Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

KAEL

Llevo el segundo café del día a mis labios y la cara de Michael me dice que las cosas no van bien por casa.

Maldice, refunfuña, coge el teléfono de mala gana y cuelga dando un golpe.

Vaya, es raro que alguien tenga peor humor que yo, pero parece que hoy me han quitado el puesto de Míster Antipatía.

Llamo a la puerta de su despacho, asomando la cabeza, él me mira y resopla.

—Olvidé lo difícil que es ser padre —comenta—.

Tiene una amiga que no me gusta nada y no quiere estudiar.

Amenazarla con ponerla a cortar leña no funciona, es más, ¡creo que incluso le hace feliz!

Y... le gusta la cerveza, ¡la cerveza, Kael!

A mi niña. —Se revuelve el cabello pelirrojo y me mira, consternado—.

Hoy se ha tomado un café para desayunar, sin leche.

No puedo evitar esbozar una sonrisilla que intento disimular.

—Y conduce mejor que tú —puntualizo—. ¿En qué pensabas cuando le diste las llaves de la camioneta y la dejaste salir de noche?

—No quiero que se vaya de vuelta a Phoenix porque sienta que la asfixio, esa niña ha gozado de demasiada libertad viviendo con su madre, y yo tengo que arreglarlo. —Niega con la cabeza, y yo asiento, estoy de acuerdo con él, la verdad—. Ayúdame.

Abro los ojos, como si me acabasen de disparar con un táser.

—¿Yo? ¿Con Elena? No debe ni recordarme, no tengo derecho a decirle nada.

—Ella te quería mucho, puedes..., no sé, aléjala de esa tal Amanda, llévatela a pescar, háblale de lo importante que es estudiar y tener un buen futuro. ¡Convéncela de entrar en el cuerpo de policía, aunque sea! Siento que a ti te escuchará más que a mí.

Yo siento que está perdiendo la cabeza.

—Michael, respira y relájate, los adolescentes son complicados, pero no es una mala chica. —Doy un sorbo a la taza y recuerdo esa sonrisa y esos ojos brillantes, entregándome ese brownie con sabor a cartón. Estaba malísimo, pero me lo comí igual—. Y por favor, enséñala a cocinar, esa pizza...

—Lo sé, me ha dado indigestión toda la noche.

Nos reímos a la vez.

—Solo me hago una pregunta. —Michael saca unas magdalenas del cajón y me ofrece una, la rechazo porque ahora iré a pillarme un sándwich de lo que sea—. ¿Qué ha hecho su madre durante todo este tiempo? No es que yo haya hecho algo, pero tampoco se me ha dado la oportunidad, ¿sabes?

Sé lo que piensa. Si Elena se hubiese quedado en Payson todo habría sido mejor.

—La verdad es que no se la ve mal, Michael, parece una chica fuerte y madura, capaz de mucho, eso tampoco es algo malo.

—¡Bebe cerveza y conduce como un camionero, Kael!

—Los camioneros son geniales.

Las ganas de discutir le desaparecen porque sabe que ya no le quedan argumentos. Así es la vida.

—Oye, no le tengas en cuenta a Elena lo de Susan..., no lo sabe —comenta, y yo asiento.

—Tranquilo, ni me acordaba —miento.

Tengo ganas de fumarme un cigarro, el palillo de dientes que llevo mareando un buen rato en mi boca ya no da más de sí.

—Voy a por un sándwich, ¿te traigo algo?

Michael niega y alza un dedo.

—No, pero échale un ojo a Elena, espero que no esté ligando con nadie en su primer día, es demasiado guapa y en Payson los chicos se aburren muchísimo.

Me río por la desdicha de Michael, lo que le queda por sufrir..., qué suplicio.

O, mejor dicho, lo que nos queda. Porque sé que me arrastrará con él.

—Entendido, comisario —bromeo, saliendo de su oficina y colocándome bien el cinturón con el walkie , la pistola y las esposas.

Una vez subo al coche, arranco y conduzco hasta el supermercado, mi cara de pocos amigos al ver a ese grupo de niñatos se acentúa más de lo habitual.

Bajo y esconden lo que sea que llevan encima, murmurando entre ellos, me pongo las gafas de sol y me acerco, con el cigarro en la boca.

—Buenos días, agente Hall —saluda el más mayor, el gilipollas del pelo negro que se cree más listo que nadie.

Solo tiene dos años menos que yo, pero es un irresponsable que está totalmente perdido en la vida.

—Buenos días, River, ¿aprovechando la mañana para drogarte?

El olor a marihuana que desprenden desde aquí es capaz de hacer que cualquier turista salga corriendo.

Payson vive de su turismo, somos un pueblo pequeño, rodeado de naturaleza, y lo que vendemos es simple: paz, desconexión y tranquilidad.

Si estos idiotas siguen haciendo de las suyas, y espantando turistas, al final, sus padres serán los que se quedarán sin trabajo, no yo. Pero, bueno, toca hacer de poli bueno.

—No me he drogado, agente Hall, es terapéutico —afirma, y se ríe, junto a los dos rubios que le acompañan.

—Vuelvo a entrar, quiero comprarle algo a la rubia esa, está buenísima.

Dave se cuela en el súper mientras los otros dos bromean, ruedo los ojos y de un movimiento brusco, los pongo contra la pared, quitándoles la droga que llevan encima.

—¡Eh! ¡No puedes hacer eso!

