Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

ELENA

He puesto Ariana Grande en el coche de Kael y he venido todo el camino cantando mientras me río, lloro, vuelvo a reírme, hago bailecitos ridículos y acabo llorando otra vez. Todo esto con la cerveza que Kael no se terminó en mi mano.

—Hemos llegado, superestrella —anuncia cuando aparca en su porche, viniendo a abrirme la puerta para cargarme contra su cuerpo, cree que estoy tan borracha que ni podré caminar. Para nada, sigo como una rosa.

—¿Cuándo aceptarás que puedo beber como toda una mujer? —recrimino, haciendo unos pasos de modelito sobre los taconazos, de camino a la entrada de su casa.

—Más bien como un hombre de carretera.

Su comentario me saca una carcajada.

Al entrar, un animal enorme y negro se me tira encima con unas patas tan fuertes como las de esos osos que tanto miedo me dan. Bueno, tan fuertes no, he exagerado.

Chillo por el susto porque no lo espero, sin embargo, en cuanto me da un lengüetazo en la cara, ya soy toda suya.

Adoro a los animales, sobre todo a los que también me adoran a mí. Lo siento, soy así de fácil, y mi cuerpo suplica atención por cada poro de su piel, así que me vale casi cualquier cosa, incluso un perrito tan adorable como este.

—¡Penny! ¡Penny deja de lamerla!

—¡Es porque sabe que soy muy dulce! ¡Déjala! —Me quito los tacones y me siento en el suelo para jugar con ella, acaba de traer una pelota, intuyo que quiere que se la lance y lo hago. Se vuelve loca.

—Ya la has cagado, no te dejará en paz.

Kael me sirve otra cerveza, ahora él también bebe.

—La última ¿eh? —puntualiza, y dejo el botellín vacío en su mano para coger la nueva.

Asiento conforme.

La última, sí..., sí..., claro..., claro...

Mientras juego con Penny, un chucho de pelaje oscuro precioso, con el carácter de un cachorro a pesar de ya tener su edad, vigilo a Kael por el rabillo del ojo, viendo cómo se quita la cazadora, se saca el cinturón de los vaqueros y se tira en el sofá con las piernas ligeramente abiertas.

Desde aquí es todo músculos y sensualidad, e imaginarle desnudo hace que mi sexo palpite y la boca se me haga agua. En serio, no puedo esperar a que llegue el verano para ir con él a pescar. Quiero volver a ver ese abdomen y esos bíceps en acción.

La cadena de plata brilla sobre su camiseta. De ella cuelga una medallita en la que supongo habrá algo importante, tengo curiosidad, pero no puedo ser tan descarada. Por ahora.

Penny se cansa, creo que la he agotado, así que me da un último lametón y se va con su pelota al sillón que está junto a Kael y se tumba ahí a dormir como toda una niña buena.

Me levanto del suelo y me doy cuenta de que se me ha subido la minifalda. Así que agarro los bordes y tiro por mis apretados muslos, es un poco ceñida. Ya en la cocina, abro el grifo para lavarme las manos después de jugar con Penny y voy directa al sofá tras recuperar mi cerveza.

—Venga, empieza —insto.

—¿Que empiece qué?

Él tiene los ojos casi cerrados, pero no por sueño, sino más bien porque parece intentar relajarse.

Ha dejado un paquete de nachos sin abrir sobre la mesa, no me corto y empiezo a comer a puñados.

Mmm, están muy ricos.

—A soltar mierda, es parte de la terapia —murmuro con la boca llena.

—¿Terapia?

—Terapia de amigas. Me lo enseñó Amanda.

—¿Tengo pinta de ser tu amiga?

—Casi —bromeo—. Solo necesitas un pelo más largo.

—Enana, las chicas también tenemos derecho a llevar el pelo corto —replica con tono burlón, y no puedo creer lo que acaba de pasar.

¿Kael haciendo una broma? ¿Es el fin del mundo?

—Guaaaau, el Kael ebrio me gusta más que el sobrio.

