Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

ELENA

Cuando mi padre decide dar por terminada la cena en el patio, se va dentro a ver la televisión. Yo quiero seguir aquí un ratito más, ya me he acostumbrado al sonido de los animales salvajes y, lejos de darme miedo, creo que incluso me gusta. Eso sí, sigo teniendo la piel de gallina.

Kael se levanta de la silla, recoge un poco los restos de la barbacoa en silencio y yo solamente le miro de soslayo.

Tengo que hacerlo.

—Lo siento —musito, al fin—. No debí comportarme así anoche.

Cuando de pequeña me di cuenta de que Susan me había quitado por completo a Kael, sufrí como una condenada.

Supongo que el ver que ya no están juntos, sumado a lo mucho que siempre me ha gustado y el alcohol, me hizo hacer lo que hice.

No me siento orgullosa de ello, pero sé que, si volviese atrás, volvería a intentarlo. Soy así. Supongo.

—No es tu culpa en absoluto, el error fue mío. —Se gira, me mira y me regala una sonrisa compasiva. Como si él fuese el adulto que se ha pasado de la raya regañando a la niña que ha roto el vaso.

Frunzo el ceño, tanto que hasta me duele.

—Deja de comportarte como el adulto de la casa. No eres Michael, tampoco mi canguro, y mucho menos mi hermano mayor —rujo con desdén, y cuando pronuncio las últimas palabras, su cuerpo se tensa como si acabase de recibir una puñalada.

En fin, Kael siempre ha sido bastante raro.

Se gira de nuevo, deja el cepillo de limpiar la barbacoa a un lado y camina bordeando la mesa, apoyando su culo en el borde, frente a mí.

—Sé que eres muy adulta, más de lo que quizá deberías ser.

Ruedo los ojos.

—Claro, porque a mis dieciocho todavía debo jugar con muñecas y merendar compota de manzana, ¿no? Kael, que solo tienes cuatro años más que yo, ¿eh? No te flipes.

Él sube y baja los hombros, dando una bocanada profunda, como si necesitase llenarse los pulmones de aire fresco.

—Yo también soy más adulto de lo que debería ser.

Pocos hombres piensan en casarse y formar una familia a los veinte —confiesa, y mis cejas se alzan hasta el nacimiento del pelo, ¿estamos haciendo terapia de amigas?

—. Pero creo que se debe a que siempre he necesitado tener una familia, una de verdad, y no una que me acoja por lástima.

Abro un poco la boca, sin saber qué decir, esa declaración me pilla de improviso y no sé a qué viene todo esto.

—Kael, tu abuelo te quería mucho, a él le dolería escuchar eso.

Doy por hecho que se refiere a que, con la muerte de sus padres en aquel accidente, su abuelo tuvo que hacerse cargo de él, pero sé de sobra que Kael era su felicidad y sus ganas de seguir adelante.

Me mira de forma distante, dando la sensación de que, en vez de haber unos cuarenta centímetros entre nosotros, hay kilómetros.

—Perdóname por gritarte —es todo lo que comenta, evadiendo el tema de su abuelo—. No volverá a suceder.

Toma su cerveza entre esas manos fuertes y marcadas de venas, y rasguños propios de un hombre de Payson, yo cojo la mía y brindamos para beber.

—Solo te lo perdonaré si el viernes me dejas ir a la fiesta de River —añado para fastidiarle un poco, ya que prefiero irme con él a la cabaña.

Su mirada refleja algo perverso, dejando a medias el recorrido del botellín hacia sus labios. Parece que le he quitado la sed de repente.

—Ni hablar —insta sin más, levantando el culo y encorvando su espalda para estar cerca de mí—.

¿Sabes algo, Elena? No sé qué tipo de errores cometiste en Phoenix para que tu mirada se quede ausente y tus ojos se llenen de lágrimas con tanta culpabilidad cada vez que tu padre te hace algún elogio, pero, sea lo que sea, no volverás a cometerlos porque ahora estás conmigo.

Un nudo se me forma en el pecho y sube hasta la garganta. Es la primera vez que consigue dejarme sin palabras, sin poder rechistar para decir ni mu.

Sin embargo, mis ojos vuelven a ausentarse, porque no quiero ver los suyos, y no quiero que sepa que tengo ganas de volver a llorar.

Pero él sigue frente a mí y, como no digo nada, añade:

—Quiero que sepas algo, y es que cada error que has cometido a lo largo de tu vida es lo que te ha traído justamente a estar aquí, al lugar al que perteneces.

—Esa frase capta mi atención al instante, sus ojos verde bosque me miran con cierta emoción escondida, quiero descifrarle como él hace conmigo, aunque, por desgracia, yo no soy tan buena—.

Así que cada vez que un pensamiento así vuelva a tu mente, date la enhorabuena, porque forman parte de la mujer que eres ahora.

—«Mujer», ha dicho mujer. Ni niñata ni cría ni nada parecido.

Mujer—. Y esa es la chica de la que Michael se siente orgulloso.

Necesito abrir la boca para respirar un poco mejor, porque el nudo instalado en la garganta quiere salir, y de ninguna forma romperé a llorar delante de él. Ese tipo de lágrimas me las guardo para cuando estoy sola.

Él se saca la cadena plateada y me la pasa por la cabeza. La medallita reluce sobre mi pecho y releo esa palabra que tanta curiosidad me despierta.

—Voy al salón para ver qué hace tu padre, no te quedes aquí sola mucho tiempo.

Su enorme mano aplasta mi cabeza, despeinándome. ¿Así es como se siente Penny cuando la acaricia? Bueno, debo admitir que es agradable.

Cuando Kael desaparece de mi vista, veo por la ventana que la expresión de mi padre mejora nada más verle, y eso hace que me sienta en deuda con él.

Yo sigo aquí, envuelta en su chaqueta, con la mantita sobre las piernas, a la vez que mis dedos juguetean con una medalla nueva. Es preciosa, y ahora es mía.

Me sonrojo un poco, es la primera vez que un tío me regala algo.

Vuelvo a dejar que mi mirada se pierda en las vistas, sintiendo el frío metal entre la yema de los dedos mientras observo las altas copas de los pinos cubriendo un extenso bosque.

El aullido de un lobo hace eco entre las estrellas y, entonces, siento que todo lo vivido en Phoenix no ha sido más que un sueño y que nunca llegué a irme de aquí.