CAPÍTULO 24
KAEL
No puedo más.
La polla me va a reventar, es puro dolor, hacía demasiado que no tenía una erección tan dolorosa.
Mientras Elena se ducha en mi baño, voy directo al otro para aliviar esta locura. Por Dios, no puedo dejar de pensar en esos gemidos tan sexis, en esa boquita dulce y esos ojos quedándose blancos.
Soy un depravado, pero esa niñata tiene las mejores tetas que he visto en mi vida. Y me jugaría el cuello a que su coño debe ser una delicia.
Observo la mancha húmeda en el pantalón, con todos sus fluidos pegados a mi muslo, y sé que Michael, si viera esto, me dispararía, y con motivos.
Antes de quitarme los vaqueros y liberar mi erección, cojo un poco de los restos del placer de Elena con la yema de los dedos y me los llevo a la boca.
Inspiro profundo, joder, casi no puedo contener las ganas de ir a por ella y sentarla sobre mi cara para lamerla entera hasta que se corra una y otra vez.
Maldita sea, me arranco los pantalones y los tiro al cubo de la ropa sucia, hago lo mismo con la ropa interior y dejo correr el agua fría, metiéndome debajo del chorro.
Nada.
La tengo enorme y palpitante, por culpa de esa pesadilla que no sabe acatar una maldita orden ni portarse bien.
Las ganas que tengo de zurrarla son inmensas. Como intente provocarme de nuevo, se va a enterar, maldita sea.
Agarro mi miembro y solo con el tacto ya es suficiente para que me estremezca, un latido me engrosa el glande y me veo obligado a apretar.
Me corro de forma intensa e inesperada. Siempre me cuesta muchísimo llegar al orgasmo, aunque Elena me lleva poniendo caliente desde que la recogí en la puerta del súper con esos taconazos y esa minifalda.
Necesito que me encierren, soy un puto demente. Ella está prohibida para mí.
El agua fría sigue cayéndome sobre la cabeza, está helada y no es nada agradable, pero siento que me lo merezco por ser un cabrón. Merezco un puto castigo por empalmarme y correrme con la hija de Michael.
Mierda, aún tengo su sabor en los labios y no es suficiente, quiero lamer ese clítoris, llenarlo de saliva mientras la follo delicadamente con los dedos y volver a escuchar esos gemidos que me han explotado el cerebro.
Es malvada y sabe demasiado.
En cuanto salgo de la ducha, me seco el pelo con una toalla y me lío otra en la cintura, lo más difícil viene ahora, dormir juntos.
Lo mejor sería que me quedase en el sofá, pero la muy bruja dice que, si no me acuesto con ella, se irá con el perdedor de River.
Quiero decirle que no estoy celoso, que solo intento protegerla por el bien de Michael, pero, no, después de ver lo que he visto, he entrado en una especie de frenesí y me niego a permitir que otro la toque o mire de esa manera.
Es demasiado bonita para mí, y para cualquiera.
Al llegar a la habitación, le doy la espalda, quitándome la toalla para buscar algo de ropa interior. No creo que se asuste por ver un culo.
Hago todo mi esfuerzo por ignorarla, sin embargo, sé que tengo sus ojos dulces y nada inocentes clavados en la espalda.
—Me gustan tus tatuajes.
Llevo un lobo en mi columna vertebral, me lo hice en mi época adolescente, cuando soñaba con irme a la cabaña y vivir de lo que cazase en plena naturaleza. Siempre he sido un poco solitario.
—Deja de mirarme y duérmete.
—Cuando vengas a la cama.
—¿Por? —Me ajusto el elástico del bóxer a la zona baja del abdomen y me dejo caer en mi sitio, en el que siempre duermo.
—Porque quiero que durmamos abrazados.
—Elena...
No va a parar, de verdad, es una puta pesadilla.
—Así, mira. —Su cuerpecito se acurruca a mi lado, me pone la mejilla sobre el pecho y me echa la pierna y el brazo por encima. El olor afrutado de su pelo golpea mi nariz—. ¿Lo ves? Nuestros cuerpos encajan de maravilla.
Mis ojos se abren de par en par.
Ya está. No podré pegar ojo.
La quiero matar.
—Se acabó, duermes sola, esto está mal. Y si se te ocurre acercarte al gilipollas de River, o yo mismo te devuelvo a Phoenix.
Agarro mi almohada bajo el brazo y salgo de la habitación, cerrando la puerta para irme a dormir al sofá. Penny agarra su cama con el hocico y la arrastra hasta mi lado, mirándome con unos ojos inocentes y acusadores a la vez.
Lo sé, nena, soy un gilipollas. La he cagado.