CAPÍTULO 5
ELENA
Me agacho para vigilar mi brownie dentro del horno, tiene una pinta increíble y, aunque no sea del todo casero ya que solo tuve que seguir las instrucciones de una caja de cartón y mezclar lo que traía dentro junto con huevos y leche, me siento toda una pastelera.
En casa de mi madre estaban prohibidos los dulces, todos vivíamos a dieta estricta. Tampoco me dejaba usar la exclusiva y carísima cocina de Ander.
Que le zurzan, estoy demasiado feliz en la humilde casita de madera de papá.
—Entonces, ¿no fue bien?
Amanda está al otro lado del teléfono, hablo con ella con el altavoz puesto mientras preparo lo que pronto será una pizza deliciosa. He comprado las bases hechas, pero los ingredientes son caseros porque los estoy sacando del plástico y colocando yo.
—¿Bien? ¡Ja! —Mi amiga se burla, pero tiene la voz rota—. Imagina mi cara cuando, después de echar el mejor polvo de mi vida y llevar todo un mes esperando a que mande un maldito mensaje, me lo encuentro en el cine liándose con otra…
En ese momento, mi padre se acerca a la nevera para coger un botellín de cerveza, ha estado toda la tarde cortando leña y haciendo cosas en la terraza.
Dice que el invierno será duro y que debemos abastecernos bien antes de que la nieve nos pille desprevenidos.
Apenas estamos empezando el otoño, pero, bueno, él y sus cosas.
—Los hombres son imbéciles —respondo, y papá sonríe como si estuviese orgulloso de que su niña tenga la lección bien aprendida.
Le veo hurgar en la nevera y coger una loncha de queso para metérsela en la boca.
—No sabes cómo me arrepiento de chupársela a ese hijo de puta, debí dejarle con las ganas de correrse.
Mi pobre progenitor empieza a toser y yo me río a carcajadas. Amanda sigue despotricando, sin darse cuenta de lo que sucede.
—¿Sabes? Una vez hicimos un sesenta y nueve y, literalmente, me estaba mordiendo el clítoris, no tenía ni puta idea de lo que hacía, ¿eh? Menudo idiota, pero, eso sí, me folló genial. —Suspiro, no puedo frenarla y mi padre continúa oyéndolo todo—. ¿Cuándo encontraremos el amor, amiga?
—Nunca —afirma papá, que corta la llamada y me requisa el teléfono.
Empiezo a dar saltos, con un delantal lleno de harina que era meramente decorativo hasta que yo llegué a esta casa.
—¡Papá! ¡No puedes colgarle así a mi mejor amiga! ¡Amy es una buena chica!
Él alza sus cejas anaranjadas, aprovechando su altura para reírse en mi cara.
—No creo que unas niñas de dieciocho años deban hablar de esas cosas.
—Papá, Amy tiene veinticuatro, y me ha enseñado mucho de la vida, más que mamá.
—Y tanto que te habrá enseñado… —gruñe con el rostro crispado.
Me pongo roja, ¡no lo decía en ese sentido!
—¡Devuélveme el teléfono! ¡Sé cuidar de mí misma! ¡Confía en mí!
A regañadientes, me lo entrega, mirándome de reojo con cara de pocos amigos. Ya está, acaba de hacerle la cruz a Amanda.
—Que sepas que vendrá a verme y se quedará a dormir en esta casa —sentencio, luego abro el horno y saco el brownie con los guantes puestos.
—Eso habrá que verlo, señorita —afirma, aunque sé que se hace el duro, mordiendo otra loncha de queso como si fuese un perro hambriento.
—Deja de comer, o todo lo que estoy cocinando será para nada.
—Ni te preocupes, Kael y yo comemos como una manada de osos, no sobrará ni una miga de pan. —Me da un beso en la coronilla, se remanga la sudadera grisácea y empieza a fregar los cacharros.
—¿Qué haces? —pregunto, mientras dejo el brownie en un lugar seguro para que vaya quedando a temperatura ambiente.
—Tú has cocinado, yo limpio —dice sin más, encogiendo los hombros.
Niego con la cabeza, pensando que mamá fue estúpida al cambiarle por Ander. Sinceramente, sigo sin entender qué fue lo que sucedió entre ellos.
Y cuando miro el reloj que cuelga entre las cortinas amarillas de las ventanas, me pongo de los nervios al saber que Kael está al llegar.
