Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

ELENA

No sé qué he hecho con la etiquetadora, juro que la tenía en las manos hace un momento.

Doy varias vueltas por el súper, repasando los sitios por los que he estado, para ver si tengo suerte y doy con ella. No quiero que Rose advierta que la he perdido y crea que soy una despistada. Para nada, en serio.

La campanilla de la entrada suena y es quien menos me apetece ver, Susan. Sigue llevando las gafas de sol. En eso me recuerda a Kael. ¿Se las habrán comprado juntos? ¿Agarraditos de la mano?

—¡Elena! ¡Voy a recibir la mercancía que acaban de traer! ¡Te dejo a cargo! —exclama Rose, perdiéndose por el último pasillo.

—¡Descuida!

Voy hacia la caja para atender a esa chica que, cuando era una niña, significaba todo lo que yo deseaba ser de mayor.

Rubia, alta, esbelta, guapa y con un novio como el suyo.

Se quita las gafas, su ojo tiene mucho mejor aspecto y diría que está radiante, parece incluso feliz.

—Elena, bonita, bienvenida a Payson. Disculpa que ayer no te hablase mucho, tuve un problemilla.

El tono de voz que emplea al dirigirse a mí no es el adecuado para hablar con otra mujer, sino el mismo que usaba cuando yo tenía cinco años y ella nueve. Siempre iba haciéndose la adulta y yo era la niña llorona.

¿De qué va?

—Tranquila, solo espero que estés mejor.

Empiezo a pasar su compra por el escáner, sin mucho ánimo de charlar.

—Kael y yo estamos muy contentos de que estés de vuelta —añade, sin que nadie se lo haya preguntado—.

Han pasado cosas entre nosotros, como en todas las parejas, ¿sabes?

—Se ríe y saca su bolsa de lino para guardar la compra en el interior—.

Te aconsejo que no molestes demasiado a Kael en estos días, está un poco...

agobiado. Cuando lo nuestro se arregle, volveremos a llevarte a pescar y a tomar algo, como antiguamente, ¿eh? ¿Te hace ilusión?

Quiero coger la lata de conservas que tengo en la mano y abrirla usando la punta de su nariz para luego echársela por encima.

—No necesito que me llevéis a ningún lado ni que me digas qué tengo que hacer —aseguro, y le lanzo el ticket de mala gana—. Son treinta y seis dólares y veinticinco centavos, ¿tarjeta o efectivo?

Su labio inferior tiembla, vuelve a ponerse las gafas y responde que pagará con efectivo.

Mientras le cobro, no deja de mirarme fijamente, consiguiendo que la piel se me ponga de gallina y el vello de la nuca se me erice.

Un escalofrío recorre mi columna.

No me gusta esta mujer.

—Que tengas un buen día, Elena.

—Adiós, Susan.

En cuanto sale, River entra y ambos comparten una mirada de puro desprecio, como si solo sintiesen asco el uno por el otro.

—¡Modelito! ¿Cómo está la tía más buena de Payson?

—Trabajando para no variar, ¿y tú? ¿Ya has acabado por hoy?

—¿Acabar? Mi día apenas empieza, vengo a invitarte a salir esta noche.

Susan me sigue mirando, vigilando mi conversación con River. Mete la bolsa de la compra en la parte trasera del coche y, por fin, arranca y se va.

—Menuda puta de mierda —escupe, fijándose también en ella—. Le pone los cuernos a mi tío, le provoca para que le pegue y luego lo denuncia. Me mearía en su cara si pudiese.

Trago saliva. Susan no es mi persona favorita, pero que hable así de ella no me gusta.

—Si quieres que salga contigo, tendrás que aprender a hablar bien primero o lavarte la boca con lejía al menos.

Al mirarme, su gesto antipático desaparece, volviéndose todo ojitos brillantes y sonrisas traviesas.

—Por ti me corto hasta la lengua si hace falta, modelito. —Se pilla una lata de refresco con cafeína y un par de dulces, los pone en la caja y me tiende un billete. Cuando voy a cogerlo, tira el billete hacia atrás y él se echa hacia delante, robándome un corto beso en los labios—. Uf, qué rico.

—¡¿Qué diablos acabas de hacer?!

Mierda, estoy rojísima.

—Nada, solo intento pagar lo que quiero comprar.

Repite el gesto y por poco consigue que vuelva a caer, pero soy más rápida y le arrebato el billete de los dedos.

