CAPÍTULO 10
ELENA
He salido antes que papá del trabajo y le he dejado la cena hecha. Estuve un buen rato mirando recetas en internet y me he esmerado muchísimo, así que espero que le guste o mis sentimientos quedarán heridos por mucho tiempo.
En verdad no, pero me enfadaré igual.
Fuera ya está oscuro y me niego a encerrarme en mi habitación.
Cuando terminaba mi turno en la heladería siempre me iba a casa de Amanda, o Amanda venía a la mía, y hacíamos noche de chicas.
Casi siempre, íbamos a cenar cualquier cosa por ahí, bailábamos un poco en la disco o nos sentábamos en la orilla de la playa junto a las otras chicas a conversar.
Mi vida era buena, divertida y, aunque en el amor todo fuese como el culo y discutiese muchísimo con mamá, fuera de casa, me sentía feliz.
Ahora no tengo nada. Ni amor, ni amigas, ni un solo plan para hacer.
Qué asco.
Envidio a esas personas que pueden pasarse horas encerradas en casa, viendo una película en solitario, leyendo un libro o pensando en las musarañas. Yo no soy así. Mi carácter es extremadamente sociable, necesito que me hagan caso, todo el tiempo.
Sentirme sola me agobia. No tener con quien hablar me desespera y aburrirme es como una especie de tortura.
Así que ahora estoy agobiada, desesperada, aburrida y torturada.
Se acabó, tengo que salir.
Abro mi ropero para buscar mi vestido azul, es uno de mis favoritos. Creo que papá no sufrirá un ataque si me lo ve puesto, no es ni demasiado corto ni largo, pero tiene un buen escote que le da algo de vida a mi cuerpo.
¡Que lo que no se luce se pudre, chica!
Me maquillo un poco y dejo mi pelo suelto, echándome un pelín de perfume. Lo mejor será que le deje una nota a Michael y me largue antes de que empiece a hacer preguntas.
Cuando salgo al exterior, agradezco que no llueva y que el tiempo sea templado. Solo hay un poco de brisa que me remueve los mechones y los azota contra mi espalda. Pero es agradable, huele a pino, a naturaleza, a libertad.
No tengo la más remota idea de dónde estarán celebrando esa fiesta, aun así, teniendo en cuenta que Payson es un pueblo pequeño, daré una vuelta y veré si escucho música desde alguna casa, tocaré a la puerta y mentiré diciendo que me invitaron.
A la vida hay que echarle morro, y el que no llora, no mama.
Prefiero pasar vergüenza antes que quedarme un sábado encerrada en mi habitación. También os digo, que así me va.
Me acuerdo de Kael y sacudo la cabeza para borrarle de mi mente, sigue siendo el mismo idiota que no se despidió de mí y me hizo llorar. Aunque cada vez que nos encontramos, me comporto como un chihuahua que no puede dejar de perseguirle y menear la colita.
Lo sé, doy mucha pena y no tengo nada de orgullo.
Hay mujeres que nacen para estar en lo más alto y otras nos arrastramos por el suelo para que nos hagan un poquito de caso. Yo soy del equipo B.
Intento reemplazar esos ojazos verdes y enfadados con la vida por unos grises.
El chico de cabello negro aparece en mi memoria y me convenzo de que es guapo y está muy bien.
Me gustaría mucho acostarme con él, hace tiempo que no tengo sexo, desde mi estúpido último novio.
Todavía me duele esa herida y cada vez que lo recuerdo, se me cae la tirita. Auch.
Aunque tengo un problema, y es que ese chico, por atractivo que sea, tiene pinta de no ser nada maduro ni responsable. Si tenemos sexo, se lo dirá a todo Arizona y mi padre me cortará el cuello. Ya no vivo con mamá, que poco le importaba lo que hiciese, las cosas han cambiado.
Igualmente, nadie se ha muerto por tomar un par de cervezas, bailar y charlar un rato, que, en principio, es el plan.
En principio.
Mi yo espiritual sabe muy bien que siempre acabo alejándome mucho del plan A y que termino revolcándome por el plan Z.
Ay, no, tengo que comportarme o le daré más motivos a Michael para desconfiar de mí.
Si mi padre también me echa de casa, tendré que irme a vivir de alquiler y, entonces, nunca podré ahorrar para comprarme ni mi coche ni mi casa, que son el objetivo principal.
El teléfono me suena y descuelgo, llevándomelo a la oreja.
—¿Cómo va tu primer sábado sin mí? —La voz de Amanda se oye por encima de la música techno y la envidio. Ojalá estar allí con ella.
—Aquí, vagando sola y abandonada por las calles mientras toco de puerta en puerta en busca de una nueva mejor amiga.
—VENGA YA.
Río, si supiese que es casi cierto...
