CAPÍTULO 14
ELENA
¡Que vivan los lunes!
Voy con la música a tope en los airpods , dispuesta a triunfar en el súper. Esas estanterías van a brillar más que nunca, y hoy venderemos muchísimo porque ¿quién no quiere venir a comprar para ser atendido por una chica tan simpática como yo?
El mismo Clio del otro día se detiene a mi lado, y el mismo olor a marihuana golpea mi naricilla puntiaguda.
La muevo de un lado a otro, sintiendo ganas de estornudar.
—Buenos días, modelito, ¿dónde vas?
River me mira con esa sonrisa de diablillo travieso y la verdad es que creo que cualquier chica de mi edad se desmayaría con él. Lástima que yo necesite algo más. Como ese rostro serio bajo unas gafas de sol y una gorra hacia atrás con una cicatriz rompiendo la armonía de una de sus cejas.
Solo recordar a Kael otra vez, me estremezco. Creo que terminó bastante enfadado conmigo, así que dudo que volvamos a hacer algo juntos.
Las ganas de tener un buen día se van por el retrete y mis hombros caen con pesimismo.
—A trabajar, ¿y tú?
—Lo mismo, trabajo en la fábrica de ladrillos que está a las afueras, ¿te acerco?
¿Por qué no?
Me apresuro a subir, ya que empieza a formarse un poco de cola y algunos autos pitan detrás de nosotros. River se inclina para darme un beso en la mejilla a modo de saludo, huele a perfume caro de imitación, es un olor rico, pero no es como el de Kael.
Kael huele a suavizante y gel de baño deportivo.
Deja de compararlo todo con Kael.
Le importas un pepino a Kael.
¡¡Me da igual!!
—¿Estás bien? —River pone algo de música en la radio y canturrea, con bastante ánimo, da una calada al porro y me lo ofrece—. ¿Quieres?
Niego con la cabeza sin borrar mi sonrisa.
—¿Vas drogado al curro?
—Es la única forma de soportar a mi jefe, odio que me den órdenes.
—Mi jefa es muy amable, está embarazada y...
—Conozco a Rose de sobra, no olvides que en Payson no existen los secretos y todos lo sabemos todo sobre todos.
Me hace reír, la verdad es que me cae bastante bien. No quiero juzgarle todavía por su imagen, quizá no sea tan malo como aparenta.
—Me lo apunto, gracias por el dato.
—Oye, ¿por qué te fuiste tan pronto de la fiesta? ¿Hice algo malo?
Se lleva el porro a la boca de nuevo, va conduciendo más despacio de lo normal y sé lo que pretende, hacer tiempo para hablar conmigo.
—Nop, pero mi padre está en modo protector y no puedo estar mucho tiempo por ahí sola; ya sabes, no tengo amigos, soy nueva...
—Ah, ya —asiente, me fijo en que tiene los nudillos tatuados—. Y... ¿crees que tu padre te dejaría salir conmigo?
Las cejas se me alzan hasta el nacimiento del pelo.
—¡Alto ahí, semental!
—¡No, joder! Quería decir que, si te dejaría salir a comer, tomar algo, dar una vuelta... Eres de Phoenix, ¿no? Podría llevarte un día, supongo que extrañas a tus amigas.
Oye, no suena nada mal.
Le miro y le remiro y no veo el modo en que a Michael le parezca un buen chico.
—No lo sé, ya veremos. —Me tomo el atrevimiento de retocarme los labios mirándome en el espejito de su coche—. Gracias por traerme al curro, River.
—De nada, modelito, espero volver a verte pronto —se despide guiñándome uno de sus ojos grisáceos, y cuando bajo, justo me encuentro de frente con un Kael nada contento.
Mierda.
River pega un acelerón, hace chirriar las ruedas y mira desafiante al policía que se acaba de crujir los dedos.
Lleva en la mano su sándwich de cangrejo con su agua natural de siempre.
Agacho la cabeza, me coloco bien la gorra y camino haciendo como que no le he visto.
El corazón me golpetea en el centro del pecho con una fuerza trepidante. Ay, ¿qué son estos nervios?
Kael se quita las gafas de sol y se cruza en mi camino, impidiéndome entrar al supermercado. Su dedo va directo a mi mentón para levantarme la cara y obligarme a mirarle a los ojos.
Juro que todo mi sistema hormonal colapsa en el momento en que ese hombre toca mi piel.
La oscuridad de ese verde bosque que tiene en la mirada me traga como un agujero negro. Descubro unas ojeras muy marcadas bajo ellos, como si hubiese pasado una noche de mierda. Supongo que es por Susan.
—Cuidado con ese tío. —Su voz suena gruesa, en modo de advertencia.
—Kael, ya me lo has dicho, no estoy sorda.
Él da un paso hacia mí y no soy capaz de respirar de forma acompasada. Dios mío, me va a dar algo.
—Te voy a ser muy sincero, Elena, solo necesito un motivo para dispararle a ese gilipollas —susurra junto a mi oído, haciendo que toda la piel se me ponga de gallina—. Y propasarse con la hija de mi jefe me parece un motivo más que válido. Tú misma.
«La hija de mi jefe».
¿Eso es todo lo que soy para él?
Sin añadir nada más, se pone recto, volviendo a sacarme una cabeza y media, y sigue caminando hacia su coche de policía.
Madre del amor hermoso, ¿será posible esto? Menudo chulo, engreído y gilipollas.
Me giro y veo que sigue mirándome a través de esas gafas oscuras, luego da un volantazo y se va.
No sé qué tipo de problema tiene con River y sus amigos, pero, definitivamente, me importa muy poco.
Saco un chicle de mi mochila y me lo llevo a la boca, luego le doy los buenos días a Rose que me encarga quedarme en la caja.
