CAPÍTULO 26
ELENA
—¿Seguro que no quieres?
River me ofrece el porro que se ha liado hace un rato, estamos en su coche, observando un cielo oscuro, iluminado por cientos de estrellas.
Me gustaría sentirme feliz por estar aquí, o al menos con ganas de que suceda algo más. No es el caso.
Ni siquiera sé por qué hago esto.
—No fumo, River, te lo he dicho ya diez veces. —Ruedo los ojos y veo que Amanda me ha escrito. Genial, algo bueno, al menos cuando llegue a casa, podré charlar con ella.
—Vaya carácter que tienes, ¿eh? Eres indomable —bromea, y mis cejas se juntan—. Oye, ¿qué le pasa a ese policía idiota contigo?
En cuanto hace referencia a Kael, las mejillas se me encienden al instante. Me costó la vida misma ignorarle en el supermercado y eso no es bueno ya que, incluso pasar del mismo Adrien —o sea: el supuesto amor de vida—, me resulta más fácil.
—¿No es obvio? Le lame el culo a mi padre —aseguro, antes de dar un sorbo al refresco que me he pillado antes de terminar de trabajar.
—Yo creo que tiene un gran complejo de hermano mayor, se cree que forma parte de vuestra familia o algo —escupe, y yo no entiendo por qué dice eso.
Kael ha sido bueno conmigo, pero porque era mi amigo, nunca se ha considerado de mi familia y no creo que me vea como a una hermana. Los hermanos no hacen lo que hicimos ayer.
Así que no tengo ni idea de por qué River dice eso.
—Sinceramente, me da igual todo —replico, apoyando la mejilla sobre mi mano y dando un bostezo. Empiezo a aburrirme.
—Me pondría muy celoso si él te importase más que yo, modelito —susurra, antes de echarme el humo en la cara. Toso y lo aparto a manotazos. Qué poco considerado—. Eh, ¿no entiendes lo que significa que alguien te eche el humo en la cara?
Arqueo una ceja.
—¿Que me quieres matar de un cáncer?
—No, tonta, significa que quiero besarte.
Frunzo los labios. Definitivamente, este tipo de erotismo no va conmigo. Ahora entiendo a Amanda, y creo que me entiendo también a mí misma.
Hace dos años, a mis dieciséis, esto me hubiese parecido supersexi, pero, ahora, solo quiero soltarle una charla a este niñato sobre no invadir el espacio personal y respetar la salud de las personas que te rodean.
Ay, me estoy haciendo demasiado mayor, pronto me saldrán arrugas.
—Bueno, me temo que tendrás que probar suerte otro día.
Se acabó, me he cansado, ya he socializado bastante por hoy. Y su expresión entra en pánico en cuanto me ve bajar del coche.
—¡Eh! ¿A dónde vas?
—Tengo ganas de volver a casa, ha sido un día duro de trabajo, gracias por esta... charla tan enriquecedora.
—Pero, Elena, ¿cuándo diablos nos vamos a liar?
River también se baja, mirándome fijamente a los ojos. Está furioso, decepcionado, frustrado y... ¿desesperado?
Hay más chicas en Payson, ¿por qué no prueba con ellas?
—¿Disculpa? —Me hago la tonta—. Creí que... éramos amigos.
Claro que no lo creo y que sé que lo único que quiere es echarme un polvo, pero jugar a hacerme la inocente me ayuda a ganar tiempo. Tiempo para sentirme menos sola y tener pase vip a fiestas a las que no quiero ir y conversaciones que me aburren.
No importa, sigue siendo mejor que estar sola. Ahora que Kael está tan ocupado con Susan y tengo a mi mejor amiga a una hora y media en coche, tengo que empezar a buscar nuevas formas de llenar mis vacíos.
Supervivencia, lo llamo.
—A ver, por mí podríamos ser algo más.
El hecho de que piense que soy una rubia idiota ha logrado amansar a la bestia. Objetivo cumplido.
—River, no soy una chica fácil. —Si me escuchasen la larga lista de tíos con los que me he acostado en Phoenix...—. Necesito ir despacio, por favor.
Traducción: no me gustas y te estoy utilizando.
Repito, no soy mala persona, solo intento sobrevivir en esta selva a la que llamamos vida.
