CAPÍTULO 11
KAEL
—Te lo pido por favor. —Michael me mira con ojos
cansados, hoy es mi día de descanso, pero me ha pedido que venga a la comisaria, y aquí estoy.
—Creo que exageras un poco —insisto.
—No, ayer se fue sola a tomar un batido y hoy es su día libre, se aburrirá ahí encerrada y no quiero que vaya por Payson sola como si fuese Juana la Loca.
—Poco a poco hará amigos, dale tiempo, acaba de instalarse.
—Kael, no quiero perderla.
Mierda.
Respiro profundo, me cuesta demasiado negarme a los favores que me pide Michael, pero es que siento que está exagerando.
—Yo la veo bastante a gusto en Payson, y ya tiene trabajo...
Él jadea de frustración, comiéndose otra magdalena. Ansiedad.
Esto no es bueno para su salud y le está superando, tiene unas ojeras enormes, parecidas a las del pasado, cuando perdió a su mujer y a su hija. Por mi culpa.
Joder.
—Está bien, pasaré el día con ella, ¿está en casa?
Asiente y lanza la magdalena a un lado, ya no le apetece.
—Te daré dinero para que vayáis a comer por ahí, no sabes cuánto...
—No tienes que darme nada, a fin de cuentas, yo también estoy bastante solo. —Es la realidad, desde que Susan se fue, me he cerrado en banda.
Nuestras amistades se quedaron con ella y se deshicieron de mí. Todos creyeron su versión y yo no me molesté en contradecirla.
Un hombre nunca mancha la imagen de la mujer que quiso.
Prefiero seguir siendo el villano del cuento, total, para mí ya todo ha terminado.
—Elena es muy alegre, da mucha conversación y no te aburres ni un solo segundo con ella, te hará bien. —Mi compañero lanza palabras como una metralleta, intentando convencerme.
Qué remedio.
—Que sí, que sí, iré a recogerla —aseguro, y él se da un golpe en el pecho en señal de «gracias, tío».
En fin, es lo que toca.
Me debato sobre si debo coger la moto o el coche, no quiero tenerla pegada a mí como una lapa, así que mejor el coche.
Tampoco quiero ir a la cabaña, no estoy preparado para enfrentarme a esos recuerdos así que...
¿El parque de atracciones?
Mierda, la última vez que estuve allí también fue con...
Da igual, tengo que pasar página.
Conduzco en piloto automático, con las gafas de sol puestas. Suelo llevarlas incluso en días nublados para ocultar que fumo de más y duermo de menos.
En los escasos días en que tengo mejor cara, me las quito, para que la gente de Payson no empiece a especular sobre que soy un muerto viviente.
Solo espero que Michael la haya avisado y ya esté lista porque llevo bastante mal lo de esperar.
Y sí, vaya que si la ha avisado... La veo desde lejos junto al buzón de su casa, sacudiendo el brazo de forma energética. ¿Nunca se le acaban las pilas o qué?
Piso el freno y detengo el vehículo junto a ella, que abre la puerta y se sienta, inundándolo todo de ese olor a vainilla.
Lleva un pantalón negro con unas botas y una blusa grisácea. No viste como una adolescente, sino como toda una mujercita. Reconozco que eso me gusta.
Su melena rubia luce suelta y brillante, y le cae en dulces ondas sobre la espalda y los hombros. Esas pestañas continúan igual de afiladas y sus labios me sonríen como si fuésemos los mejores amigos del mundo.
—He pensado en ir al parque de atracciones —informo antes de ponerme en marcha, por si no le parece bien. Lo que menos quiero es aguantar berrinches.
—Por mí, genial, tú conduces así que me dejo llevar.
La miro de soslayo y veo que está impaciente, casi no se mantiene quieta sobre el asiento y eso me pone de los nervios, así que se me ocurre una idea.
—¿Quieres conducir tú?
Sus ojos brillan como dos luceros y asiente rápidamente, conteniendo las ganas de ponerse a dar saltitos y grititos.
Al menos, si está pendiente de la carretera, me dejará tranquilo.
Pero... tampoco me fío demasiado de esta loca.
—Mejor no —digo, echo el seguro y piso el acelerador.
—¡Serás cabrón!
¡Eh! ¿Eso ha sido una palabrota?
—Esa boca, enana.
—¿Enana?
—Sí, no me llegas ni a los... —vuelvo a mirarla— hombros.
—¿Perdona? Tengo la estatura perfecta para ser considerada una chica supersexi.
—Muy bien, enana.
Se enfurruña, cruzándose de brazos y poniendo morritos. Sus labios no son ni finos ni carnosos, normales, del grosor perfecto. Espera, ¿me estoy fijando en los labios de Elena? Por favor, qué asco doy.
Evito mirarla a toda costa y decido fijarme en la carretera como si la vida me fuese en ello.
Ella no para de mover las piernas en el asiento, y contengo las ganas de preguntarle un par de veces si se está haciendo pis o qué, pero creo que es puro nerviosismo, o quizá ganas de tocar las pelotas.
Luego se saca un chicle del bolso, me pregunta si quiero y, como le digo que no, se mete los dos en la boca y los masca, haciendo pompas y toqueteando la radio.
—¿Dónde estabas anoche? —Dejo la pregunta en el aire para así quitarle las ganas de ser tan pesada, y bajo un poco el volumen de la música para escuchar la mentira que va a soltarme.
—Paseando y tomando helado, ¿por?
Claro que sí.
Sus ojos de cervatilla no pueden engañar a este lobo.
—Segundo intento, ¿dónde estabas anoche?
—¿Qué te importa?
Bueeeeno...
La miro y se acojona, creo que nunca la han mirado como lo estoy haciendo yo en este momento.
—Vale, por esa falta de educación daremos la vuelta y estarás todo el día castigada.
—¡¿QUÉ?! ¡No puedes castigarme! ¡No eres mi padre!
—Estoy a cargo de ti, y si no vas a tratarme con un mínimo de respeto, no pienso darte ni un solo capricho, ¿entendido?
Yo no soy Michael ni su madre. La mano dura que a ellos les falta a mí me sobra. Si esta niñata cree que puede chulearme está totalmente equivocada.
—Lo siento —susurra con una tristeza plasmada en la cara, en cuanto ve que no voy de farol y pego un volantazo para regresar a Payson—. Lo siento, lo siento mucho, es que no acostumbro a dar explicaciones.
—A mí me las tendrás que dar.
—Pero ¿por qué?
—Porque tu padre lo ha pasado bastante mal, tiene problemas muy serios de ansiedad y se medica desde que tu madre se fue, no voy a permitir que le hagas perder la puta cabeza ni que esto le supere. Si él no puede contigo, podré yo, ¿queda claro?
Me detengo, en el arcén, en mitad del campo.
Unas cabras pasan por nuestro lado, seguidas de un hombre con un sombrero de paja. Este nos saluda y yo le ignoro.
Ella sacude la mano con tristeza y agacha la vista hasta sus rodillas.
—¿Papá toma medicación para la ansiedad?
—Sí.
—No lo sabía.
—Ahora ya lo sabes, así que pórtate bien y si quieres darle problemas a alguien, dámelos a mí. —«Si es que eres capaz», pienso—. Pero a él, lo dejas en paz.
Tras hacer un par de respiraciones profundas, asiente y promete ser buena.
Vigilo por el espejo retrovisor que no venga nadie y vuelvo a girar el volante, de camino al parque de atracciones.
—Tercer intento, enana —repito, encendiendo un cigarro y poniéndomelo entre los labios—. ¿Dónde estabas anoche?