CAPÍTULO 21
ELENA
Estoy segura de que ese policía cabrón ha venido derrapando, es imposible llegar tan rápido a la puerta del supermercado desde la casa de Michael.
Joder, estoy a punto de vomitar un pulmón por la boca y todavía me faltan unos metros. Sin embargo, él está ahí, apoyado sobre su todoterreno de mierda, con los brazos cruzados y una sonrisa conspiranoica pintada en la cara.
Como me eche otro sermón, juro que arruinaré su noche. No sabe todavía de lo que soy capaz.
—Ho... la... —saludo jadeando, sudando y con una mano en el pecho, y tengo que apoyarme en el tronco de un árbol porque, si no, me caeré al suelo.
Mierda, tengo que hacer más deporte, me siento vieja.
—¿Necesitas que te hagan el boca a boca?
—Mis ojos se abren como si acabase de dispararme con una de esas pistolas que lleva cuando está de servicio.
Le miro y me mira, no sé qué piensa de mí, pero me muerdo el labio al ver cómo le quedan esos vaqueros grisáceos con una cazadora de cuero.
Lleva el pelo algo despuntado y la malicia de sus ojos no desaparece.
No es un chico dulce, aunque sí se le puede llamar bombón—.
¿Llamo a River para que se encargue? Bueno, dudo que sepa ni besar a una mujer.
Niego con la cabeza, recomponiéndome y tirándole mi bolso encima para que lo lleve, de verdad, me pesa todo. Si por mí fuera, hasta me desnudaría.
—Ni idea, todavía no lo he comprobado, más tarde te lo confirmo.
No sé si mis palabras le alivian o le cabrean más porque no dice nada, solo agarra mi bolso, lo deja en la parte trasera de su coche y se sube a mi lado.
Sigo haciéndome la misma pregunta: ¿por qué está aquí conmigo y no con Susan?
¿Ella sabe esto? ¿Se enfadará? ¿Vendrá mañana al súper a montarme un numerito?
Nada más arrancar, inspira profundo, dejando que toquetee su radio, me mira y, antes de que aparte la mano, me agarra de la muñeca y tira hacia él.
—Échame el aliento en la cara.
—¿Qué?
—Que me eches el puto aliento en la cara.
Frunzo el ceño y lo hago.
—¿Te has tomado un mojito? ¿No era que estabas paseando por Payson?
—Oye, deja de meterte en mi vida, no te importa.
—Tú desde luego que no, pero tu padre sí, y no voy a dejar que le des más problemas —ruge, soltándome. El mismo cosquilleo que sentí con River, vuelve a mi estómago, pero mucho más intenso. Seré tonta...—. Aprende a portarte bien, Elena.
—Mira, Kael, si mi madre no ha conseguido educarme en dieciocho años..., tú no lo conseguirás ahora, siento informarte que esa misión es imposible.
Nos incorporamos a la principal y, por lo que veo, pretende salir de Payson. ¿A dónde planea llevarme?
—Enana, no me subestimes, si he podido domar osos, podré domarte a ti.
¿Me acaba de comparar con un animal salvaje?
—¡¿Has visto un oso de verdad?!
Él se ríe y sé lo que piensa. Todo el mundo en Payson los ve. Por suerte, yo todavía no me he encontrado ninguno y espero que pase mucho tiempo sin verlos. O mejor nunca, claro.
—¿Y no te atacan?
—Depende de lo que les haga sentir, no me gustaría tener que matarlos y siempre intento que se vayan por donde han venido, aunque hay algunos que sí son peligrosos.
—¿Has tenido que dispararles alguna vez?
—He disparado para asustarlos porque no me ha quedado remedio, pero nunca les he hecho daño.
—¿Y no te tiembla todo y te haces pis en los pantalones cuando ves lo grandes que son?
Vuelve a reírse.
—No soy una princesita.
—Yo sí, así que espero que jamás me pase.
—Tranquila, tu padre y yo siempre estamos cerca, te salvaremos.
Olvidando a mi padre y dejándole fuera de la ecuación, lo que acaba de decir me agrada bastante. Tanto como para volver a hacer revolotear mariposillas por mi estómago.
Sigo mirándole. Lleva una cadena plateada colgada del cuello, por dentro de la camiseta verde militar que marca su abdomen. Conduce con soltura y casi de forma automática, es un hombre que está acostumbrado a hacer kilómetros.
—¿A dónde vamos? —pregunto, pensando que me da igual si me secuestra.
—¿A dónde te gustaría ir? Estamos saliendo de Payson porque supongo que te aburres.
Supone bien. Buen chico.
Muerdo mi labio pensativa y jugueteo con la pulserita que me cuelga de la muñeca. ¿Sería demasiado si le pido...?
—Quiero ver a una persona —musito con los labios apretados, con miedo a que diga que no, porque montaré un berrinche y volveremos a discutir.
Para algunas cosas sí que soy algo inmadura. Pero creo que seguiré siendo así hasta con sesenta años.
—¿Otro novio?
—Se trata de mi mejor amiga, Amanda —explico—. Quiero ir a bailar con ella y tomarme algo, olvidar que mi madre no me quiere, que casi no conozco a mi padre y que, a mis dieciocho años, estoy más hundida que el Titanic.
Su ceño se frunce y noto mis ojos humedecerse. Nunca he sido tan franca, ni siquiera conmigo misma, no sé por qué acabo de reconocer esto, quizá porque justo me he dado cuenta de lo infeliz que de verdad soy.
De repente, me mira de forma extraña, es una mezcla de compasión y lástima. No quiero que me mire así, aunque sí deseo que se preocupe por mí, que vuelva a ser como antes, cuando se desvivía por hacerme sonreír.
Dalo todo por mí, Kael, hazlo de nuevo, como solo tú sabes. Por favor, te lo suplico.
Su mano derecha va del volante a la palanca de cambios, la deja ahí y sus dedos largos y venosos juguetean con esta, como si en realidad quisiesen tocar otra cosa.
A la mierda. Sigo siendo esa niña que necesita sus cuidados, sigo necesitándole y quizá pueda echarle la culpa al mojito si se enfada. Me agarro a su brazo por encima de la chaqueta y apoyo la mejilla cerca de su hombro.
Ay, qué bien huele.
Espero nerviosa, con el corazón a mil por hora a que me eche como si fuese una alimaña, pero no. Solo se le hincha el pecho, respira hondo y continúa conduciendo.
Su cuerpo es todo músculo, rudeza y protección, es mucho más reconfortante de lo que lo recordaba y, Dios, ahora que vuelvo a estar cerca de él, me va a costar muchísimo más alejarme.
—Todos tenemos mierdas, Elena —comenta—. Aprenderás a llevarlo y las cosas que ahora pesan tanto, en un tiempo, serán una ligera molestia que terminarás olvidando.
—¿Eso significa que me llevas con Amanda? —ronroneo sin separarme de él, froto mi mejilla en su cazadora y le miro poniéndole ojitos. Él tuerce el cuello y esos ojos verdes me dicen muchas cosas que no comprendo.
Vuelve a resoplar y le echo mi aliento con olor a mojito en la boca. Se ríe y sigue conduciendo.
—Iremos a ver a Amanda.
Pego un salto que casi me estampa la cabeza en el techo del coche y saco el móvil a toda prisa para llamar a mi mejor amiga y contarle que voy para Phoenix.
¡No me lo puedo creer!
—¡Te adoro, Kael! —chillo del entusiasmo, plantándole un beso en la mejilla.