CAPÍTULO 25
KAEL
La alarma suena y no quiero despertar, me duele todo, como si hubiese dormido en el maldito suelo.
Giro mi cintura para acomodarme, y en ese instante, me llevo una hostia en toda la cara.
—¡Kael! ¡Por el amor de Dios!
—¿Qué cojones?
Lo recuerdo todo, me vine al sofá, me traje la almohada y también el despertador, pero lo que no me traje fue a la hija de Michael.
Está a los pies del sofá, viéndome tirado en el suelo, con la cabeza clavada en la pata de la mesa.
La miro y la veo en tanga y sujetador, con su ropa recogida entre los brazos. Mis ojos vuelven a recorrer cada curva de su cuerpo y a recordar la liada de anoche.
Mierda..., ese olor a vainilla es...
—¡Haz el favor de taparte un poco! —rujo, poniéndome en pie con una tensión marcada por todo el cuerpo.
Ella suelta un jadeo de enfado, su labio inferior tiembla y puedo ver otra vez esa tristeza que me apuñala. Veo cómo va directa a la cocina para pagar la cafetera a la vez que se va vistiendo. ¿Me estaba haciendo el desayuno? ¿En serio?
¿Qué parte de «esto está mal» es la que no entiende?
Maldita sea, está llorando, soltando sollozos mientras recoge sus tacones y se los pone.
Le he gritado y me siento fatal.
—Oye..., Elena...
—Déjame en paz, no quiero hablar.
No, no, no quiero que se vaya de esta forma.
—Perdóname... —Me sorprendo a mí mismo intentando darle explicaciones al mayor error que he cometido en mi vida, porque eso es Elena, una chica a la que aprecio y una cagada enorme que empezó ayer y debe acabar ahora mismo—.
Elena, lo siento muchísimo, pero es que entre tú y yo no debe suceder nada.
Mis palabras parece que solo empeoran las cosas.
No entiendo nada.
No importa, veo que carece de la madurez necesaria para entender esto y, ¿sabéis qué?, me beneficia, porque así dejará de buscar esa maldita validación masculina de la que hablaba anoche en mí y se centrará en alguien en quien sí pueda fijarse.
«Haré esto mismo con River».
Adelante, que lo haga. No tiene que joderme, lo de anoche fue un espejismo. Elena no es para mí y desearla es traicionar a Michael disparándole por la puta espalda. Nunca le haría eso.
—¿Te llevo a casa? —le ofrezco, poniéndome el uniforme de policía mientras la veo arreglarse un poco el pelo, deseosa por perderme de vista. Genial, yo quiero exactamente lo mismo, sin embargo, tengo que ser educado.
—No —es todo lo que responde, de forma cortante, y no entiendo por qué, pero, en vez de aliviarme, me molesta. Y mucho.
Penny va hacia ella, doy por hecho que hará lo mismo que Susan, pero no. Se detiene, se agacha, le rasca el lomo y le da un pequeño beso en la cabeza, luego le lanza la pelota y, como si mi casa tuviese la culpa de algo, da un portazo que hace retumbar todas las paredes.
Será posible, vaya con la superestrella...
La frustración se apodera de mí. Quiero que ella esté bien, aun así, tampoco quiero fallarle a Michael.
No sé qué diablos le pasa por la cabeza y lo peor de todo, no sé qué diablos me pasa a mí.
Puedo llegar a entenderla: es una chica con la carencia de un padre y, tal y como dijo, busca esa validación de cualquier forma —lo cual me aterra, porque puede llegar a hacer tonterías de las que después se arrepienta, y mucho—.
No obstante, ¿yo?, ¿qué excusa tengo yo para traerla a casa, darle una cerveza y tocarle las tetas?
Simplemente, la proteges. Sabes que contigo está a salvo y con otro hombre, no será así.
Quizá sea eso, porque no me cabe ninguna duda de que, si no le doy lo que quiere, se irá derechita a por otro tío. Un tío que la use y la humille, que haga sangrar su herida todavía más o que, poniéndonos en el peor de los casos, la preñe y la condene a una vida que no quiere.
Elena es demasiado especial para acabar amargada y amarrada a una casa y una familia. Tiene que florecer, vivir, ver mundo y, luego, ya se verá.
Si quiere tener novio, adelante, pero que elija a un buen chico, ¿por qué tiene que ir a por lo peor de Payson? Estoy seguro de que ese tal Adrien es una fotocopia de River.
Definitivamente, esta tía ama los problemas. Me recuerda a su padre.
Basta, se acabó pensar en la enana, tengo que ir a trabajar.
Salgo pitando hacia el coche, tengo el estómago cerrado, así que ya me tomaré el café en la oficina. Me queda lo peor del día, enfrentarme a Michael. No sé cómo le voy a mirar a la cara después de haber estado a punto de follarme a su hija. Es que vaya tela...
No puedo estar tan loco, de verdad que no.
Conduzco con la música apagada, me duele la cabeza y no necesito más ruido aparte del mental. Nada más bajar del coche, Michael me espera en la puerta, con una sonrisa radiante y rebosante de alegría.
—¡Kael! —saluda, entregándome una taza caliente—.
