CAPÍTULO 29
ELENA
Estoy a punto de irme dentro para darme una ducha y dejarme caer en la cama. Papá y Kael ven las repeticiones de un partido de los Cardinals contra los Rattlers, están cien por cien seguros de que el árbitro estaba comprado y que no fueron justos.
Discuten acaloradamente con la pantalla y yo me sirvo un vaso de agua fría del grifo. La saboreo porque, aunque parezca extraño, después del alcohol, el agua es mi bebida favorita.
—Pecosa, no estarás bebiendo más cerveza, ¿no? —Michael me echa una miradita por encima del sofá, le enseño el vaso de agua y lo agito en su cara.
—Que noooo, sargento.
Entonces, el timbre suena de forma inesperada.
Mi padre se pone de pie con una expresión de pocos amigos y Kael levanta el cuello como si fuese su perro guardián.
Ambos se miran como si tuviesen un mal presentimiento y doy un paso para abrir, pero Michael ya está delante de mí, preguntando quién es.
Nadie contesta, sin embargo, escucho un estornudo que es inconfundible.
¡Ay! ¡Esa es...! ¡Es...!
Papá abre la puerta con recelo, no entiende qué hace una chica de melena larga y negra con pinta de turista en la puerta de su casa.
—Disculpa —murmura Michael—, ¿puedo ayudarte en algo?
—¡Amy! —grito, eufórica, mientras ella aparta a mi padre de un manotazo, como si fuese una leona que acaba de encontrar a su cachorro perdido.
—¡Nena! ¡Qué alegría verte!
Su perfume a frambuesa me devuelve como cinco años de vida, así como esa suavidad tan característica de su piel y de su pelo.
Si tuviese que comparar a mi mejor amiga con algo, sería con un helado de tres bolas con sirope, nata por encima y una fresa.
En cuanto nos separamos un poco, veo lo preciosa que está, por Dios, siempre ha sido guapa, pero mi imaginación nunca llega a la realidad.
Su cuerpo es perfecto, con unas curvas de infarto y una cara que parece propia de una muñeca de porcelana.
Sus ojos son grisáceos, grandes y superexpresivos, para lo bueno y para lo malo.
Antes de que logre decir nada, se pone una mano en la cadera y con el dedo índice de la otra me señala directamente a la punta de la nariz.
—¿Se puede saber para qué mierda quieres el móvil, eh? ¡Te he llamado como cien veces!
Ay, cuánto he extrañado sus regañinas.
No puedo evitarlo, así que vuelvo a abrazarla, explicándole que lo dejé en mi habitación cargando.
—¿Qué haces aquí? ¿No se supone que deberías estar trabajando?
Ella se echa la melena hacia atrás, papá ha cerrado la puerta y nos mira con los brazos cruzados, Kael ni siquiera se ha movido del sofá.
—Sip, pero me he cortado un dedo. —Me enseña el dedo anular, totalmente vendado con servilletas y celo—. Ha sido un poco a propósito, la jefa hoy estaba insoportable y yo tengo la regla, así que este ha sido su karma, y, de paso, he aprovechado para venir a verte.
Si alguien es capaz de autolesionarse para escaquearse del curro esa es mi mejor amiga.
Michael carraspea, da un paso hacia nosotras, y entonces recuerdo que debo presentársela.
—Ella es Amy —la presento con una sonrisita tímida, espero que no haga ninguno de sus comentarios absurdos.
—¿La «amiga» que te ha enseñado todo lo que «no» debes saber sobre alcohol y sexo?
Bueno, un miedo menos.
—Eh... —balbuceo, llevándome un dedo a la boca para morderme la uña.
Amy, que no tiene ni un mínimo de vergüenza, rueda los ojos mientras se dirige hacia él.
—¿Y este es...? —pregunta señalándolo.
—Mi padre, Michael.
—Ah, el ausente.
—¿Perdona? —Papá descruza los brazos, poniéndose tenso, y yo me quiero morir. Basta, los dos son unos cabezotas gruñones que no saben medir sus palabras, y lo último que necesito es que se pongan a discutir.
Kael se levanta del sofá, viniendo a mi lado para intentar sembrar un poco de paz. Convence a mi padre de salir fuera un rato y dejarnos a solas.
Yo me engancho al brazo de Amanda y la arrastro escaleras arriba, hacia mi habitación.
—Lo siento mucho, tía —hablo sin parar, peldaño tras peldaño—. Michael sigue pensando que soy una niña, cree que todavía desayuno galletas mojadas en leche y que aún no me ha venido la menstruación.
—Tranquila, es lo que pasa cuando te pierdes seis años de la vida de tu hija —resopla con retintín.
Amy nunca ha sido una gran fan de mis padres, aunque le gusta mucho menos mi madre.
Al enseñarle dónde está mi habitación, me equivoco, tirando de un pomo que no gira. Está cerrado con llave.
—¿Qué...? —Me detengo frente a la puerta, con Amy todavía con las manos en sus caderas detrás de mí, como si estuviese haciendo una inspección de servicios sociales y así decidir si Michael es apto para cuidar de mí o no.
Recuerdo esta habitación.
Era la sala de los trastos, donde papá guardaba un montón de cosas que no quería tirar para usar... «más adelante», como decía él, porque la realidad era que no las usaba nunca.