—No estoy ebrio —asegura, entrecerrando sus preciosos ojos.

—Pues empiezo yo. —Siento ser un coñazo, pero necesito esta terapia urgente y él es mi persona de máxima confianza después de Amy—. Mis tetas son una mierda y eso me lleva a un complejo que, por mucho que me digan que soy superguapa, nunca me lo creo.

El pecho de Kael se remueve y me ofendo cuando veo que es porque se desternilla de la risa. ¿Será posible?

—¿Qué pasa? ¿Tú no tienes ningún complejo?

—Todos tenemos, supongo.

—Quiero saberlo.

—Primero arreglemos lo tuyo, ¿por qué cojones piensas eso de tus tetas?

Me sonrojo, porque contarle los motivos me lleva a hablar de cosas que, tal vez, no debería saber.

Bueno, me importa una mierda.

Venga, ahí voy.

—Todos los chicos con los que he salido siempre me han dicho que soy muy guapa, pero que ojalá tuviese más tetas, eso siempre me crea el concepto de que no soy suficiente.

—Todos los chicos con los que has salido no son los tres niñatos de Phoenix, Elena.

—¿Tres? —Me atraganto—. He estado por lo menos con diez.

Todo él se descompone y creo que la acabo de cagar. Mierda, si es que no se puede ir de honesta por la vida. No, no, no.

—Kael, no pienses que soy una pilingui.

Está pálido, de verdad, tanto que no sé si llamar a urgencias o qué.

—¿Kael?

—¡¿DIEZ?!

—Bueno..., sí, creo.

—¿Por qué?

Parece que no me juzga, pero sí le molesta.

—Supongo que es lo que pasa cuando necesitas validación masculina. —Subo y bajo los hombros, eso me entristece. Ay, voy a volver a llorar—. ¡Seguro que ahora me odias y vas a decírselo a mi padre para que me devuelva a Phoenix y se deshaga de mí! ¡No soy una pilingui, Kael! ¡Te lo juro!

Otra vez estoy llorando, literalmente. Y es que, aunque vaya por la vida como que todo me da igual, la etiqueta de «chica fácil» es la que más me pesa de todas. De hecho, venir a Payson me causó un poco de alivio por dejar atrás parte de ese pasado.

Pero, ahora, le acabo de revelar mi trapo más sucio al hombre que menos quería que supiese esta faceta mía. Y todo por beber. Si es que el alcohol lo tolero superbién, pero también es verdad que me suelta mucho la lengua.

Él no deja de mirarme, veo algo contradictorio en su mirada, luego niega para sí mismo y me abraza, atrayéndome hacia su cuerpo. Me dejo hacer y aplasto la mejilla en esos pectorales de dios del olimpo. Ay, qué bien huele, no me canso de decirlo.

Aprovecho que enreda sus dedos en mis cabellos rubios para juguetear con su medalla. Imaginaba que llevaría la foto de alguien importante o algo así, pero, no, solo hay una palabra grabada:

—Petricor —pronuncio en voz alta—. ¿Qué significa?

—Significa el olor que produce la lluvia al caer sobre suelos secos.

—El olor de Payson.

—Exacto, he viajado mucho, pero Payson es mi hogar y mi olor favorito.

También es el mío, junto con el del desayuno recién hecho, ya sean tostadas, croissants o gofres.

—El último chico con el que estuve se llamaba Adrien —murmuro en voz baja, abrazada a él como si fuese mi osito gigante de peluche mientras paso mis dos piernas desnudas sobre su fuerte muslo y la falda se me sube un poco.

Me da igual, podría estar totalmente desnuda a su lado y seguiría sintiéndome cómoda, porque este hombre me gusta, mucho—.

Ya estaba cerrada al amor, pero él me convenció de que era distinto...

o eso creí. En fin, me puso los cuernos con una amiga del trabajo porque tenía tres tallas de sujetador más que yo, y ¿sabes qué me dijo?

, que necesitaba saber lo que eran unas tetas grandes antes de comprometerse del todo conmigo. Me destrozó la vida.