Elena ha pasado por aquí antes de ir a casa, ya me ha contado todo lo que hicisteis anoche.
— ¡¿Qué?! ¿Lo ha hecho? ¿Y se lo toma así de bien?
Palidezco, estoy a punto de que me dé un infarto.
Venga, toca ser un hombre y asumir los errores.
Yo soy el adulto y responsable de esta situación—.
Gracias por llevar a mi niña a Phoenix a bailar con unas amigas, me dijo que bebió un poco de más y por eso la dejaste dormir en casa.
—Me pone una mano en el hombro, entrando conmigo a la comisaría—.
No me gusta que beba, pero si tú estás delante para vigilar lo que hace, entonces me quedo tranquilo.
Se veía contenta y con otra chispa en la cara, no sé qué haría sin tu ayuda.
Se me revuelven las tripas y creo que no podré beberme este café sin sufrir cagaleras. De verdad que no.
La culpabilidad me lleva a gruñir un «de nada» casi inaudible y salir pitando hacia mi mesa de trabajo con la cabeza agachada. En estos momentos, siento un asco por mí mismo tan grande que no se puede comparar con nada.
No puedo volver a acercarme a Elena, por nada del mundo. Tengo que huir de esa tentación, como sea.
La puerta se abre y las miradas de mis compañeros se levantan de sus puestos de trabajo. En cuanto ven de quién se trata, pasan de ella y me dejan el marrón a mí.
Por supuesto.
Susan.
Otra vez.
Agarrada al asa de su bolso como si le fuese la vida en ello, con esas gafas de sol todavía puestas y una palidez insana, viene corriendo hacia mí y se instala en la silla de enfrente.
Mira, al final sí que me voy a beber el café. A la mierda todo ya.
—Kael.
—No.
Lo siento, hay más policías en esta comisaría para ayudarla en lo que necesite. Yo estoy colapsado y me niego a soportar más de sus tonterías.
—Necesito que me acompañes al supermercado.
—No soy tu maldita asistenta.
¿En serio? ¿Para eso viene?
—Oliver me ha amenazado —explica.
—Retiraste la denuncia. —Esa es otra, toda la molestia de ir a por él y traerlo al calabozo para luego tener que abrirle la puerta y ver cómo se va tan campante—. Podrías haber conseguido una orden de alejamiento y estar protegida por la ley, ahora atente a las consecuencias.
—¡No lo entiendes! ¡El padre de River me amenazó! Dijo que, si no sacaba a su hermano de ahí, acabaría dentro de un cubo de basura cortada en pedacitos.
La mandíbula se me tensa al instante, ¿eso dijo? Por desgracia, no me cabe la menor duda. Es ese tipo de basura humana.
—Hay que denunciar de nuevo, Susan.
—No tengo pruebas, es familia del alcalde... Kael, por favor, tú mejor que nadie sabes que la ley es una mierda.
Sí, por desgracia lo sé.
—No sé por qué cojones tuviste que mezclarte con esa familia, joder, teníamos una vida bonita tú y yo, lo echaste todo a perder, Susan.
—Ella palidece todavía más y me froto la sien, no estoy siendo profesional.
Mezclar sentimientos con el trabajo no está bien—.
Vale, te acompaño al maldito supermercado.
Me levanto de la silla, aviso con un gesto a Michael de que volveré en breve y este levanta el pulgar.
Es el único al que tengo que darle explicaciones, los demás, que piensen lo que quieran.
—Tengo el coche aquí, pero prefiero que vayamos caminando, ya que no salgo de casa por miedo y necesito respirar aire limpio.
Asiento, accediendo a su petición.
Vamos juntos, aunque mantenemos una separación de un metro el uno del otro.
La observo de reojo, no encuentro a la mujer con la que me casé enamorado como un idiota a mis veinte años.
Ya no hay alegría ni felicidad en ella. El tono rosado de su piel ahora parece más bien grisáceo.
Unas líneas de expresión se marcan alrededor de sus labios, quizá de tanto estar triste.
Y una parte de mí se desespera por borrarlas, quiero que vuelva a ser feliz, que sea la Susan de la que me enamoré.
Aun así, sé que la vida no funciona de esa forma, las decisiones que tomamos nos pasan factura y, a veces, nuestros errores son irreversibles.
Camina encogida, abrazada a sí misma, con un montón de ropa encima. Ella siempre fue de enseñar cuanto más mejor, y yo estaba encantado, nunca fui celoso porque confiaba a ciegas. Tan a ciegas que terminó dejándome tuerto.
Algo me dice que ha sido mucho más maltratada de lo que dice; y eso, como hombre, me revienta por dentro, no porque la quiera, sino porque ninguna mujer debe pasar por algo así. Esa familia tendría que estar en la puta cárcel, pudriéndose.
—Susan, escúchame, ¿y si te vas de Payson un tiempo? —sugiero—. Puedo echarte un cable económico —aclaro—. Sería lo mejor, que denuncies a esos tíos y te quedes al margen hasta que todo se solucione.
Ella maldice, riéndose de forma pretenciosa.
—No puedes mantenerme económicamente para siempre, Kael.
—No he dicho que sea para siempre, solo hasta que se solucione —repito, por si no lo he dejado claro.