River, con su cara de malote que te mandará al psicólogo en cuanto te acuestes con él la primera vez, aplaca un poco su ira y finge una falsa empatía.
—Ya, entiendo. —Da una calada y vuelve a echar el humo en mi dirección. Nada, que no aprende—. Eres virgen, ¿no?
Intento disimular las ganas de reírme fingiendo un estornudo.
—Exacto, y no puedo perderla hasta que encuentre al chico con el que me casaré, para mí es muy importante.
Siempre quise decir esta frase tan habitual en series y películas románticas. La verdad, no es para tanto, así que no entiendo ese empeño en hacer a todas las protagonistas vírgenes y mojigatas.
—Oh... —Una miradita perversa y acaba mordiéndose el labio—. Así que el cuerpazo de mi modelito nunca ha sido profanado.
—Para nada, soy una puritana.
—Pues... —Otra miradita. Tira la colilla y se lleva las manos a los bolsillos—. Estaré encantado de desflorarte, bonita.
Desflorarme.
¿Qué maldita palabra es esa?
—Claro, desflorarme, sí, porque me encantan las flores. —Río nerviosa, sacudiendo la mano a modo de despedida mientras me doy la vuelta y mi sonrisa se tensa para convertirse en una enorme cara de asco—. ¡Hasta mañana, River!
—Hasta mañana, modelito.
Desflorarme.
Qué cringe me ha dado esa palabra. Por el amor de Dios.
El teléfono me suena otra vez y pienso que es Amanda, que cuando tardo en contestarle, no duda en llamar por si he sido secuestrada o me han dejado tirada en alguna cuneta.
En este caso, es Michael.
—Hola, papá.
—¿Dónde andas?
—De camino a casa, salí de trabajar algo agobiada y decidí ir a tomar un batido.
Mentirle a mi padre no me gusta, pero qué puedo hacer. River es mi único amigo por ahora y a él no le gusta.
Necesito ampliar mi círculo de amistades en Payson con urgencia.
—Ya, bueno... —cede ante mi mentira, y se aclara la garganta—. Estoy asando chuletas, Kael está al llegar, le he invitado a cenar.
—¿A Kael y a Susan? —cuestiono, pensando que ahora que están tan unidos como para hacer la compra juntos y esas cosas, lo más posible es que acudan en pareja.
—¿Susan? No, cielo, esa mujer no pisará mi casa nunca más.
El sonido de una moto hace que no escuche nada de lo que dice mi padre. Cada vez se acerca más a mí, hasta que se detiene a mi lado.
Es negra por completo, y el que la lleva va con unos tejanos y un jersey beige ajustado a esa musculatura perfecta. Madre mía, se me cae la maldita baba.
De su cuello, cuelga una cadena de plata cuya medalla reconozco al instante.
—Papá, nos vemos ahora, adiós —me despido colgando la llamada, y me quedo frente a ese hombre que me está haciendo perder la cabeza—. Vaya, veo que no has perdido tu pasión por las motos.
Él se incorpora sobre esa máquina enorme y potente y se quita el casco. En el momento en que esos ojos bajo un pelo despeinado se fijan en mí, las rodillas me tiemblan como dos flanes.
—Sube —ordena, poniéndome el casco sobre la cabeza como si fuese una maldita muñeca de trapo y no tuviese ni voz ni voto.
Me encanta que me traten así, pero solo por un ratito, ¿eh?
—¿Y tú no llevarás casco? ¿Qué hay de eso de... «la vida no es un mundo lleno de arcoíris en el que puedes hacer lo que quieras porque hay normas»?
—¿Y quién me multará? ¿Tu padre? ¿Por proteger a su hija? Estamos en Payson, merluza, a dos calles de tu casa.
Vale, hablar con Kael no es como hablar con River, este sí que tiene respuestas inteligentes para todo.
Decido cerrar el pico y auparme sobre sus hombros para montarme detrás de él, mis manos se aferran al alerón trasero. No pienso tocarle después de que me gritase, aunque ya le he perdonado, pero no tiene porqué saberlo tan pronto.
Cuando acelera, la brisa nos golpea y decido subirme la visera del casco para disfrutar del maravilloso aroma de Payson.
Petricor.