CAPÍTULO 6
ELENA
Me he quitado todo el maquillaje y puesto unos pantalones largos.
La culpabilidad me puede. Estoy comportándome como lo que mi madre dice que soy y no pienso darle la razón.
Kael me cae bien, le aprecio, y es cierto que se ha convertido en un hombre bastante atractivo, pero no es para mí, está prohibido porque me dejó tirada y porque creo que tiene novia.
Tengo que dejar de ser esa chica que necesita atención masculina para sentirse validada y, si la necesito, lo mejor es que la busque con otros.
Cuento hasta diez, me pongo un poco de crema en la cara para aliviar la rojez causada por la fuerza con la que me he quitado hasta la última gota del corrector y bajo las escaleras, intentando mantener un perfil bajo.
Él me ha ignorado hasta ahora, así que supongo que yo debo hacer lo mismo.
Siempre soy yo la que va detrás de los tíos. La que vuelve a escribir después de la cita, la que propone planes y la que siempre termina bloqueada porque ya no necesitan nada más de ella.
Me gustaría que, por una vez en la vida, fuese al revés, que alguien se interesase por mí, porque el sentimiento de que no valgo nada no para de crecer.
Paso rápidamente por el salón y siento el calor acogedor de la leña chisporroteando en la chimenea.
En Phoenix teníamos estufas, pero no se puede comparar con el olor natural de la madera quemándose ni el aroma a hojas mojadas que se cuela cada vez que se abre la puerta o alguna ventana.
Payson es mágico para mí y no era consciente de lo mucho que lo echaba de menos.
Miro de reojo a mi padre recostado en el sofá, totalmente sumergido en el partido de fútbol americano, hoy juegan los Cardinals contra los Rattlers.
Por la camiseta roja y blanca que lleva Kael, de los mismos tonos que la bufanda que ahora tiene mi padre liada al cuello, juraría que están de parte de los Cardinals.
Deja de mirarlos, tú a lo tuyo.
Vuelvo a colocarme el delantal, me lavo las manos y empiezo a ponerle sabor a la cena, las dudas sobre si les gustarán los ingredientes que he elegido me asaltan y se me pasa por la cabeza preguntar, sin embargo, los veo tan atentos al partido y tan despreocupados por lo que yo hago, que prefiero no molestar.
Quiero sorprenderles.
Se trata de mi especialidad, que no es otra cosa que un invento que hicimos Amanda y yo en su casa un día que teníamos muchísima hambre. Compramos una pizza barata de barbacoa y le añadimos beicon, cebolla roja, pollo mechado y salsa cheddar.
En este caso, partimos de una pizza más en condiciones, así que saldrá mucho mejor.
—¿Quieres otra cerveza? —ofrece mi padre, y no escucho a Kael responder, así que imagino que ha asentido o negado—. ¿Vas tú a por ella? ¡Genial! ¡Gracias! —exclama, aunque se nota que tiene la boca llena de nachos.
Me río porque hay cosas que no cambian. Michael sigue comiendo las veinticuatro horas del día, es un pozo sin fondo.
Los pasos de Kael se oyen por encima del sonido ajetreado del partido, y yo me muerdo el labio inferior, volviéndome torpe al instante, sin saber ni qué estoy haciendo.
¡Ah! ¡Sí! ¡Toca decorar mi brownie de caja de cartón!
Kael pasa por detrás de mí, yo sigo cortando fresas en cuatro gajos y derritiendo un poco de chocolate al baño maría.
Él abre la nevera mientras cotillea lo que hago. El Kael que yo recuerdo me robaría alguna fresa, me pintaría la cara de chocolate o haría alguna broma.
Cuando ya tiene las dos cervezas en una misma mano, se me queda mirando y pregunta:
—¿Quieres algo de beber?
Niego sin mirarle a la cara siquiera, si vamos a jugar al juego de ignorarnos, jugaremos los dos.
—¿Estás bien? —insiste, con las dos birras en la mano y la puerta de la nevera todavía abierta.
— Sip —contesto, haciéndome la interesante. Sigo liada con mis fresas y pasando de él.