Esto me hace feliz. Con lo sociable que soy, nada me gusta más que atender a los clientes.
Cuando llevo unas horas de trabajo que se me han pasado volando, Rose se acerca a mí, colgada del brazo de su marido.
—Este es Ralf. Ralf, esta es Elena, la hija de Michael.
—Encantado, Elena.
Ralf inclina la cabeza como saludo y yo hago lo mismo.
—Te dejamos sola un ratito, vamos a ir a almorzar algo.
La mujer de cabello rubio y rizado, largo hasta la mitad de la espalda y ojos grandes y almendrados, apoya su mejilla en el hombro del padre de su bebé, la pequeña Sara. Su marido es un hombre bajito, corpulento y de apariencia simpática.
Forman una preciosa familia.
—¡Me encargaré de todo! ¡Disfrutad del día!
Estoy pletórica de que mi trabajo dé sus frutos y tengan la confianza suficiente para dejarme un ratito a solas en el súper y así que ellos disfruten un poco juntos, que también se lo merecen.
Aprovecho el momento en que no tengo clientes para limpiar las estanterías cercanas a la caja. Por mucho que esto sea un pueblo pequeño, no me fío un pelo de que no me roben.
La campanita suena detrás de mi espalda mientras relleno la nevera de las bebidas.
—¡Modelito! —Pienso en River al escuchar esa palabra, pero me incorporo y, no, es Dave—. ¿Cómo va la jornada?
—Bien, ¿y tú?
Vuelvo a la caja, bebo un sorbo de mi botella de agua e intento dar lo mejor de mí. Tengo que venderle muchas cosas a cada cliente que entre, así Rose estará contenta conmigo.
—Algo aburrido, he visto que Rose ha salido con su marido y he venido para charlar un poco.
Um, eso no me gusta.
—No me pagan por charlar, Dave.
El rubiales se frustra y frunce el ceño.
—Venga, sal fuera y fúmate un cigarro conmigo.
Niego con la cabeza y cojo un trapo para empezar a sacar brillo a las estanterías. Si me ve ocupada, se aburrirá y se irá.
—Lo siento, no fumo.
A ver, a veces, cuando estoy muy muy muy nerviosa, es posible que caiga algún cigarro, pero no me considero fumadora habitual.
—¿Por qué te fuiste anoche tan pronto de la fiesta?
Resoplo, son todos iguales, repetitivos hasta la saciedad.
—Tu amigo me preguntó lo mismo antes, ¿por qué no le dices que te lo cuente?
Subo el volumen de la radio un poquito, para que capte de una vez la indirecta.
Él se queda ahí, dando vueltas de un lado para otro. Mira las bebidas, los chocolates y las golosinas. Quiere sacarme un tema de conversación a cualquier precio y yo tengo ganas de que alguien llegue y me dé trabajo para que se largue.
Una cosa es divertirme en una fiesta o sociabilizar en mis ratos libres, pero el trabajo es el trabajo. Me tomo muy en serio la confianza que las personas depositan en mí.
La campanita se oye de nuevo y es una mujer que no he visto antes. Se nota que ha sido rubia de niña y que ahora su melena se ha oscurecido de forma natural, tomando un tono más castaño. Lleva gafas de sol, como Kael.
Sus rasgos me resultan familiares, aunque no logro adivinar de quién se trata.
Tras echar una mirada incómoda a Dave, el cual lo capta y se larga, se acerca a mí, de una forma inquietante y extraña, como si quisiese contarme un secreto.
—¿Tienes alguna crema para moratones?
—¿Eso no debería comprarlo en una farmacia?
Ella frunce los labios, creo que no quiere que la vean allí y por eso ha venido aquí.
«En Payson no existen los secretos y todos lo sabemos todo sobre todos».
—Bueno, deja que mire, un segundo —le pido, y asiente con las gafas todavía puestas.
Voy hacia los artículos de parafarmacia, donde están los preservativos, las toallitas femeninas y demás. Por suerte, sí que encuentro una crema que puede ayudarle.
—¡Aquí está! ¡Hoy es tu día de suerte! ¿Necesitas algo más?
¿Un poco de agua fría? Hace bastante calor para ser otoño.
También tengo en oferta estos caramelos que están muy buenos, yo me comí uno y mi humor mejoró un veinte por ciento, lo que significa que, si te comes cinco, mejorará un cien por cien.
Puedo hacerte una oferta por los cinco, ¿sí? Venga, ahora mismo te los pongo.
—No quiero caramelos, gracias. —Sonríe y me da un billete para que me cobre solamente la crema.
Vaya, tenía que intentarlo.
Le entrego el cambio, pero no se va, se queda mirándome, analizándome, así que carraspeo, ya no sé si debo ofrecerle algo más o ponerme a limpiar.
¿Qué le pasa?
—Tú eres... eres... ¿Elena?
Se retira las gafas y el alma se me sobrecoge de manera angustiosa al verle un ojo completamente morado. ¿Morado? Bueno, está casi negro. Inflamado a más no poder.
—Dios mío... —Me llevo las manos a la boca sin poder evitarlo y ella se tapa los ojos rápidamente.
Sé quién es, acabo de reconocerla.
Susan.
La ex de Kael.
—Disculpa, tengo que irme —dice, luego agacha la mirada, guarda el cambio en su cartera y se va.
Mierda, ¿qué significa esto?
En cuanto sale por la puerta, Dave vuelve a entrar. En serio, qué pesado.
—Sé que quieres perderme de vista, pero solo me iré cuando accedas a darme un beso.
—Prefiero cortarme la lengua, gracias —respondo groseramente, volviendo a concentrarme en las estanterías. Y ahora sí se larga, por fin.
Maldita sea, Susan, ¿quién te ha hecho eso?