Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

ELENA

Saber que mi padre tiene que medicarse, me entristece. Me gustaría haber hecho más cosas por él, pero tampoco es que... A ver, era una niña, y mamá nunca me dijo que él seguía llamando para saber de mí.

Dejo recaer mi espalda sobre el sillón del todoterreno de Kael. Un coche bastante atractivo, de color negro. Su pregunta sigue suspendida en el aire, y es que no quiero confesarle lo que hice anoche porque, primero, no es que hiciera nada malo y, segundo, yo no le pregunto por su vida privada.

En su mente, soy una cría, pero en la mía somos dos personas adultas con derecho a tener nuestra intimidad.

Al fin y al cabo, no nos llevamos más de cuatro años de diferencia.

Pisa el acelerador un poco más, siento el motor rugir con ganas. Es una buena máquina.

De pequeño, le apasionaban los coches, y no me extrañaría nada que haya ahorrado desde su primer sueldo para conseguirlo.

Intento pensar en River. Parecía un buen chico, me gustaría seguir conociéndole.

—Solo espero que no estuvieses en la fiesta de esos imbéciles —añade tras un largo silencio—. Son de lo peor.

—Ellos piensan lo mismo de ti —refunfuño, porque, de verdad, es más pesado que mi padre.

—Hacen bien.

Abro la boca y no me salen las palabras, no esperaba que les diese la razón.

Sigo observando en silencio a Kael. Disfruto de cómo conduce, con esa gorra hacia atrás y algunos mechones oscuros que camuflan su piel tostada por el sol. Y la cicatriz en su ceja me deja la boca seca. Quisiera saber cómo o quién se la hizo.

Luego recuerdo que hacía dominadas, planchas y bastante deporte en general al aire libre. Seguro que lo sigue haciendo. Debe de ser un espectáculo ver ese cuerpazo en acción.

Trago saliva, no tengo remedio.

Mis ojos bajan lentamente por su pecho marcándose en la camiseta negra que lleva puesta, y ese abdomen tan fuerte, prieto y seguramente terso.

El paquete que esconde bajo los vaqueros es muy significativo, y, sin poder evitarlo, me pregunto qué se debe sentir al acostarse con él.

Seguro que no es para nada como follar con chicos de mi edad, que te agarran una teta y, tras un par de penetraciones, ya se han corrido.

Todavía no he conocido a ningún tipo que sepa qué hacer con mi clítoris. Es muy triste, en serio.

¿Sabrá River lo que es un clítoris? Algo me dice que no.

Las manos grandes, marcadas de venas y fuertes de Kael acarician el volante y, por unos instantes, las imagino en mis caderas, la boca se me seca de nuevo al pensar que recorrería mi culo con esos dedos largos, que subirían a mis tetas y que las estrujarían con deseo.

Dios, es demasiado atractivo, y me jode que lo sea.

En cuanto llegamos al parque de atracciones, me bajo para que me dé un poquito el aire y así bajarles los humos a mis alocadas hormonas, porque ya podrían controlarse un poco más, madre mía.

Estamos en Castles N’Coasters , la gente se apelotona en la entrada y eso me hace pensar que va a estar petado, pero, no, el problema al final es que solo hay una taquilla abierta.

Me adelanto para pagar las entradas, no obstante, al llegar mi turno, Kael pone su manaza sobre mi cabeza y me mueve a un lado como si fuese una marioneta.

—Regla número uno —dice con un palillo en la boca, guardando el cambio en la cartera y entregándome un par de billetes—. Conmigo no pagas nada, nunca.

Si eso quiere, no discutiré, cojo los billetes y los guardo en mi bolso de mano.

—No sé si eres un caballero o si te sigues negando a la idea de que he crecido y puedo ganar mi propio dinero —murmuro en voz alta para que me escuche, porque si no tengo la última palabra, de verdad que no soy yo.

—Diviértete y cierra el pico —grazna, y lo único que le falta es pegarme un azotito en el culo en plan: «venga, yegua, trota un rato por el campo».

Por desgracia para mí, el azote no llega.

Me paso el día poniéndole a prueba e intentando sacarle de quicio.

Elijo las atracciones más espeluznantes, con la intención de saber si tiene algún tipo de miedo.

Se sube a todas sin rechistar, solo gruñe un poco en las que son acuáticas cuando le salpica el agua.

Vamos de un lado para otro. Esperamos colas infinitas, y repetimos en sitios en los que ya nos hemos subido.

Sinceramente, ya estoy cansada de intentar enfadarle, creo que estoy más enfadada yo que él.

¿Y por qué le quiero hacer rabiar? No lo sé, quizá porque necesito llamar su atención y es el único medio que tengo.

Me limpio la humedad de la frente, la última atracción casi me ha dejado chorreando, tengo el pelo un poco mojado. Él se quita la cazadora que lleva sobre una camiseta básica y me la coloca por los hombros, me sonrojo por no esperar ese detalle.

Sigue con la gorra hacia atrás, las gafas de sol y, encima, mostrando unos increíbles brazos superfuertes al aire libre. Tengo que pasarme la yema del dedo por la comisura de los labios para limpiarme la baba que se me cae.

Aunque me molestan esas gafas oscuras, porque lo más bonito de Kael son sus ojos.

—¿Comemos algo? —sugiere, caminando hacia la zona en la que se encuentran todos los restaurantes. Hay bastante variedad donde elegir: tacos, carne a la brasa, hamburguesa, pizza...