No parece darse por convencido. Cierra la nevera, da un paso hacia mí y me mira fijamente.
Vaya, así que eso es lo que le disgusta, que le ignoren.
—¿Seguro?
—Claro, estoy haciendo un brownie superbonito, ¿Por qué no iba a estar bien?
Él frunce el ceño, lo veo en el momento en que me atrevo a mirarle de reojo. Huele de maravilla, a un frescor limpio y deportivo.
—¡Kael! ¿Las cervezas? —reclama mi padre desde el salón, y él gruñe. Me río porque parece que gruñir es su nueva respuesta a casi todo.
Cuando creo que se va a ir, dos de sus dedos rozan mi codo, en un intento vago de cogerme por el brazo para llamar mi atención. Parece que le da miedo tocarme.
—¿Te hizo daño? —cuestiona, y al levantar la cabeza y ver esos ojos verdes tan enfadados, tiemblo bajo su agarre. Él se da cuenta y retira la mano rápidamente.
—Estoy bien —repito, consternada y de lo más confundida—. ¿Quieres una fresa? —Le ofrezco una bañada en chocolate, la mira, me mira y la vuelve a mirar.
—No —responde, luego me da la espalda, marchándose al salón.
Mierda, ¿qué ha sido eso?
Tengo que parar un poco porque el corazón me va a mil por hora, abro el grifo y me sirvo un vaso de agua. Joder, ni siquiera recuerdo si el agua del grifo de Payson era potable. ¿Lo es? ¿Sí? ¿No? Qué más da. Me la trago y está buena, fresquita.
Me quedo en la cocina, a pesar de que papá me llama un par de veces para que vea el partido con ellos. Siempre me gustó el fútbol americano, y de hecho fui con Michael a algunos partidos de niña.
Pero hoy me siento demasiado rara y tensa como para sentarme junto a ellos, no sé qué me pasa, simplemente estoy nerviosa.
Miro el móvil, respondo algunos mensajes de Amy y reviso las actualizaciones en redes de mis otras amigas, les doy like y cuando el horno pita, saco la bandeja.
Pongo las tres enormes pizzas sobre tres platos y los voy llevando al salón. Papá viene en seguida para ayudarme y Kael solo murmura un leve «gracias», cuando le pongo el plato delante de las narices.
De nada, guapetón. Nótese mi tono irónico.
Abro una cerveza y doy un sorbo del botellín, igual que hacen ellos, los dos me miran como si acabasen de ver un fantasma.
—Elena... —La voz de mi padre suena como... eso, como si estuviese viendo la reencarnación de un muerto viviente.
—Soy mayor de edad, todas las chicas de mi edad beben.
Él me quita la cerveza de la mano, nada contento con mi explicación, alejándola de mí. Se levanta y viene con un refresco, poniéndolo de forma autoritaria en la mesa.
—No para beber. Me juego lo que quieras a que esto también es cosa de tu amiga, ¿no?
De nuevo, vuelve a atacar a Amanda.
—Amy es genial y me ha enseñado muchísimas cosas.
—Demasiadas.
Los Rattlers marcan y Kael maldice, mi padre se quita la bufanda e insulta a un jugador. Al menos, han dejado de molestarme.
Cuando empezamos a comer, ambos me felicitan por la pizza , exagerando lo buena que está. Dicen que es la mejor que han probado en sus vidas y sé que mienten, pero me alegro muchísimo de que valoren mi esfuerzo.
—¿Y qué hacías en Phoenix? —Papá baja un poco el volumen del partido, total, ya está perdido. Kael se ha terminado su cerveza y empieza a beber de la mía, sin importarle que la chupase con anterioridad—. Según tu madre, no quieres estudiar.
No, no quiero.
Mi único propósito en la vida es tener un trabajo normal, comprarme un coche económico y una casita con el novio que nunca tendré.
Porque que una persona se compre una casa por sí sola es imposible, no si no tienes un trabajo bastante bien remunerado o ayuda familiar.
—Llevo trabajando desde los dieciséis en una heladería —explico—. Con Amanda —añado, y le veo rodar los ojos.
