CAPÍTULO 22
ELENA
No sé ni cuántas veces he llamado a Amanda, pero no contesta al teléfono. Es martes, mañana trabaja y supongo que se habrá quedado sopa, como siempre, con el móvil en silencio.
He olvidado que, aunque River monte fiestas cada vez que le apetece, en Phoenix salimos solo los fines de semana.
—Mierda, te he hecho venir para nada —me disculpo, Kael tira la colilla del cigarro y sube la ventanilla.
—Bueno, lo positivo es que estamos en Phoenix, algo habrá para hacer, ¿no?
¿Qué? ¿Quiere hacer algo conmigo? Creí que solo me llevaría a donde le dijese y luego me traería de vuelta a casa.
—Si insistes, quiero ir a bailar y tomarme otro mojito.
—Ni hablar, no pienso llevarte borracha a casa.
—¿Borracha yo? ¿Por un mojito? De eso nada.
Abro la puerta y me bajo donde estamos aparcados, caminando derechita hacia el pub en el que solía divertirme con Amanda. Allí siempre hay música y buen ambiente. La entrada es para mayores de veintiuno, pero, como Amy conoce al portero y se lo tira de vez en cuando, me dejará entrar.
—¡Eh! ¡Elena! ¿Dónde crees que vas?
Kael me persigue a pasos rápidos y se coloca a mi lado en dos zancadas.
Unos borrachos pasan por nuestro lado a unos metros del pub , demasiado cerca, tanto que uno de ellos casi se me tira encima por perder el equilibrio.
Kael me agarra de la cintura, pegándome a él y dándole un empujón para apartarlo de mí.
—¡Mira por dónde vas, joder! —ruge, y veo en él las ganas de darle un puñetazo.
Yo solo puedo pensar en que su mano está en mi cintura y que nuestros cuerpos permanecen totalmente pegados.
Seguimos caminando así, unidos, ignorando el hecho de que esto no debería estar pasando.
—¿De qué diablos conoces este sitio? Ni siquiera es para tu edad.
Está nervioso, mirando mal a todo el mundo y vigilando que nadie se me acerque.
—¿Nunca te relajas? ¿Nunca te diviertes?
De verdad, no va a malas, es simple curiosidad.
—Imposible relajarme con un monstruito como tú —replica, soltando mi cintura y haciendo que llore por dentro, quiero estar agarrada a él toda la noche.
—Que sepas que puedo llegar a ser muy divertida, si te dejas llevar, te lo demostraré.
—¿Dejarme llevar? —Incrédulo, permite que le arrastre hacia la entrada; he vuelto a engancharme de su brazo y pienso aprovechar cada oportunidad posible para meterle mano.
El gorila que se dedica a vigilar quién entra, me deja pasar sin pedirme la documentación, guiñándome un ojo.
Kael lleva las manos en los bolsillos, inspeccionando toda la zona como si buscase una operación secreta de venta de drogas.
En cuanto estamos dentro, agacha su cuello hacia mí y me susurra el oído:
—Podría detener a ese tío por no pedirte la documentación.
—Y también podrías tomarte algo y bailar conmigo —le suelto, y voy directa a la barra, feliz por estar en «casa».
El chico que pone las copas, Brandon, se acerca en seguida y me sirve las dos cervezas que le acabo de pedir. Le tiendo una a Kael y choco mi botellín con el suyo.
—No bebo si conduzco. —La deja de mala gana sobre la barra y me quita la mía cuando estoy a punto de saborearla—. Y tú tampoco.
—Tienes dos opciones, Kael: dejar que me emborrache contigo y cuidar de mí, o dejar que me emborrache sola y permitir que tu querido Michael se lleve un gran disgusto —le advierto, volviendo a coger la cerveza para darle un largo trago.
Está tan fresquita y tan buena...
Él rueda los ojos, bufa y se cruza de brazos, mirándome como un perro rabioso.
—¿Piensas quedarte ahí? —inquiero cuando veo que evita mirarme a toda cosa.
—Sí, baila, pásatelo bien, y en un rato te llevo a casa.
Jo, vaya aburrido.
Supongo que preferiría que fuese Susan.
Dejo la cerveza junto a la suya y le doy mi bolso. Al menos, que me sirva de perchero.
Intento olvidar que sigue ahí, aunque no funciona.
Plan B.
Si yo no puedo dejar de pensar en él, que él también piense en mí.
Levanto los brazos y muevo las caderas. Llevo mi minifalda favorita, con unos tacones altos que dejan a la vista mis largas piernas y un top que se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel.
La melena me cae rubia y ondulada por la espalda, jugueteo con ella mientras sigo bailando sola, disfrutando de la música.
Sé que es de mala educación adularse a uno mismo, aun así, admito que me encanta la facilidad que poseo para divertirme sin compañía. Supongo que es parte de mi carácter extrovertido.
¿Te diviertes de verdad o solo intentas tapar los vacíos a los que temes enfrentarte cuando estás sola en tu habitación?
Esa maldita voz vuelve a mi cabeza y abro la boca, empezando a cantar para sentir la vibración de la música en mi garganta y no pensar en nada. No quiero, me niego. Soy incapaz de enfrentarme a mis demonios.