— Sip , me suenan las tripas, ¿qué te apetece?

—Cualquier cosa —responde, y me rechinan los dientes ante su indiferencia.

Me joroba muchísimo que tenga esas murallas y no se abra conmigo. Siento que soy una cría a la que intenta contentar, en vez de una amiga.

—Oye, quiero que tengas claro que esto es una quedada de amigos, ¿vale? Quiero decir, también puedes opinar, proponer algo y ese tipo de cosas.

Kael se detiene en una hamburguesería, me hace un gesto con la cabeza para que entremos y, aunque no es lo que esperaba, lo doy por un avance.

En fin.

Algo es algo.

Miramos las pantallas, uno al lado del otro. Unas chicas en la mesa más cercana, de la edad de Amy, o un poco mayores incluso, repasan a Kael como si se lo quisiesen comer. No debería, pero esto me hace sentir incómoda y, en un intento ridículo de marcar territorio, doy un pasito hacia él.

Para mi desgracia, él lo da hacia el lado opuesto de donde yo estoy, asegurándose de mantener las distancias.

—La hamburguesa búfalo me gusta, ¿tú que quieres? —Su voz suena a estar peleando en su interior contra algo y no tener las de ganar.

Vuelvo a mirar a las chicas. Tienen unos pechos grandes, caras preciosas y se ven... se ven adultas. No como yo, que ahora mismo me siento enclenque y ridícula.

Maldigo y resoplo.

—Un menú infantil —digo sin más, yéndome a buscar una mesa, para que puedan apreciar su belleza masculina sin que yo les estorbe.

Él me mira con el ceño fruncido, esperando que elija otra opción, ante mi negativa a hacerle caso y viendo que me siento al fondo y saco el teléfono, decide pedir lo que sea.

Una de las chicas se levanta y viene hacia mí.

¿Qué? ¿Por qué?

—Disculpa, es que tu hermano está muy cañón.

—¿Mi hermano?

Es pelirroja, con un escote de vértigo, piel blanca y ojos oscuros. Sus labios se ven como unas fresas frescas recién cogidas del campo y una imagen de ella gimiendo debajo de Kael me obliga a sacudir la cabeza.

—Sí, es tu hermano, ¿no?

Lo han dado por hecho, y si lo han hecho es porque me veo demasiado niña a su lado.

No es que yo no aparente mis dieciocho, es que él está demasiado fuerte y esas gafas le hacen parecer más adulto de lo que realmente es.

SON CUATRO MALDITOS AÑOS DE DIFERENCIA.

Esto hace que me moleste todavía más.

—Es mi novio —miento, y no sé por qué lo he hecho. Supongo que para darle una lección y enseñarle que no se puede ir juzgando a la ligera.

¿Qué le importa a esta tía lo que Kael y yo seamos?

Su cara cambia rápidamente.

—Ay, lo siento, es que... es que...

—Dilo, no pasa nada, ¿parezco demasiado joven? ¿Es eso?

Mis mejillas se encienden de la rabia, sabiendo que muchas veces me echan menos edad por tener un pecho muy pequeño. Casi no tengo tetas, algo que mi ex me ha recordado cada día de mi vida como si yo no tuviese espejos en mi casa.

—No, no es eso, pero no ibais agarrados de la mano ni nada, y cuando te has acercado, él se ha alejado como... como suelen hacer los hermanos.

Entrecierro los ojos y la fulmino, sí que se ha fijado, sí.

—Bueno, ahora que ya lo sabes, vete de regreso con tus amigas y deja de estropear mi cita —escupo, sin nada de vergüenza.

Ella se levanta, con un toque de recelo en la mirada y se sacude la melena al pasar junto a Kael.

—¿Qué quería esa chica?

Coloca la bandeja sobre la mesa y descubro que me ha pedido un menú igual que el suyo en vez del infantil. Una parte de mí se pone contenta.

—Acostarse contigo. —Soy del todo franca, y contengo la rabia dándole un sorbo a mi bebida—. Le he dicho que somos novios.

—¡¿Qué?!

Su cara se descuadra y que reaccione así solo consigue que mi fuero interno arda más y más.

—No es lo suficientemente buena para ti.

—¿Y quién eres tú para decidir eso?

—La misma persona que eres tú para decirme que no puedo juntarme con River.

Le hago la peineta, sin dejar de beber, él me agarra el dedo y me lo retuerce.

¡Ah, joder! ¡Qué daño!

—Me importa tres cojones esa tía, ¿vale? Pero no vayas por ahí diciendo que somos novios.

¡Auch! ¡Duele!

—¿Por? Soy la mujer más guapa con la que podrás presumir por ahí, deberías aprovechar.

—¿Mujer? —Me observa de arriba abajo, chista con la lengua y se pone a comer.

Vale, ahora sí que me ha cabreado. Muchísimo.

Me levanto de la mesa y cojo mi hamburguesa, dejándole solo. Al pasar junto a la pelirroja de antes, me detengo unos instantes y digo:

—Ya está soltero, todo tuyo.

Pero Kael se levanta, con su comida en la mano, y me persigue hasta el coche mientras me grita que deje de ser una inmadura y que me comporte como una adolescente buena y obediente.

Pero ¿qué se cree este tío? ¿Mi niñero?

Mientras tanto, yo solo quiero gritarle que se es adolescente cuando se tienen entre catorce y diecisiete años, yo ya tengo los dieciocho, así que me considero una persona adulta. Por algo soy mayor de edad, ¿no?

Imbécil.