Ya la odia y ni siquiera la conoce. Me da lo mismo, seguiré nombrándosela porque es mi mejor amiga y siempre formará parte de mi vida. Y ahora, de la suya también.
—Ya no vives con tu madre, así que tendrás que estudiar algo —asegura con cara de «bajo mi techo no harás lo que te venga en gana, señorita».
Kael sigue bebiéndose mi cerveza, me mira de reojo y..., espera, ¿eso ha sido una sonrisa?
¿Se está cachondeando de mí?
—No me gusta estudiar, odio estudiar, en eso salí a ti.
—Papá alza las cejas y mi examigo ahora sí que se ríe con una carcajada que me pone la piel de gallina.
Dios, debería reírse más a menudo y dejar esos malos humos—.
Y para tu información, ya tengo trabajo, Rose me ha pedido que vaya mañana al súper.
Mi padre suspira, niega con la cabeza y se zampa otro trozo de pizza de dos bocados.
—Bueno, mientras seas trabajadora, no tengo nada que discutir.
—Exacto, no todos queremos tener carreras ni somos unos cerebritos.
De verdad, no sé ni cómo he llegado a la graduación y soportado a esos profesores hasta los dieciséis años. No me veo volviendo a ello, ni loca. Prefiero fregar baños públicos por el resto de mi vida. No exagero, ni un poquito.
—Te enseñaré a cortar leña, cazar e iremos de excursión al bosque una vez al mes, quiero que aprendas a moverte por las montañas y enseñarte varias cosas sobre la naturaleza.
Me encojo de hombros, dándole a entender que por mí genial. Mientras no me ponga a leer un libro, no me quejaré.
Después de decir aquello, observa a Kael, que sigue en silencio, y añade:
—¿Por qué no te la llevas de acampada?
Él mira a Michael y luego a mí. Vuelve a centrarse en Michael y bebe del botellín.
—¿Para qué?
La cara se me enciende de rabia, ¿cómo que para qué? Para pasar tiempo con la que era su princesita adorable. ¿No es obvio?
—Era algo que os encantaba hacer, ¿te acuerdas, Elena? Os volvíais locos cuando os llevaba.
Asiento.
La entrometida de Susan, mi madre y yo buscábamos ramitas mientras Kael pescaba en el río con papá, luego hacíamos una hoguera y asábamos el pescado. Sabía delicioso.
Kael tiene una cabaña en el bosque que construyó siendo un niño junto a su abuelo.
—A mí me encantaría ir —admito, palpando la incomodidad en sus ojos.
Sus fuertes músculos se tensan. Me pregunto cómo debe de ser verle sin camiseta, como cuando pescaba—.
Me lo pasaba genial con Susan, estoy deseando volver a verla, ¡tenemos mucho de que hablar!
—miento con descaro, necesito que alguien me diga de una vez qué ha pasado con ella.
Y, cuando la nombro, la expresión de mi padre se vuelve opaca y gris mientras que Kael deja el botellín sobre la mesa y se levanta.
—Creo que es mejor que me vaya a casa, mañana madrugo.
—Claro.
Michael le sigue, despeinándome con su gran manaza al pasar por mi lado, en cambio, yo pierdo el apetito y me pregunto si he hecho o dicho algo malo.
Cuando oigo la puerta cerrarse, papá regresa al salón y recoge los platos.
—No se lo tomes en cuenta, ha sido un golpe duro que todavía no supera —dice, y mi corazón palpita acelerado porque sigo sin entender nada.
Entonces, algo en mí se vuelve oscuro, tanto que siento incluso que voy a vomitar lo que he comido.
—¿Susan ha muerto? —cuestiono, sintiéndome la peor persona del mundo, con los ojos llenos de lágrimas y a punto de empezar a llorar.
Papá pone una mano en mi nuca y me aprieta contra su abdomen.
Dios mío, es terrible...
—No —informa, y aun así me congelo, aunque al menos siento que el aire vuelve a mis pulmones—. Por suerte no le ha pasado nada malo. El que está casi muerto en vida es Kael.