Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

—¿Y luego qué? Puedes meter en la cárcel a Oliver, pero no a Christopher.

Ese hombre también tiene lazos con el alcalde y no hay nada que pueda decir en su contra, él lo negará, saldrá impune y vendrá a por mí.

—La voz se le quiebra, está a punto de llorar—.

No puedes salvarme si me ofreces algo temporal, eres el único hombre al que esos hijos de puta respetan, si... si me dieses otra oportunidad...

No.

No pienso ser el bote salvavidas de nadie y, mucho menos, condenarme a una relación en la que no quiero estar.

Mi silencio y mi expresión le dejan claro que esa opción no es válida.

Llegamos al maldito supermercado y, nada más entrar, lo primero que veo es a River pegado a la caja, acosando a Elena. Porque todo lo que hace esa familia es parte de un juego perverso para destruir a cualquier mujer que se les acerque.

Después de lo que pasó por la noche y esta mañana, soy incapaz de ignorarla, aunque parece que ella a mí, sí.

—Buenos días —saludo, y ese niñato se estremece, pero sigue con la mirada fija en ella. Normal, es imposible no hacerlo.

Elena se ha hecho dos trenzas, lleva la gorra del uniforme encima y, después de verla sin el top, soy incapaz de no volver a fijarme en esa parte de su cuerpo.

La niñata está como un tren, las cosas como son.

—Entonces, modelito, ¿te vienes el próximo viernes o no?

—Ya veremos.

—No, no, no, nada de «ya veremos», quiero un sí, un sí alto y claro que salga de esa boquita preciosa que tienes.

Modelito.

Quiero reventarle la puta boca.

Susan se agarra de mi brazo, tirando de él para que la acompañe al fondo de los pasillos, Elena clava sus ojos en la mano de Susan y frunce los labios, desviándola rápidamente hacia River.

—Ve a comprar lo que necesites, yo tengo que vigilar a ese idiota —informo.

—¿Por qué?

Mi cuerpo se tensa, odio que me siga diciendo lo que puedo y no puedo hacer, como si fuese mi mujer.

No le contesto, la ignoro como al noventa por ciento de la población y voy directo a la caja. Susan carraspea detrás de mí y, finalmente, se va a hacer su compra.

—¿Vas a hacer una de tus cutres fiestas el viernes?

Quizá me autoinvite. —Dejo apoyado mi cuerpo contra la caja, mirando fijamente a ese imbécil.

Las ganas que tengo de echarle gasolina por encima y quemarlo vivo junto a toda su familia no son pocas.

Pensamientos intrusivos, si me preguntan—. Ya no hablas, ¿eh?

Elena limpia la cinta transportadora, como si yo no estuviese aquí y nada de lo que pasó anoche fuese real. No sé ni qué pensar y que me esté descolocando de esta manera no es normal.

Le ha mentido a su padre y ahora se miente a sí misma queriendo hacer como que no le importo.

Ya, claro.

Mejor para los dos.

Pero ella a mí sí que me importa, y no pienso permitir que se convierta en una versión más joven de Susan. Ella no será una mujer maltratada por esta familia de trogloditas.

—Si tienes algo de que hablar, háblalo con mi padre —responde River con las manos en los bolsillos, compartiendo una mirada incómoda con Elena.

—A tu padre me lo paso por el forro de los cojones—advierto, sacándole de sus casillas—. Y tú —me dirijo a Elena—, espero que, si piensas ir a esa fiesta, primero lo hables con Michael.

—Métete en tus asuntos.

¿Perdona?

River se ríe por la nariz en cuanto Elena me contesta de esa forma y la sangre me burbujea como si estuviese ardiendo.

Es la niñata más contestona y maleducada que he visto en mi vida.

—Tú eres parte de mis asuntos, maldita niñata —recalco, asesinando con la mirada a ese gamberro infeliz, le pego un codazo al pasar por su lado que casi le hace perder el equilibrio.

Ya que estoy aquí, elijo el sándwich de pollo, en vez del de siempre, con el agua del tiempo. Susan se encuentra conmigo, con esa típica expresión que demuestra que está celosa o descontenta con algo.