Pero ¿por qué está cerrada con llave? No tiene sentido alguno.
Acaricio el pomo con los dedos, sacudiendo la cabeza, ahora no es importante. Ya le preguntaré.
—Me he equivocado, perdón —digo, y sonrío haciéndome la tonta.
Cuando giro la cabeza para buscar a mi amiga, la encuentro inspeccionando el baño, mirando por debajo de la taza del váter.
—¿Limpias tú o él?
De verdad...
—Los dos, aunque nunca he limpiado el baño. Por ahora.
Ella pone cara de «te has salvado por los pelos». Y se lava las manos.
—Bueno, al menos es un hombre limpio. El primer pelirrojo que no vive en una pocilga.
—¡¿QUÉ PROBLEMA HAY CON LOS PELIRROJOS?! —escucho bramar a mi padre desde abajo, que estoy segura de que ya está al borde de la escalera, con la oreja puesta para enterarse de todo lo que hablamos.
Sin poder evitarlo, me llevo una mano a la boca, conteniendo una carcajada. Tomo a mi amiga del brazo y la llevo hacia mi habitación, cerrando la puerta.
—¿Nos estaba espiando? ¿Invade tu espacio personal muy a menudo? ¿Te sientes acosada?
—Que sepas que estás haciendo lo mismo que él, tratarme como si fuese un bebé. —La señalo y ella rueda los ojos, observando la decoración de mi habitación—. Lo sé, no ha cambiado nada desde que me fui, tengo que... tengo que hacer cosas en este cuarto para que sea más acorde con mi edad.
Pensé de hecho en meter mis antiguas muñecas y juegos en alguna caja de cartón y pasarla al cuarto de los trastos.
—Está muy limpio —es lo único que dice, cogiendo uno de mis peluches favoritos para acercarlo a su nariz y olerlo.
Amanda es una obsesiva de la limpieza y el orden, motivo por el que se ha convertido en la encargada de la heladería, es decir, cuando la jefa no está, ella manda—.
Tía, huele a detergente, qué monos, ¿los lavaste nada más llegar?
Ay, no he caído en ese detalle.
Cuando papá se enteró de que volvía ya era demasiado tarde para que le diese tiempo a lavarlos y secarlos, así que... solo me queda la opción de que ha cuidado de mis cosas durante todo este tiempo, en mi ausencia.
Niego con la cabeza y añado:
—Michael es genial.
Amanda no contesta, pero se sienta en la cama, cruza las piernas y apoya los codos sobre sus rodillas, mirándome con ojitos amigables. Eso significa que se le ha pasado un poco el enfado.
Lleva un chándal grueso de color negro, con una sudadera enorme por encima y un bolso ancho colgando de su brazo derecho. Como únicos complementos, sus anillos dorados, unos aros enormes y un collar con la inicial de su nombre que le regaló su abuela.
—Y bueno, cuéntame, ¿el chico de antes es el famoso Kael?
En menos de un minuto, estamos sentadas en mitad de la cama, con las piernas cruzadas, poniéndonos al día de todo.
Kael le parece guapo, pero demasiado callado para mi personalidad extrovertida; de mi padre dice que es imbécil y no ha hecho ningún comentario sobre su físico, lo cual me extraña, porque la conozco lo suficiente como para saber que Michael es el prototipo de tío que el gusta a Amy.
A ver, no espero que mi mejor amiga se vuelva loca por mi progenitor, aunque sí esperaba alguna de sus típicas bromas.
También conversamos largo y tendido sobre River, Susan, mi trabajo en el súper y...
—¿Sigues cantando?
—En la ducha, como siempre. —Subo y bajo los hombros con indiferencia y ella me fulmina con la mirada.
Cree que estoy tirando mi futuro por un precipicio.
—Deberías apuntarte a castings , grabarte y subirte a redes, hacer cosas con ese don. Maldita sea, Elena, si yo tuviese tu voz...
—Ni muerta te levantarías temprano para ir a trabajar —termino de decir por ella, lo que me ha repetido ya más de un millón de veces—. Me gusta cantar, Amy, pero también me gusta tener un trabajo sencillo, ser feliz con cosas simples y sentir que soy buena en algo.
—También eres buena cantando.
Y dale.
—Y sobre el tal River ese —alza su dedo y me apunta— no quiero, es más, no te permito que tengas nada sexual con él. Elena Whiston, espero que me hagas caso en esto porque, si no, acabarás peor que con Adrien y....
—Cada recaída es más dura que la anterior.
—Exacto —afirma quitándose las zapatillas y los calcetines, yo hago lo mismo al instante porque sé lo que significa: ¡noche de chicas!
—. ¿Puedes conseguir dos vasos con hielo?
—pregunta mientras saca de su bolso porquerías varias para ponernos hasta el culo de carbohidratos refinados y una botella de ginebra.
—¿Que si puedo? ¡Obvio que sí, nena! Por cierto, ese televisor viejo solo funciona para reproducir películas en DVD..., ¿te hace una maratón de princesas Disney?
Amy se aguanta una carcajada, pero al final acaba riéndose de forma nasal y chocamos los cinco. Mientras ella decide cuál empezamos a ver, yo bajo por las escaleras para conseguir esos vasos y unos cubitos de hielo.