CAPÍTULO 8
ELENA
Despierto y me estiro, luego compruebo el móvil y descubro que no tengo ni un solo mensaje de mamá. Bueno, no seré yo la primera que le escriba, eso está claro.
El olor a pan tostado y café llega a mi habitación y me hace ponerme en pie como si fuese una sonámbula.
No sé qué pensáis vosotros, pero el aroma de un buen desayuno es uno de mis favoritos del mundo.
Me paso una mano por la cara y rasco mi nuca mientras voy dando tumbos por las escaleras. Suelo ser un poco desastrosa cuando me despierto y no arranco hasta que me bebo una buena taza de cafeína.
Papá ya lleva el uniforme de policía puesto, desayuna en la mesa de la cocina y hay un platito preparado para mí.
—Pecosa, no sabía si despertarte o dejarte dormir un poco más. Me iba a despedir antes de ir a trabajar, eso sí.
Asiento, arrastrando la silla y dejando caer mi culo.
Agarro la taza, me sirvo café y le pongo dos azucarillos.
—¿Un poco de leche? —me ofrece papá, y niego con la cabeza.
—Me gusta así.
Mojo una galleta en el interior y la devoro, y luego doy un par de bocados al pan con mermelada de melocotón.
La tristeza que sobresale de su mirada es imposible de disimular a pesar de esa sonrisa falsa que me regala.
—¿Qué sucede?
—Que no sé cuándo has crecido tanto, la última vez que te vi desayunar, solo tomabas batidos de chocolate.
Suspiro.
—Papá, ya no soy esa niña, han pasado seis años, pero sigo siento tu hija, es lo que importa.
—Sigues siendo mi niña, siempre lo serás —recalca, colocando otra galleta sobre mi plato—. Elena, ¿estás segura de que no quieres estudiar? Yo puedo pagarlo.
—Ni hablar, tengo alergia a los libros, los odio —especifico, mordisqueando la galleta que me acaba de regalar—. En una hora tengo que estar en el súper y estoy emocionada, ¿crees que me irá bien?
Michael asiente, intentando ocultar sus sentimientos tras otra sonrisa fingida.
—Claro que sí, eres la chica más capaz que conozco.
—Porque soy la única chica que conoces. —Ruedo los ojos, aún no he visto tías de mi edad por Payson—. ¿Dejarás que Amanda se quede algún día?
Su ceño se frunce y yo ruego, juntando las palmas de las manos.
—Porfi, porfi, porfi.
—No me gusta que mi hija se junte con una mujer que habla tan libremente sobre el sexo y, además, le enseña a beber alcohol.
Ay, no, de verdad que no.
—Pues para que lo sepas, tuve sexo antes de conocer a Amy, y ella fue la que me explicó cómo cuidarme, porque mi madre no hizo absolutamente NA-DA.
«Y tú tampoco», estoy a punto de añadir, aunque, por suerte, me muerdo la lengua.
No tengo más ganas de desayunar, así que vuelvo a mi habitación para vestirme y acicalarme un poco antes de ir al trabajo.
Michael sale con el coche hacia la comisaría y yo le hago la peineta desde la ventana de mi habitación. No me malinterpretéis, le quiero mucho, pero no pienso dejarme tratar como una niñata. Sé tomar mis propias decisiones.
Es un buen padre, no obstante, he crecido y tiene que darse cuenta.
Subo la música ahora que estoy sola, cantando We Can’t Be Friends de Ariana Grande.
Siento que hoy será un buen día. Un nuevo empleo, un nuevo pueblo y una nueva oportunidad en la vida. No importa de dónde venimos, sino hacia dónde vamos, y yo quiero ir hacia mis sueños.
Mis sueños.
Me miro al espejo del baño, con una mejilla maquillada con colorete y la otra no. Hace demasiado que no disfruto de esas cosas.
Sigo cantando, aunque en voz más baja. Mi voz suena débil porque no quiero molestar a nadie, pero vuelvo a recordar que estoy sola y la alzo, tanto que el pecho me vibra y recupero la energía y positividad.
Por unos momentos, imagino que las bombillas del baño son focos y que el peine es un micrófono. Me recojo el pelo como si fuese la propia Ariana Grande y balanceo mi coleta larga de un lado al otro, con los ojos cerrados, sintiéndome toda una superestrella.
Qué idiota.
En cuanto estoy lista y salgo de casa, mis zapatillas crujen sobre las hojas secas, sigue oliendo a lluvia e inspiro con profundidad, ojalá hubiese un perfume que mezclase el olor de Payson en otoño junto con el del desayuno recién hecho.
Es maravilloso.
Make You Mine de Madison Beer suena en mis airpods , soy consciente de que cuando camino escuchando música, a veces canturreo o muevo las caderas sin querer. La verdad, no es algo que me preocupe porque nunca me ha importado lo que piensen los demás.
Pego un brinco cuando me doy cuenta de que hay un auto parado a mi lado, es un Clio azul conducido por dos chicos que me miran con sonrisas resplandecientes.
El olor a marihuana sale de él en cuanto bajan la ventanilla y sus ojos destilan eso que siempre suele atraerme en un tío: problemas.
—¿Qué hace una turista tan guapa por un pueblo tan aburrido como este?
El chico de pelo rubio conduce a la velocidad de mis pasos y el de piel pálida y pelo negro se asoma, dejando un brazo colgado con el porro en su mano.
—No soy una turista, vivo aquí y voy a trabajar —explico, bajando el volumen de la música.
El rubio parece de mi edad y el moreno puede que tenga un año más que yo, quizá llegue a los veinte como mucho.
Si Amanda me viese hablando con ellos, me pegaría una colleja. Sabe que son ese tipo de tíos que me hacen llorar.
¡Mis favoritos!
Pero, no, esta mujer ya tiene demasiado recorrido como para no saber que solo puede flirtear y divertirse un rato por mero entretenimiento. Nada más.
—¿A trabajar? No sabía que había una agencia de supermodelos en Payson.
Los ojos grises del moreno me inspeccionan lentamente y yo le dedico una de mis mejores sonrisas. Tiene un piercing en la lengua y otro en la ceja, algún que otro tatuaje y su peinado luce casual y rebelde.
—Sí, ahora voy a desfilar por el pasillo de cereales del súper. —Me río a carcajadas, subiendo el volumen de la música y despidiéndome con la mano—. Adiós, chicos.
Ellos entienden que se acabó la buena suerte y aceleran, silbando cuando me quedo atrás, y yo les ignoro.
Suspiro, madre mía, qué obra de arte creó Dios cuando hizo a los hombres, pero, a su vez, qué descerebrados son.