CAPÍTULO 7
KAEL
Subo a la moto y voy directo a casa, para trayectos cortos me gusta más moverme en este vehículo, y para largos casi que también, salvo cuando tengo que llevar a alguien.
Una vez aparco en el porche, introduzco la llave y Penny viene corriendo a saludarme. Da un brinco y me chuperretea la cara, yo la acaricio y le doy unas palmadas en el lomo.
Es mi chica, mi buena chica.
—Ya estoy aquí, tonta. —Le tiro su pelota favorita y, antes de que me haya podido quitar los zapatos y dejar el casco a un lado, ya me la ha traído para que se la lance de nuevo.
Impaciente.
Repito el juego y me quito la camiseta, dejándola dentro de la lavadora para poner la colada mañana. Menuda mierda de partido, los Cardinals cada vez juegan peor, solo espero que sea una mala racha y podamos remontar.
Me desabrocho el botón y la cremallera de la bragueta, aliviando la presión de mi entrepierna, y camino así hasta el baño para abrir la ducha donde veo esa porquería que sigue ahí.
Su champú.
Se lo llevó todo con ella el día que discutimos y lo dejamos para siempre, pero hay cosas que se quedaron aquí y no me he atrevido a moverlas porque... es lo único que queda de todo lo que vivimos, de todo lo que fuimos. De lo más cerca que estuve de tener una familia.
Penny viene con la pelota en la boca, al verme sentado en la taza del váter, cabizbajo y hundido en mi depresión, apoya su hocico en mi muslo y gime. Es una buena perra, Susan y yo la encontramos una noche de lluvia, abandonada en el arcén de una carretera, dentro de una caja de cartón.
—La echo de menos, Penny —le confieso por millonésima vez, acariciando su cuello. Vuelve a gemir. Es toda grandota, fuerte y de color negro—. No, no puedo perdonarla ni decirle que vuelva, se portó demasiado mal.
Penny me mira con esos ojos que me desarman por dentro y suspiro.
Sé que también la extraña, ojalá pudiese explicarle las cosas para que lo entendiese.
El recuerdo de ese hombre en mi casa, en mi habitación, en mi cama, con mi mujer... hace que la sangre me hierva, cocinándome el cerebro. No hay un solo día en el que no se me venga esa imagen a la cabeza, y nunca deja de doler, nunca me acostumbro.
Tengo veintidós años y llevábamos juntos desde que éramos unos críos y empezamos a caminar por el bosque agarrados de la mano, sintiendo mariposas en el puto estómago.
Estábamos buscando un hijo, a punto de casarnos... ¿Por qué?
La excusa que me dio no me sirvió de nada, solo quebró mucho más mi confianza en ella y me hizo entender que nunca nos quisimos de la misma forma.
Susan era mi mundo mientras que yo... yo solo era un futuro seguro. Un marido que la mantendría y le daría un hogar cálido y una familia. Nada más.
Me quito los vaqueros, los calcetines y la ropa interior, lanzándolo todo de mala gana al cubo de la ropa sucia, y dejo que el agua recorra mi cuerpo.
Tengo tatuajes en algunas zonas, y cicatrices en otras, ser policía en Arizona no es fácil. A veces, cuando las cosas se ponen serias, tenemos que movernos para apoyar a nuestros compañeros. En Payson, por lo general, lo más peligroso que puede suceder es que un oso se acerque demasiado a una casa.
Aunque esa pandilla de niñatos me trae por la calle de la amargura. Son unos desgraciados y, cualquier día, les quitaré las ganas de hacer de las suyas. Me tienen frito.
«¿Por qué no te la llevas de acampada?».
La voz de Michael resuena en mi cabeza mientras me froto el abdomen, haciendo algo de espuma con el gel.
Sabe que no he sido capaz de volver a la cabaña del bosque, porque no tengo lo que hay que tener para revivir esos momentos. Desde que mi abuelo murió, quedándome totalmente solo, ya que mis padres fallecieron en un accidente de tráfico y ni siquiera los recuerdo, soy incapaz de poner un pie allí.
Sé que intenta ayudarme, que cree que la compañía de su hija puede entretenerme para salir un poco de la rutina, pero... ya no es como antes.