—¿Me explicas por qué te tomas tantas molestias con ella? Ya no es una niña, puede tomar sus propias decisiones.

—Sigue siendo importante para mí —contesto de forma automática.

Ella se pone en la cola para pagar, adelantándose a mí, por supuesto, de nuevo enfadada.

Y Elena empieza a pasar las cosas por la cinta sin mucho ánimo.

De vez en cuando, mira a Susan de reojo, que tiene la vista puesta en ella como si fuese una auténtica psicópata.

Esta situación es ridícula. Están cabreadas la una con la otra.

—Kael, ¿me llevas las bolsas?

Susan no soporta que me fije en Elena ni dos miserables segundos, aunque sea para pagarle el almuerzo.

Cuando Elena coge el billete de mi mano, nuestros dedos se rozan y siento una tortura que recorre todo mi cuerpo.

Tengo que parar, no puedo verla así, pero tampoco puedo pasar de ella.

—Bonitas trenzas, enana. —Le guiño un ojo en cuanto me da el cambio, para que tenga claro que no voy a dejar de vigilarla.

No volverá a suceder nada entre nosotros, no obstante, pienso seguir cuidándola.

Se queda callada, con los ojos entrecerrados, los cuales gritan un alto y claro «te odio».

—Kael, ¿me ayudas con la compra? —insiste Susan, y la miro por encima del hombro.

—Lo siento, pero tengo trabajo, nos vemos.

Empiezo a caminar rápido hacia la comisaría, ella me sigue, con las dos bolsas, una en cada mano.

Casi no lleva nada, eso ni debe pesar, no pienso seguir comportándome como su maldito perro.

Que se busque a otro. Mi trabajo como policía es asegurarme de que todo está bien y, en realidad, ni siquiera debería escoltarla al supermercado cuando no ha puesto ni una maldita denuncia.

La ley es una mierda, sí, pero así es como funciona esto.

Ella ya no me corresponde, dejó de hacerlo desde el día en que metió a otro hombre en mi cama.

Estoy haciendo el gilipollas, no debí sentir lástima por Susan ni acompañarla a ninguna parte, lo nuestro se acabó y darle más vueltas solo conseguirá que yo siga siendo su imbécil particular.

Nada más llegar a la comisaría, Michael golpea el cristal de su despacho, haciéndome un gesto con el dedo para que vaya de inmediato.

Sé de lo que quiere hablar y sé lo que me va a decir.

—¿Hasta cuándo vas a hacer el gilipollas con esa mujerzuela? —me suelta, con una magdalena en la mano.

Abro el envoltorio del sándwich, no tengo apetito, pero... por hacer algo.

—No lo sé, me da lástima que esos cabrones abusen de ella, aunque se comporta como una arpía, me tiene cansado. —Con Michael, soy totalmente sincero, es la única persona con la que puedo abrirme de verdad.

—Ya no es tu problema, Kael. Si quiere protección de la ley, que ponga una denuncia y haga las cosas bien. Te utiliza, y no pienso permitirlo.

Asiento, dando un bocado que me llena la boca de pan, pollo, lechuga y mayonesa.

Preferiría llenármela de cierta niñata que sigue en ese supermercado.

Qué bonita es, joder.

—¿Y qué tal mi monstruito? ¿Se estaba portando bien?

Que pregunte por ella consigue que me tense, luego respiro profundo y me relajo.

¿Debería decirle que se dedica a flirtear con River? No, eso solo haría que le echase una buena reprimenda y me cogiese tirria. Más.

—Bien, es una buena chica —le miento, y me miento, pues de buena no tiene ni un pelo. ¿Cuándo era esa fiesta? Ah, sí, el viernes—. Por cierto, el viernes iré a la cabaña a pescar y hacer un par de malvaviscos, si ves que se aburre mucho, me la puedo llevar.

La cara se le ilumina y la piel le cambia de color.

—¿Si se aburre mucho? No la quiero dando vueltas por Payson a las tantas de la noche, irá contigo el viernes. Sí o sí.

Jaque mate, enana.