CAPÍTULO 18
KAEL
Mi boca se estrella contra la suya y nos besamos como si estuviésemos poseídos, como cuando éramos dos adolescentes y nada nos impedía estar juntos.
Éramos todo hormonas fluyendo y unas ganas terribles de descubrir todos los placeres del sexo.
Susan y yo tuvimos muchas primeras veces, algunas salieron bien y otras fueron un desastre, pero tenemos demasiados momentos buenos juntos y eso no se olvida tan fácil.
—Dios, cuánto te he extrañado —gime en mis labios, dejando que la coja de los muslos y la alce para abrazarse a mis caderas con sus piernas. Como siempre le ha gustado.
—Pues no haberte ido —replico, arrancándole la goma del pelo a la vez que se deshace de su jersey.
Sigue oliendo igual, sigue teniendo el mismo sabor, el mismo tacto. Sigue siendo la misma mujer.
He tenido que encerrar a Penny un rato en la sala donde tengo las máquinas de gimnasio para fortalecerme ya que se ha vuelto loca en cuanto Susan ha llegado y no nos dejaba en paz. Pobrecita, prometo sacarla en cuanto acabe.
—No pensemos en eso ahora, lo importante es que estoy aquí, contigo.
Su lengua entra en busca de la mía, le tiro del pelo como gesto instintivo, siempre he sido dominante, pero sin sobrepasar las líneas. Ella gime en respuesta y sé que le sigue gustando.
Voy con su cuerpo sobre el mío hacia la habitación, sin molestarme en encender la luz o cerrar la puerta. Susan se quita el sostén, sus grandes pechos caen por su peso natural y, cuando nos tumbamos en la cama, su mano va directa a mi paquete.
—Kael...
Frunzo los labios y sigo besándola.
Quiero decirle a mi cabeza que olvide lo que sucedió, que no guarde rencor, al menos por un rato, para que me deje tenerla una última vez.
Me lo merezco. Me lo debo.
Y, en cambio, no es posible. No va bien. No funciono. Al menos, no con ella.
Lo intento todo, Susan le pone ganas también, pero nada. La erección no llega.
Frustrado, me dejo caer a un lado en la cama y enciendo un cigarro, ella se sienta a la orilla y empieza a llorar.
Cierro los ojos y respiro profundo. Después de todo lo que he pasado, esta mierda es lo que menos necesito.
—¿Por qué diablos lloras?
—Ya no te gusto.
¿Y qué pretendía? ¿Que la esperase para siempre?
Aunque quizá el problema no sea ella sino yo, a lo mejor, me he roto tanto que ya no sirvo ni como hombre.
Su ojo morado me mira cabizbajo, la culpabilidad me asola, y entonces me recuerdo que no tengo por qué sentirme así. Yo no la he golpeado; de hecho, el tío que le hizo eso está entre rejas, esperando el juicio. Hice mi trabajo, y punto.
—Será mejor que vuelvas a casa —aseguro, levantándome de la cama y caminando sin camiseta por la habitación, enciendo la luz y suelto a Penny.
Esta va corriendo a saludar a Susan, sin embargo, sigue sumergida en su porquería y ni le hace caso.
—Ven aquí, nena. —Le muestro la pelotita a mi pobre perra. No merece que la ignoren de esa forma.
—No quiero ir a esa casa, tengo demasiados recuerdos con él.
—Y yo no quiero tenerte aquí —respondo con autoridad.
Antes le dije que podía pasarse por aquí porque no quería dejarla pasando un mal rato en la comisaría y porque sabía que Penny se pondría feliz de verla. Pero eso no significa que todo vaya a ser como antes.
La cortesía ha llegado a su fin.
El Kael manejable e imbécil se acabó.
—¿Me estás echando? Sabes que no tengo a donde ir...
—Por Dios, Susan, tienes a tus padres a veinte minutos en coche desde aquí, ve con ellos, pídeles ayuda.
El tono de mi voz suena demasiado grave, ella hace un mohín y rompe a llorar otra vez.
—Deja de comportarte como una cría, eres más infantil que Elena.
Que nombre a la hija de Michael le corta el llanto, sus ojos se entrecierran y las cejas se le juntan hasta formar una sola línea.
—La vi hoy, en el súper.
—Sí, trabaja ahí —afirmo sin darle más importancia. Cojo una sudadera vieja y me la pongo por encima para cubrirme el cuerpo.
—Ha crecido mucho, está muy guapa.
—Siempre ha sido preciosa, esa niña podría ser modelo si quisiera —aseguro sin ninguna mala intención, ya siendo pequeña poseía una belleza poco común y llamativa como la que más.
Michael se sentía superorgulloso y siempre bromeaba con mi abuelo sobre que tendrían que apartarle los novios con un lanzallamas cuando fuese adulta.
Ella me gustaba, sin embargo, después Michael se convirtió en alguien demasiado importante para mí, y pasó lo que pasó. Y luego llegó Susan.
—Así que es eso.
¿«Es eso» el qué?
—Te gusta — añade.
Mis ojos se abren como si acabase de recibir un disparo en el pecho sin chaleco antibalas. Que insinúe que yo podría mirar de esa forma a Elena hace que quiera lanzarla por la ventana más cercana.
Ella sabe todo lo que ha sucedido.
—¿Te crees que soy un cerdo como esos hombres con los que te acuestas?
—Kael... —advierte—. Cualquier tío se sentiría atraído por ella. Si yo siendo mujer puedo ver su atractivo, tú, siendo hombre, lo ves mucho más.
—¡ES LA HIJA DE MICHAEL! —rujo, dispuesto a lo que sea por callarle la maldita boca. En serio, me está sacando de quicio—. Me da igual si es atractiva, si está buena o si quiere ser Miss Arizona, nunca me fijaría en ella solamente por el apellido que tiene, joder.
—Ah, claro, el apellido. —Se ríe de forma cínica, poniéndose de pie y viniendo hacia mí—. Así que reconoces que si no fuese la hija de Michael te la tirarías, ¿eh?
No respondo.
—¿Eh? —insiste, y hunde su dedo en el centro de mi pecho. Ya me tiene harto.
—Esta conversación no tiene sentido, Susan, joder.
—¿Te la tirarías?
¿Lo haría?
La respuesta me sale casi automática, pero ella se lo ha buscado.
—Sí.
Su mano se clava en mi mejilla, soltándome un bofetón como los que no me daba hace años. Siempre fue una celosa compulsiva y siempre le tuvo una gran antipatía a Elena, a pesar de que nunca le he fallado. No obstante, el ladrón piensa que todos son de su condición.
—Te odio, Kael.
—Ya estás tardando en irte de mi casa, Susan.
Ella recoge su maleta, atropella a Penny al salir y corro a ayudar a mi perra por si le ha lastimado una patita o algo. Esta mujer es una bruta, y no tiene modales cuando se pone histérica.
—¡La perra no tiene culpa de tus celos, Susan! —le espeto, y aún se oye el portazo que ha hecho retumbar todas las paredes de mi casa.
Mierda.
Penny gime de lástima porque, otra vez, se ha vuelto a ir.
Para mí, es todo un consuelo.
—Tranquila, nena. —Me siento en el suelo con ella, dejo que me lama las manos y la cara y le doy varias palmadas en el lomo—. No la necesitamos. Ya no es importante para nosotros.