Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

ELENA

Es malvado. Lo es, ¿o es que realmente se puso celoso al ver a River en el supermercado invitándome a una fiesta?

La cosa es que, mientras hundo el cuchillo en la chuleta que ha preparado mi padre, Kael bebe de su botellín de cerveza y me mira pletórico, con una satisfacción que deseo arrancarle de la cara a mordiscos.

El muy hijo de su madre le ha dicho a mi padre que el viernes sí o sí debo ir a la cabaña con él, y, por supuesto, Michael está encantado.

Todavía no entiendo por qué no se ha ido de la lengua con lo de River. A pesar de odiar a esa familia, parece estar cubriéndome. También podría haberme delatado con lo de anoche, todo fue culpa mía. Yo le provoqué hasta decir basta, no obstante, no cayó en mis redes.

No como yo esperaba, al menos.

Aunque, la verdad, papá parece estar feliz con que vayamos a pasar el viernes juntos. Le veo bien, salvo por lo de que Kael me comentó sobre su ansiedad y demás.

Le estoy vigilando y, aun así, nunca le veo tomar medicación. Creo que se esfuerza por que no le pille.

El aire fresco de la noche remueve mi cabello, trayéndome ese profundo olor a bosque húmedo que adoro. Instintivamente, pienso en él, en el hombre que tengo delante de mis ojos, devorando su chuleta como si fuese un oso hambriento.

Papá da vueltas a unos chorizos en la parrilla, es genial tener un patio trasero y poder hacer estas cosas. Un lobo aúlla en la lejanía y Michael clava su mirada en mí.

—¿Has escuchado eso, pecosa? Por ese motivo no debes ir vagando sola de noche en Payson.

Ruedo los ojos.

—¿Sabes cuántas muertes ha habido por osos y lobos este año en toda Arizona? —rechisto—. Sesenta y seis, ¿y sabes cuántas han causado los malditos hombres?

Mi padre se tensa y Kael frunce el ceño, como si la idea de que un hombre me pusiese las manos encima les torturara a los dos por igual.

—A ti no te va a tocar nadie, ya sea lobo, oso o el vecino de al lado.

Agacho la cabeza ante el comentario de papá.

Quiero responder con un cruel «ya me tocó suficiente mi padrastro, y vosotros no estabais ahí para salvarme. No tenéis derecho a exigir nada ahora».

No obstante, sé que es ser egoísta. Ellos no imaginarían ese escenario y yo debí hablar mucho antes para que mi madre hiciese lo que hizo, echarme de su casa y acabar aquí.

Doy un trago a la cerveza sin alcohol que Michael ha seleccionado para mí y Kael se aguanta la risa al ver mi disconformidad. Pero, mientras papá sigue a lo suyo con los chorizos, le hago un mohín de lástima. Él niega, se lleva la suya a los labios de forma lenta y bebe.

¡Cabrón!

—Uf, la cerveza hoy está más fresca y deliciosa que de costumbre.

Lo que os decía, es cruel.

—Ya has bebido mucho, ¿no tenéis los policías una cláusula que os ponga un tope o algo así?

—En nuestro tiempo libre, no.

—No es tu tiempo libre, Kael, eres mi canguro, dicho por Michael, ¿lo has olvidado?

—En nuestro tiempo libre como policías, quiero decir.

—Kael no es tu canguro, Elena, es tu amigo —me corrige papá, apartando la cerveza de su compañero de mi lado antes de que consiga cogerla—. Ya sois adultos los dos.

Que mi padre me considere apta para ser la amiga de Kael y no me trate como una cría hace que sonría sin poder evitarlo.

Fuegos artificiales estallan en mi estómago y, cuando caigo en todos los chicos con los que he estado, porque Ander y mi madre me hacían sentir que no valía nada y buscaba esa validación en las personas equivocadas una y otra vez, las chispas se apagan y la sonrisa se me borra.

Lo que hice con Kael no está bien. Él no quiere nada conmigo, a la vista está, lleva sin quererlo desde que tenía once años y dejó de ser mi amigo por completo.

Si mi padre se enterase de mi comportamiento con él anoche, se decepcionaría muchísimo.

Culpable. Sucia.

Esas son las dos palabras exactas que describen cómo me siento cuando recuerdo la chica que he sido hasta poner mis pies en Payson.

No quiero volver a ser ella nunca más.

Cuando esta oleada de sentimientos tan duros me llevaba por delante y destruía todas mis murallas, siempre me encerraba en mi habitación para que mi madre y Ander no pudiesen ver lo rota que estaba.

Sin embargo, ahora soy incapaz de moverme, quiero quedarme aquí, con el olor del bosque, la brisa nocturna y los aullidos de los lobos.

No deseo estar sola, deseo estar con personas que me aprecian y que tal vez incluso ¿me quieren?

Los ojos se me aguan y una lágrima me cae mejilla abajo, Kael se da cuenta de esto y su expresión se quiebra, con un gesto sin palabras pregunta: «¿qué sucede?».

Niego cabeceando y su pie roza el mío bajo la mesa. Sus dedos empujan la cerveza con alcohol hacia mí, cambiándola por la mía, me guiña un ojo y solo pienso en tirarme a sus brazos y besarle.

De ilusiones se vive.

Bebo, notando cómo ese líquido amarillento y espumoso va bajando por mi garganta, pero, en cuanto él carraspea, hago el intercambio de nuevo y papá se sienta a comer.

—Hija, ¿estás bien?

Asiento, sorbiendo por la nariz.

—Solo estoy un poco un resfriada —comento sin darle importancia.

Michael se levanta rápidamente de la silla para traer una manta; Kael también se pone en pie, quitándose la chaqueta y dejándola caer sobre mis hombros.

Me queda enorme y huele de maravilla.

—Que sepas que me debes una explicación, enana —susurra sobre mi oído, apartando unos mechones de mi pelo para abrocharme la cremallera.

Suspiro al sentir que mis hormonas son unas malditas locas incontrolables. Kael vuelve a sentarse y papá me coloca una mantita de lana sobre las rodillas.

Sí, definitivamente, estoy en el lugar correcto.