hubiese hecho falta, ¡joder!

Apoya ambos codos sobre la barra americana y se revuelve el pelo, sintiéndose perdido en su propia pesadilla.

Yo agacho la mirada hasta mis pies descalzos y voy a la cocina.

Por cómo están colocadas las cosas, me doy cuenta de que Amy empezó a hacer café.

Coloco un mechón rebelde detrás de mi oreja y termino de prepararlo, sirviéndole una taza caliente a papá.

Me siento junto a él y coloco una mano sobre su brazo desnudo, él levanta la mirada hacia mí y murmura un profundo «lo siento».

La medalla de Kael se remueve sobre mi pecho, y el recuerdo de sus palabras hace que mi corazón se repare un poco. Quizá también sirva con papá.

—No importan los errores que hayamos cometido en el pasado si estos son los que nos guían hacia donde debemos estar, y lo importante es que ahora estamos juntos, papá.