—El próximo fin de semana te vienes a Phoenix conmigo, habla con tu padre, dile que yo iré a por ti.
Me temo que eso no será posible, ni tan fácil. No, para nada.
—El señor Michael piensa que eres una diabla del inframundo que pretende arrastrar a su niñita adorable hacia un montón de orgías.
Oigo cómo se atraganta, es como si sacara líquido por la nariz.
—Le has dejado claro que es al revés, ¿no? Si no fuese por mí, te hubieses quedado preñada a los dieciséis y estarías metida en las drogas.
A ver, no es para tanto, pero...
—Tía, que no soy tan...
—¿TAN QUÉ? ¡LA DE VECES QUE TE HE SALVADO EL CULO!
—Vale, pero no chilles.
—Bueno, entonces me iré yo a tu casa y veremos películas comiendo palomitas, como dos mojigatas; eso sí, cocino yo.
Asiento, me parece una idea maravillosa, Amanda cocina superbién y seguro que eso hará que papá la vea con mejores ojos.
Empiezo a escuchar una música estilo pop, viene desde el final de la calle y, por lo que aprecio, varios coches están ahí aparcados. Sí, tiene que ser la fiesta de la que hablaban esos tíos.
—Amy, tengo que dejarte, ¡pásalo bien!
No le doy tiempo a contestar cuando cuelgo y acelero el paso. Veamos qué tienen para ofrecerme esos chicos malos.
Río sola, divertida y emocionada por vivir una nueva experiencia.
Camino con decisión hacia la puerta, con mis aires de superestrella estrellada en el suelo. Siempre humilde, por supuesto.
En cuanto la música ya está suficientemente alta como para tener ganas de bailar, unas chicas me miran y las saludo con una sonrisa radiante, ellas responden y les pregunto dónde puedo coger una bebida. Señalan hacia el interior de la casa, explicando que en la cocina se encuentra River.
River, no sé quién es ese tal River, pero me gusta su nombre.
Conozcámosle.
—¡Gracias! ¡Sois geniales y estáis guapísimas! —aseguro, dejándolas atrás y moviéndome al ritmo de la música. Oye, para ser un pueblo cutre de Arizona ni tan mal, creo que Amanda podría pasárselo bien, aunque seguro que pondría mil pegas, yo soy más conformista.
Llego a la cocina y veo allí a un montón de peña haciendo cola, los que sirven las bebidas a la vez que bailan y les tiran los tejos a las chicas más atractivas de la fiesta son los mismos que se pararon el otro día con el coche y el que me estuvo molestando hoy en el supermercado.
Me apuesto mis mejores bragas a que uno de ellos es River.
Guardo la cola, disfrutando de la música y del ambiente. Al menos no estoy sola y aburrida en casa, el hecho de ver gente ya me da la vida, aunque no hablen ni bailen conmigo.
I Don’t Wanna Live Forever de Taylor Swift y Zayn empieza a sonar y mis dedos automáticamente chasquean mientras sigo el hilo de la canción.
Al llegar mi turno, los chicos se miran entre ellos y sonríen como si acabasen de ganar la lotería. Lo que no saben es que, aquí, la única que va a ganar algo soy yo.
Bebida y comida gratis, por supuesto.
—Me han dicho fuera que por aquí hay un tío guapísimo llamado River que prepara unos mojitos riquísimos.
Los dos rubios miran al moreno y ya he resuelto el enigma.
Este empieza a prepararlo sin discutir mientras Dave apoya los codos sobre la mesa y me mira de arriba abajo.
Van bastante guapos, con sus vaqueros y camisas de hombres adultos. River es el más musculoso, alto y llamativo de los tres.
—Creí que el poli te prohibió venir. —Dave mete el dedo en la llaga, mirándome mientras se relame los labios y me tira un beso, yo me aparto el pelo y acepto el mojito.
—A mí me pueden prohibir muchas cosas, pero soy yo la que decide si ser una buena chica o no.
—Uh... —corean, y River les empuja para quitárselos de en medio, decidiendo que seré su ligue de esta noche.
Buena suerte, chaval.
—Así que cierto poli está interesado en la modelito de Payson.
River coloca sus manos largas sobre mis caderas y le empujo del pecho. Puede mirar lo que quiera y babear también, pero, para algo más, tendrá que currárselo bastante.
—Qué va, solo es el amigo de mi padre, Michael —comento, y sus cejas se alzan.
Porque ya no quiere ser mi amigo, claro está.
—¿El comisario?
—Sí, ¿tienes miedo? —Hago un mohín, sin dejar de bailar y disfrutar de mi mojito.
—Para nada, simplemente me pregunto qué haces aquí. Payson es un sitio aburrido, todo el mundo quiere pirarse lejos. Eres la que se fue a Phoenix siendo niña, ¿no?