Kael sigue partiéndose de la risa y no le veo gracia alguna. Es muy serio.

—¿Me explicas el chiste? —refunfuño, todavía abrazada a él. Su mano se coloca de forma instintiva sobre mis rodillas y todo mi interior explota en fuegos artificiales. Al darse cuenta, la aparta con rapidez y le agarro la muñeca para volver a ponerla ahí—. Tócame, me gusta.

Él resopla, deja la mano sobre mi piel, jugando con la yema de los dedos con nerviosismo, como si intentase evitar hacer otra cosa o llevarla a otro lugar.

—Cuando has dicho diez tíos, no imaginaba que fuesen diez niños de preescolar.

—¿Insinúas que el problema es la edad de ellos y no yo?

—Absolutamente, enana.

—¿Quiere decir eso que mis tetas serían suficientes para un hombre como tú?

—Tus tetas están genial, Elena, y hablemos de otra cosa.

No, no, no.

No quiero hablar de otra cosa. Necesito mostrarle esta herida y que la repare, como siempre hacía cuando era pequeña, cuando me caía con la bicicleta y me limpiaba la sangre de las rodillas para ponerme una tirita.

Me incorporo un poco, sentándome sobre él a horcajadas, mirándole de frente. Todo el pelo me cae sobre el rostro y el aliento me apesta a cerveza, pero no estoy borracha, soy totalmente consciente de lo que hago. Tanto que tengo el corazón a mil por hora, porque sé que mi padre me mataría por esto.

Que le zurzan a Michael, él ya ha vivido su vida y ha cometido sus errores.

—Elena, baja ahora mismo —suplica en tono autoritario, mirándome de esa forma que acojona a todo el mundo, menos a mí. Yo solo tengo hambre y sed de él.

—Quiero que me veas y me digas qué piensas.

—Ya te lo he dicho, estás genial.

—No me conformo con eso.

—¿Y qué diablos quieres, Elena?

—Ya te lo he dicho —repito sus palabras—, validación masculina.

Él chasquea la lengua, niega y me agarra de las caderas con intención de bajarme, pero me aferro a sus hombros, impidiéndoselo.

Sé que, si hiciese un poco de fuerza, se desharía de mí en un plis plas, aunque conmigo es todo delicadeza y suavidad.

—Por favor —le pido—. Si no me dejas enseñártelas a ti, se las enseñaré a River.

—¿A River? ¿Por qué a River?

—Necesito...

—Deja de repetir esa mierda, no necesitas que ningún hombre te diga lo jodidamente bonita que eres, para algo están los espejos, ¡joder!

Bajo los hombros y mi mirada se entristece, quiero llorar, porque siento que solo miente y me dice lo que quiero escuchar para que empiece a ser una buena chica y le deje en paz.

¿Qué hombre no querría ver un par de tetas?

—Soy idiota, lo siento. —Estoy dispuesta a bajarme de sus caderas e incluso volverme a casa, él parece que intuye que acaba de hacerme daño y me agarra de los brazos, impidiendo que vaya a ninguna parte.

—No vas a parar, ¿eh? Por Dios, Elena, dime de una vez qué quieres y te lo daré, pero deja ya esta manipulación.

¿Lo que quiero?

Quiero acostarme con él. Eso quiero.

Pero no voy a pedírselo, necesito que lo hagamos porque me desee y no porque yo se lo ruegue.

Aparto mi cabello rubio, echándolo tras la espalda y me levanto el top, sacándomelo por la cabeza y dejándolo caer al suelo.

Kael me atrae mucho, así que estoy cachonda y eso se nota en mis pezones duros, los cuales apuntan hacia él.

Tengo unas tetas pequeñas y respingonas, ni siquiera necesito sujetador. Desearía que fuesen como las de Amanda, cuyo escote produce infartos allá donde va.

Él las mira con detenimiento, incluso percibo cómo se relame de forma disimulada el labio inferior. Sus manos se colocan en mis costillas y soy incapaz de hacer otra cosa que no sea soltar un pequeño jadeo.