—Pecosa, espero que las nuevas amigas que hagas sean de tu edad…
Ruedo los ojos, me quito el delantal y lo meto en la lavadora.
—¿Lo dices por el sexo?
—Por todo, en general.
—Por el sexo.
—Amigas de tu edad. Y punto —insta, soltando un plato en el escurridor.
—De acuerdo, jefe, así será. —Hago un gesto militar y salgo corriendo escaleras arriba.
No me importa lo serio que se ponga, Amanda es mi mejor amiga y un sol, estoy segura de que si la conoce en persona cambiará de opinión. Sí o sí.
Elijo alguna canción aleatoria de Taylor Swift y disfruto de una ducha rápida. Cuando salgo del baño, con el pelo mojado, un peine en la mano y enrollada en la toalla, alguien se cruza conmigo en mitad del pasillo.
—Disculpa, no sabía que… —No es Michael, es Kael.
No lleva el uniforme, sino un pantalón vaquero y una camiseta ceñida que deja clarísimo lo fuerte que está.
Le miro sonriente y sacudo la mano mientras él se queda rígido, repasando mi figura como si lo que está viendo no le gustase en absoluto.
—Sí que has crecido —murmura, y aprieto las manos contra mis pechos para que la toalla no caiga al suelo.
—Un poquito —sonrío—, tú también.
—¿Puedo…? —Sus ojos van hacia el baño y me aparto rápidamente, él cierra la puerta antes de que me ponga totalmente roja al recordar que mi ropa interior sigue ahí.
¡Ay, diosito!
—¡Me he dejado el tanga en el suelo! ¡No lo mires por favor!
—Tarde. —Es todo lo que obtengo por respuesta, además de algo que se asemeja a una especie de gruñido incómodo.
Abofeteo mi frente, corriendo hacia la habitación, porque necesito vestirme cuanto antes y ofrecerle un jugoso trozo de pizza para que olvide esto. Debe de creer que soy lo peor. Pero, bueno, ni que una no pudiese ducharse en su propia casa, ¿no?
Mi móvil suena repetidas veces mientras intento vestirme con calma, no quiero que piense que estoy desesperada por verle o algo así. También he de decir que me extraña que Susan no venga con él, no se separaban nunca.
¿Será que lo han dejado? Sacudo la cabeza, no lo creo, estaban superenamorados, tanto que resultaba incluso molesto.
Una vez que me pongo un pantalón corto con medias y botas bajas, combinándolo con un jersey de punto, me hago una trenza de espiga con el pelo mojado y ojeo por encima los mensajes de Amanda.
Amy: Elena, ¿quién era ese tiarrón?
Amy: ¿Cómo se atreve a colgarme así?
Amy: Le perdono solo porque tiene una voz supersexi.
Amy: Pero ¿quién era?
Me río, sentándome en la cama tras ponerme un poco de pintalabios, y contesto a sus mensajes.
Yo: ¿Quién va a ser? El señor es Michael.
Amy: ¿Qué? ¿Esa voz era de tu padre? Pero… pero… ¿se puede saber cuántos años tiene?
Yo: Cuarenta.
Amy: ¡¿Cuarenta?! ¡Mi último ligue tenía treinta y seis!
Yo: Te recuerdo que mi padre era joven cuando yo nací, no solo mi madre.
Amy: Oh, cierto, a veces se me olvida que ella es tu madre y pienso que es al revés.
Yo: Sip, a mí se me olvida todo el tiempo.
Amy: ¿Tienes una foto de tu padre?
Ruedo los ojos y el susodicho toca tres veces a la puerta de la habitación.
—Pecosa, ¿meto ya las pizzas en el horno?
¡No! Es mi especialidad y quiero encargarme yo.
—¡Ni se te ocurra tocar mis pizzas gourmet ! ¡Ve a beber con Kael!
Papá alza las manos a modo de rendición.
—Vale, vale, si te pones así…
Desaparece cerrando la puerta y yo me echo otra miradita en el espejo. No entiendo esta necesidad de estar guapa ni de querer sorprender a un simple recuerdo del pasado.
Me siento mal porque, en mi interior, quiero parecerle más atractiva que Susan, y eso está mal. Fatal, en realidad. Quizá mi madre tenga razón con la clase de persona que soy…
Mierda, tengo que comportarme y ver a Kael como lo que realmente es: nada. Fin.