—Ah, ¿no? —zarandeo el cannabis que llevan en una bolsita—. ¿Llamamos a tus padres y les preguntamos si realmente puedo o no?

Las caras les cambian, me insultan por lo bajo, escupen al suelo y se van con la cabeza agachada, mientras yo me contengo las ganas de darles un par de hostias a cada uno. Mano dura, eso es lo que necesitan.

Me queda el otro, el que ha ido a molestar a la hija de Michael.

Entro al supermercado y me quito las gafas de sol, paseando tranquilamente por los pasillos, ella no está en la caja y Dave tampoco.

—¡Buenos días, Kael! —saluda Rose con esa barriga a punto de explotar. Va a tener un bebé precioso y me da muchísima pena que su madre haya muerto antes de conocer a la pequeña Sara.

—Buenos días, Rose.

En vez de ir directo a la zona de los sándwiches, recorro pasillo a pasillo, buscando a ese cabrón.

Efectivamente, le encuentro detrás de Elena, que está agachada colocando los precios de los productos para lavar la ropa.

Cuando veo cómo le mira el culo y se muerde el labio, las ganas de estampar mi puño en su cara son poco normales, y es que nadie va a tratarla como si fuese un simple trozo de carne.

No delante de mí.

—¿Vas a comprar algo de aquí o no? —Me cruzo de brazos, tapando la visión del cuerpo de Elena para ese imbécil. Ella sigue de rodillas, deja la etiquetadora de precios a un lado y levanta la cabeza para mirarme.

—Solo hablo con mi amiga.

—No es tu amiga.

—Sí que lo es, ¿verdad que somos amigos?

Ahora es cuando supongo que Elena le reirá la gracia por ser el típico niñato engreído y guapito, pero de ninguna forma voy a permitir que se mezcle con esa gentuza.

—Para nada, eres un coñazo y solo me distraes, ¿te puedes ir, por favor?

Espera, ¿qué?

Sí que estaba equivocado.

—Vaya tela, te iba a invitar a una fiesta esta noche, ¿seguro que quieres comportarte como una repipi creída?

—Nadie va a ir a la fiesta de nadie. —Me aclaro la garganta, haciéndome notar—. Ya la has escuchado, largo.

Dave resopla, me odia tanto como el Grinch a la Navidad. Soy la pesadilla de estos cabrones y no pienso darles un respiro hasta que los meta en vereda. Trabajo que deberían hacer sus padres, y no yo.

Es increíble lo que tardan en madurar algunas cabezas.

—Que sepas que ese chico me caía bien y solo te he seguido la corriente para no hacerte quedar mal.

—Elena se pone de pie, se sacude los pantalones y se coloca bien la gorra.

Esas pestañas parecen mucho más grandes que ayer, y las pecas le lucen mucho mejor que a Michael.

Su pelo rubio cae en ondas, recogido en una coleta alta que sobresale por la parte trasera de la gorra—.

Quería ir a esa fiesta. Me debes una fiesta.

Oh, por favor.

—Si quieres ir, habla con tu padre, a ver qué te dice.

La dejo haciendo su trabajo y me dirijo directamente a la nevera de los sándwiches. Que todo sea tan tranquilo en este pueblo a veces me aburre. Cuando elegí entrar en el cuerpo, esperaba algo más que pelear con imbéciles.

Ojalá pronto vuelvan a llamarme de Phoenix para apoyar a los policías de allí. Necesito la acción y la adrenalina de enfrentarme a la delincuencia real. Si ya lo decía mi abuelo antes de morir, que lo mío era ser bombero.

Al menos el fuego no te da contestaciones estúpidas.

—Hablas como un señor de cincuenta años. —Esa pesadilla de piernas largas y pestañas infinitas me persigue hasta la nevera. La ignoro, de la misma forma que ignoro a mi perra cuando estoy cansado y no quiero jugar.

Doblo la esquina y voy a por mi agua natural.

—¿Solo te alimentas de sándwich de cangrejo?

—¿Te importa?

Por Dios, ¿no se va a callar?

—No creo que sea saludable comer comida envasada todos los días, a partir de mañana voy a prepararle la fiambrera a papá, y también puedo prepararla para ti si quieres.

Suelto una carcajada.

Ya tuve bastante con el brownie de cartón, gracias.

—No soy un bebé que necesita que le cuiden. —Me detengo y se choca conmigo de bruces. Otra vez, ese olor dulzón a vainilla—. No te metas en líos y aléjate de esos tíos, es un consejo.

—De acuerdo, señor Hall —afirma, y su risilla molesta me persigue hasta la caja para pagar. ¿Por qué no se larga?—. ¿Cuándo iremos a pescar?

—Cuando tu padre te quiera llevar.

—Papá dijo que me llevases tú.

—Y yo digo que te lleve él.

—Joder —la escucho quejarse y detenerse, le doy el sándwich junto con el agua a Rose—. ¡He pisado un escarabajo! ¡Pobrecito!

Genial, que se entretenga haciéndole una RCP al escarabajo y me deje en paz.

—Que tengas un buen día, Kael —susurra Rose, riéndose de Elena, parece que le agrada su presencia.

Bueno, al menos que sirva para ayudar a Rose en el súper y deje de meterse en líos. Algo me dice que esta chica será bastante problemática, espero equivocarme.

—Igualmente, Rose.

—¡Que tenga un buen día, señor Hall! —grita el monstruo de las pecas a mi espalda, y yo vuelvo a ignorarla, poniéndome las gafas de sol para ir hacia el coche.