—Oh, venga tía, no me digas que no te ha gustado.

Bueno, este tío está cañón, las cosas como son.

Quizá deba dejarme llevar un poco, y, aunque tenga claro que nunca me enamoraría de River, es posible que me sea de utilidad para dejar de pensar en cierto policía.

Sí, definitivamente.

—Cuando quieras, tenemos una cita y te enseño lo que es un beso de verdad —le pico, y veo cómo se relame los labios, enseñándome el piercing de su lengua.

—Dile a papá que no volverás a casa, esta noche eres mía.

Un calor recorre todo mi cuerpo, bajando por el estómago hasta llegar a mi sexo. Las hormonas son las hormonas y, aunque River no sea lo que de verdad quiero, es lo único que puede salvarme.

Rose regresa de recibir a los proveedores, acariciando su barriga, y el ceño se le frunce un pelín al ver que River me roba tiempo de trabajo. Este pilla la indirecta, despidiéndose con un guiño de ojo.

—Ten muchísimo cuidado con ese chico, no es trigo limpio.

Vaya, creo que es la quinta persona que me advierte sobre él.

—No te preocupes, solo intento socializar un poco, ya sabes, soy nueva y no tengo amigos...

—Le quito hierro al asunto, no me apetece que todo el mundo empiece a creer que de verdad pretendo obtener algo de River salvo utilizarle para distraerme un poco.

Vamos, lo mismo que quiere él conmigo, que no soy tonta.

En cuanto River sube a su coche y se va, dos coches más llegan, siendo uno de ellos el de la persona que menos quiero ver ahora. ¿O sí? No lo sé.

Si me estoy acercando un poco más al tío más problemático de Payson es precisamente para dejar de babear por él.

¿Qué les ha dado a mis hormonas por este hombre? De verdad, ¿eh?

—Creo que vi unas cajas de galletas desordenadas al fondo, iré a revisar y de paso organizaré las fechas de caducidad —miento. Ya lo hice ayer.

Rose aprueba y se queda en la caja, la puerta corredera se abre y comienza una charla matutina con el señor Hall.

—¿Cómo estás, Kael? He visto a...

—Sí.

Vaya, ahora todo el mundo parece que solamente habla de Susan.

Ruedo los ojos escondiéndome tras la enorme repisa, con una caja de Cheerios en la mano. Finjo que busco la fecha.

—¿Y estás bien? Lo ha dejado con...

—Ya. Sí, estoy bien.

—Me alegro muchísimo, cualquier cosa que necesites...

—Claro.

Kael luce como siempre. Igual de antipático y poco hablador. Deja a Rose con ganas de saber más sobre «la relación del momento» y se pierde por los pasillos, yendo como siempre a por ese almuerzo rápido que nunca cambia.

Subo un pelín el volumen del airpod derecho que llevo puesto. Doy gracias a que Rose me deja trabajar con al menos uno para escuchar algo de música. Mi vida es pura amargura en silencio, necesito ritmo.

Distraída, empiezo a cantar, pasando el plumero por un lado y por otro, limpiando sobre limpio.

Una sombra enorme eclipsa mi pequeño cuerpo tras mi espalda, y por la forma en la que se me eriza el vello de la nuca, sé que es él.

—Deberías dedicarte a eso, lo haces bien.

—¿A limpiar el polvo, te refieres? —Giro sobre mis zapatillas, estampándome con ese aroma a hombre atractivo y esos ojazos verde bosque.

Suspiro y me apoyo sobre la estantería para recuperar un poco del espíritu que acaba de abandonar mi cuerpo porque casi muero ante semejante macho.

—A cantar, lo haces bien.

Oh, bueno, solo soy una aficionada.

—Gracias.

Las advertencias de Susan siguen instauradas en mi cerebro, como un microchip prohibido que se encarga de destrozar todos los recuerdos buenos que tenemos juntos, él nota cierta reticencia en mí y eso parece despertar su curiosidad.

—¿Con tu novio delincuente todo bien?

¿Novio delincuente?

Se cruza de brazos y abro la boca, sin saber qué decir hasta que por fin caigo en la cuenta.

—River no es mi novio, solo... — No le des explicaciones, no le importa —. Bueno, lo que sea.

Kael da un paso hacia mí, me mira de arriba abajo, como si estuviese preguntándose algo y encontrando las respuestas en ciertas partes de mi cuerpo.

—Pórtate bien, enana —es todo lo que dice antes de darse la vuelta e irse.