Elena era una niña preciosa, y yo estaba loco por ella antes de que Susan se ganase mi corazón. Aun así, las cosas han cambiado. Elena se fue.
Y ahora ha vuelto hecha toda una mujer.
Ya no es una niña que necesita que alguien la vigile o la entretenga para que no se dé cuenta de que sus padres se odian y discuten todo el tiempo. No me necesita. Ni yo a ella.
Alguien toca a la puerta, son golpes fuertes y decididos, uno detrás del otro.
Pum, pum, pum.
No espero a nadie, así que quien sea, se puede ir al infierno.
Me seco el pelo con la toalla y voy en pelotas hasta mi habitación, allí cojo ropa interior y un pijama cualquiera.
Vivo en la casa que mi abuelo me dejó como herencia al morir.
La persona que tiene ganas de molestar parece ser insistente.
Pum, pum, pum.
¿Se puede saber quién puede querer tocarme los cojones a estas horas?
Gruño, caminando descalzo sobre el suelo de madera hasta la entrada. Una vez llego, agarro el mango y pego un tirón, dispuesto a cantarle las cuarenta a quien sea que esté ahí.
Un olor a vainilla azota mi nariz y una chica rubia de ojos claros con las mejillas llenas de pecas me mira sonriente.
¿Qué diablos?
Ya es de noche, y no es que Payson sea un lugar peligroso, pero es de noche.
¿A Michael se le ha ido la olla o qué?
Veo que la camioneta del mismo está aparcada junto a mi coche, todavía en marcha y con la puerta del conductor abierta. Ha venido ella sola, conduciendo.
—¡Holi! ¡Olvidaste el postre!
Elena tiende un túper con esa cosa de chocolate y fresas que preparaba en la cocina. No sé ni qué decir ni cómo reaccionar.
No soy bueno en relacionarme con chicas, y mucho menos con ella.
—¿Has venido sola? —Es inevitable, mi lado protector resurge sin que pueda hacer nada—. Hay una banda de niñatos por ahí que no para de hacer de las suyas y... ¿por qué conduces la camioneta de tu padre?
Me mira, perpleja, moviendo esas pestañas enormes.
¿Se cree que soy idiota y que puede engatusarme con esa cara de niña buena? Ahora mismo llamaré a Michael para que venga a llevarse a su monstruito a casa.
—Llevo conduciendo desde los dieciséis, vives a quince minutos de mi padre y él mismo me ha dado permiso para venir —dice de carrerilla, luego se encoge de hombros y tiende el túper hacia mí.
La miro y la miro, y me doy cuenta de que en efecto ya no es una cría; más bien, parece una mujer hecha y derecha, bastante madura para su edad.
Bueno, supongo que su padre sabe lo que hace.
—No vuelvas a salir sola de noche por ahí —escupo, aunque me tenso, ¿quién soy yo para darle órdenes?
—. No para venir a traerme cosas a mí, quiero decir —aclaro intentando arreglar lo que acabo de decir, sin embargo, ella sigue ahí, mirándome.
¿Qué diablos quiere? ¿Por qué no se va?—. ¿Adiós? —Nada, sigue mirándome.
—Prueba un poco a ver si te gusta.
Ruedo los ojos, qué insistente y qué pesada.
Quiero explicarle que ahora mismo no estoy para niñerías ni tonterías, que se lo agradezco, pero que debería invertir su tiempo en estudiar y hacer algo de provecho con su vida en vez de perder el tiempo conmigo.
—No me apetece ahora, pero gracias, adiós. —Algo me dice que, si no le corto el rollo, se va a quedar ahí dándome la turra, así que le cierro la puerta en las narices y me asomo disimuladamente por la ventana para asegurarme de que sube a la camioneta y está bien.
Se queda unos segundos ahí plantada como un pasmarote, estoy a punto de volver a abrir cuando finalmente sube y baja los hombros, se da media vuelta y, con un desparpajo y una seguridad que pocos hombres tienen, acelera la camioneta y se pierde de mi vista.
¿Pero cómo diablos sabe tanto esta niñata?
Penny se acerca, dejando la pelota a mi lado porque todavía tiene ganas de jugar.
Abro el túper, al ver como las luces del vehículo se alejan, y me meto una fresa en la boca.
—Mañana jugamos, nena, hoy estoy de mal humor.