Nos quedamos por unos segundos estáticos, congelados en el tiempo.

—Lo que decía, maravillosas, ¿contenta?

No, no estoy contenta, siento que me lo dice por decir y para que me ponga la ropa de una vez.

Agacho la mirada, frustrada, buscando mi top; sin embargo, él percibe de nuevo mi enfado y, agarrando mi muñeca, la coloca en el centro de su entrepierna.

El bulto que hay ahí es enorme, se apreciaba a simple a vista, pero tocarlo es muy distinto. Está duro y grueso, como una piedra, y solo puedo pensar en bajarle la cremallera de los pantalones y...

—¿Ves lo que me haces? —Su tono no es nada amable ni complaciente, todo lo contrario.

Parece cabreado, mucho de hecho—. Tu padre es muy importante para mí, joder.

No está bien que me ponga caliente contigo, así que deja de jugar.

No soy otro de tus ligues; no soy un niñato más de la lista; se acabó, Elena.

Sigo estática sobre su cuerpo, mirándole fijamente, su semblante serio y enfadado me atrae como no se imagina, solo quiero terminar de desnudarme y besarle, hacer algo con la erección que palpita sobre mi mano y, por qué no, regalarle un momento agradable de placer.

El pensar lo que Kael podría hacer conmigo, los orgasmos que podría darme, hace que me moje rápidamente, humedeciendo su pantalón vaquero. De forma involuntaria, muevo un poco las caderas, frotándome contra su entrepierna.

—No —advierte.

—Sí —suspiro, agarrando una de sus manos para ponerla en mi pecho.

Él gruñe en respuesta, estando tan tenso como una barra de acero, sin embargo, no retira su mano.

La forma cálida en la que envuelve por completo una de mis tetas y la acaricia suavemente, rodeando el pezón con la yema de unos dedos callosos, posiblemente por cortar leña y ese tipo de cosas, me provoca unas corrientes eléctricas que van directas a mi hinchado clítoris, haciéndome perder la cordura.

No tiene nada que ver con esos adolescentes que solamente quieren apretarte las tetas para intentar ordeñarte como si fueses una vaca.

No puedo más, siento que voy a explotar solo con esto, sus dedos maltratan un pelín mi pezón rosado, pellizcándolo y tirando de él de forma juguetona, mientras el ritmo de mis caderas aumenta y... me corro.

Ya está. No ha hecho nada más que tocarme un simple pezón y ha bastado para volverme loca con eso.

Él me sigue mirando de forma extraña, no sé si está satisfecho con esto o completamente decepcionado.

—Suficiente terapia por hoy —asegura, levantándose del sofá conmigo enlazada a sus caderas. No me dice que me quite ni que me vaya, y ni siquiera me recrimina el haberme comportado como una pilingui, restregando mi sexo en su dureza. Supongo que prefiere que lo haga con él antes que con River.

La verdad, yo también, porque sé que Kael nunca se aprovecharía de mí y que, con él, estoy totalmente a salvo.

Me lleva a su habitación, la cual también es toda de madera, con una cama de matrimonio en el centro y una colcha blanca con aspecto calentito y acogedor. Hay un baño en suite y, desde las ventanas, se ven los pinos del profundo bosque; tiene que ser precioso en invierno cuando nieva.

Él abre su ropero de madera de cedro, saca una camiseta de mangas largas y me la ofrece.

—Ve a limpiarte, ponte esto y a dormir.

Las mejillas se me enrojecen al ver la enorme mancha de humedad que he dejado en su pantalón, él se la mira, me mira a mí y maldice.

—Lo siento si te ha dado asco —replico, y una de sus cejas se alza.

—¿Asco? —Ríe por la nariz—. Ve a ducharte, anda.

Joder, vaya humor de mierda.

—¿Pero podré dormir contigo?

—No.

—Haré esto mismo con River si no me dejas dormir contigo.

Ya está, he ganado.