Me hago la interesante, no sé si merece una respuesta o no... Bueno, me ha dejado quedarme en su fiesta, así que seré amable.
—Mi madre me echó de casa.
—Vaya... —Vuelve a acerarse y vuelvo a alejarle—. ¿Eres de las que dan problemas?
—Demasiados, aunque te juro que soy buena persona. —Subo y bajo los hombros, notando como el alcohol empieza a hacerme feliz.
Hace falta más que un mojito para emborracharme, llevo bebiendo desde los dieciséis porque mi madre nunca me prohibió hacer botellón, aun así, un mojito siempre logra ponerme contenta.
—Yo también doy bastantes problemas, pero mi madre es un trozo de pan y me lo perdona todo.
—Uuuh, pobrecita tu madre.
—Eh, pues pobrecita la tuya también.
—No es lo mismo, los chicos tienen que cuidar a sus madres, hacer que estén orgullosas.
—¿Y las chicas, no?
—Yo soy un caso aparte.
Sí, yo también debería hacer que mi madre estuviese orgullosa de mí, y juro que lo he intentado, pero nunca lo consigo.
Para ella, todo en mí está mal.
—¿Y no tienes amigas? —Sigue receptivo, mostrando un interés por conocerme que se esfumará en cuanto abra las piernas—. Puedo presentarte a un par de chicas.
—Claro que tengo amigas, lo que pasa es que están en Phoenix —informo, una de mis canciones favoritas empieza y no me corto en alzar los brazos y cantar en voz alta.
No necesito que me presente a nadie, ya soy lo suficientemente extrovertida como para presentarme yo misma.
El móvil me suena y pienso que seguramente será Michael para ver dónde estoy, le dejé una nota con una mentira piadosa: He ido a tomar un batido de chocolate a la cafetería y dar un paseo, necesito aire.
A ver, el paseo lo he dado.
Pero no, se trata de Amanda, otra vez. Es una videollamada y sé lo que pretende, asegurarse de que esté sana y salva.
—¿Eres incapaz de emborracharte y olvidarte de mí? —le grito a la pantalla del teléfono sin dejar de bailar, River se asoma, Amanda le mira y pone cara de asco.
Demasiado joven para ella, lo sé.
Le quito de la pantalla y me enfoco a mí misma, él va a por otras bebidas.
—¿Se puede saber quién era ese cucaracho?
—El que me suministra alcohol gratis.
—No me gusta, tiene cara de...
—Sé de lo que tiene cara y ni te preocupes, solo es un pasatiempo.
—Eso espero, ¿vas a estar bien?
—Sí, ¿y tú?
Un hombretón fuerte y guapo, con una barba que me recuerda a papá, la abraza desde atrás.
—Sí, escúchame, mándame un mensaje en cuanto llegues a casa o juro que me presentaré allí y le preguntaré a tu padre por ti.
Ruedo los ojos.
—Que sí, tonta, un ratito más y me voy.
Ella levanta el pulgar y cuelga.
River regresa con dos bebidas y, como no las ha preparado delante de mí, la rechazo, porque he visto demasiados casos en los que les ponen porquerías para aprovecharse. Tengo demasiada experiencia en la vida como para caer en estas chorradas.
—¿Seguro? —Asiento y él se la ofrece a otra chica que pasa por allí, la coge sin dudar y empieza a beber, uniéndose a una conga que da vueltas por el salón—. ¿Quieres que subamos arriba? ¿O damos un paseo por el jardín?
Supongo que, después de un rato bailando, es lo que toca.
Ir con él a cualquier esquina para besarnos, meternos mano y mañana ignorarnos. La verdad, no es algo que me apetezca.
—Sinceramente, creo que me voy a ir ya a casa, mi padre se pone un poco pesado si llego tarde.
Él me mira con cara de circunstancia, como si no entendiese un pepino.
—Tía, ¿estás de broma?
—Para nada —le aseguro, encojo los hombros y maldigo que justo empiece a sonar otra canción que me gusta muchísimo.
—Bueno..., eh..., ¿te acompaño?
Niego con una sonrisa en la cara.
—Nop, me has caído muy bien, gracias por este ratito. Cuídate, River.
Intento abrirme paso entre las parejas que bailan y se empiezan a amontonar.
He ido a demasiadas fiestas como para no saber que está llegando el momento en el que todo el mundo busca alguien con quien enrollarse.
Y esta noche la verdad es que no me apetece caer porque, de alguna manera, la tirita que dejó Adrien, mi ex, sigue cubriendo una herida que no estoy preparada para dejar ir.
River se parece mucho a él, y sé que darle pie a algo más sería volver a cometer el mismo error.
Pasaré por la cafetería y me pediré un batido de chocolate para llevar y, de paso, le llevaré uno a papá.