—¿Qué hace una chica tan solita como tú por aquí? —Un hombre de más o menos la edad de papá se me acerca, en este pub hay mucha gente adulta. Tiene una barba negra y perfilada como su cabello corto y unos ojos que me devoran sin pudor alguno.
No me gusta ni me atrae y tampoco me siento cómoda bajo su mirada, porque me recuerda mucho a Ander. En estos casos, Amy siempre está cerca para quitármelos de encima, pero hoy...
—No está sola. —Kael rodea mi menudo cuerpo con sus brazos, volviendo a apretarme contra él, en un gesto protector o puede que incluso posesivo.
Mi instinto me lleva a abrazarme a él, escondiendo el rostro en su pecho.
—Perdona, tío, no te he visto, está muy linda la muñequita...
Kael da un paso hacia él, conmigo enganchada a su cuerpo como un koala.
—Fuera de mi vista, hijo de puta.
Parece que el hecho de que un hombre cercano a los cuarenta se fije en mí de esa manera, le desquicia.
—¿O qué?
Mierda, no, parece que no quiere irse.
—Kael, déjale, vámonos... —sugiero.
—¿Qué me harás si le pido a tu novia que baile conmigo?
—No es mi novia, joder, es una cría.
—¿Una cría? Una cría no tiene ese culo.
Una cría. El que jugaba conmigo a baloncesto y solo tiene cuatro años más que yo, acaba de decir en voz alta que soy una cría.
¡Me pone de los nervios!
Ya está, acaba de liarse. Kael pierde los nervios y me aparta a un lado con una delicadeza exasperante, para abalanzarse sobre el tío que se me ha insinuado, hecho una auténtica bestia.
Ahora entiendo lo de los osos.
Un par de amigos del hombre que ha intentado llamar mi atención se unen a la pelea, agarran a Kael de los brazos, pero este se los quita de encima como si solo fuesen pelusas sobre una chaqueta vieja.
Antes de que pueda volver a pedirle que por favor nos vayamos, agarra al hombre del cuello y aprieta con tanta fuerza, que temo que le arranque la cabeza.
—Vuelve a mirarle el culo y te juro por mi santa madre que te arranco los ojos, ¿entendido, cabronazo?
Su víctima asiente y el portero de antes se acerca a nosotros para decirnos que, si vamos a seguir buscando pelea, será mejor que nos vayamos.
Kael le dice que es policía y le enseña la placa que lleva debajo de la chaqueta, el tipo palidece y vuelve a su puesto de trabajo sin más. Alarmada por la sangre que le sale de la nariz, saco una toallita húmeda del bolso y se la ofrezco.
—Dios mío, lo siento mucho. Yo... yo... solo quería pasármelo bien, y solo te he creado problemas...
—No ha sido tu culpa, tranquila. —Me quita la toallita de un manotazo y se hace un pequeño tapón en la nariz, mueve la cabeza hacia arriba unos segundos, se lo quita y aspira. Ya está, como si nada—. No es tu responsabilidad que algunos hombres no sepan respetar a una mujer, Elena.
—Cría —le corrijo con la voz aguda de rabia.
—¿Qué?
Dibujando circulitos con el dedo sobre la piel desnuda de su brazo, repito:
—Que dijiste que soy una cría...
Vuelve a mirarme intensamente. Sus ojos me repasan de pies a cabeza y moriría por saber qué es lo que ve cuando me mira así.
—Dejémoslo en mujercita, ¿eh? —Sus labios se curvan en una de esas sonrisas que tanto extrañaba y el corazón me da un brinco en el pecho.
Me acomodo en la barra a su lado, bebo otro trago de cerveza y suspiro.
—¿Ya no bailas más?
Sigue sin tocar su cerveza, fiel a su palabra de no beber cuando conduce.
¿No se cansa de seguir siempre las normas?
—Si me pillan conduciendo ebrio puedo perder mi placa, Elena —explica, adivinando mis pensamientos—. La vida no es un mundo lleno de arcoíris en el que puedes hacer lo que quieras, hay normas.
Tiene razón.
Y darme cuenta de ello hace que me sienta estúpida.
Subo y bajo los hombros, me termino mi cerveza y agarro la suya.
—Kael, ¿puedo pedirte un favor? Como amigos.
—Depende.
—Necesito emborracharme esta noche, ¿me puedo quedar a dormir en tu coche? Si Michael me ve llegar ebria a casa, me matará.
Él frunce el ceño, aprieta los labios y el músculo de su mandíbula se contrae.
—¿Por qué tienes esa necesidad, Elena?
—Porque necesito olvidar que soy una mierda. —Mi mirada se vuelve vidriosa y el rostro de Kael se difumina un poco debido a las lágrimas—. Ayúdame, porfi.
Él piensa, medita sobre mi petición y vuelve a mirarme, quitándome la cerveza de la mano.
—¿Sabes qué? Yo también necesito emborracharme.
Asiento, feliz de que quiera subirse a mi barco de penas, lamentos y desgracias.
—¿Y cómo lo hacemos para que no corras el riesgo de perder tu placa?
—Porque nos vamos a emborrachar en casa.
—¿En casa? ¿Con Michael? ¡¿Has perdido la cabeza?!
—En mi casa.