CAPÍTULO 4
ELENA
No sé cuántas horas he pasado dando vueltas por Payson.
Descubrir que ya no tengo abuelos paternos me ha roto el corazón, me hubiese gustado muchísimo saber algo más de ellos antes de que se fuesen y, a su vez, siento una gran desolación por Michael.
Ha tenido que pasar por cosas muy duras, totalmente solo.
Y ahí sigue, con esa energía arrolladora y esa simpatía que siempre le caracterizó.
No como otros.
Me acerco a la caja registradora del supermercado, donde atiende una mujer joven vestida de negro, con una barriga que muestra que pronto tendrá un bebé. Detrás de ella, cuelga un cartel en el que puedo leer «se busca personal».
—Me interesa —comento mientras coloco las cosas que llevo en la cesta sobre la cinta transportadora.
Unos malvaviscos y unos cactus de gominola, una caja con ingredientes e instrucciones para hacer brownies y también lo necesario para hacer unas pizzas.
Me gustaría cocinarle algo a papá.
Ella se gira hacia al cartel y luego me mira, pestañeando lentamente.
—¿No eres una turista? ¿Vives aquí? —Arruga su ceño de forma ligera, con una melena castaña que cae en dos coletas onduladas sobre su pecho.
—Soy Elena, la hija de Michael, el comisario de la policía —explico, tendiendo mi mano hacia ella.
Sus ojos se abren sorprendidos y, rápidamente, me la estrecha.
—Oh, claro, he oído muchísimo hablar de ti, tu padre suele comprar malvaviscos cada vez que hace barbacoas con Kael y siempre resalta lo mucho que te gustan, pero... ¿no estabas en Phoenix?
Kael.
Escuchar ese nombre otra vez, hace que algo en mí se retuerza. No lo entiendo.
Vuelvo a reparar en las pizzas y en la caja de los brownies , y se me ocurre que quizá le haga una visita y le lleve un poco, o a lo mejor le digo a papá que le invite a cenar. ¿Por qué no?
Sigo esperando una explicación y, tal vez, ahora como adultos, sea más fácil que me la dé.
Digamos que Kael era un pilar esencial en los recuerdos felices de mi pasado, y me niego a creer y aceptar que la conexión especial que nos unía dejó de existir porque sí.
¿Solo era amable conmigo porque era la hija de Michael? ¿Ya no merezco que se preocupe por mí?
¡Siempre fui la hija de Michael! ¿Qué diablos ha cambiado?
—Veamos —responde la mujer que se presenta como Rose, al entregarme mi compra en una bolsa junto con el cambio del dinero—, si quieres pásate mañana sobre las diez y te explico cómo va el tema, ¿te irá bien?
Estoy patidifusa. ¿Ya está? ¿Tan rápido y tan fácil?
—Genial, tengo que... ¿traer algo?
—Esa carita de ángel será suficiente, a ver si tu simpatía hace que este pueblo se anime un poco más, cada día está más triste la cosa.
Resopla, colocando las dos manos en su espalda y estirándose hacia atrás. Ay, me da pena, no debería estar trabajando.
—Estupendo, a las diez de la mañana estaré aquí.
—Ven en jeans y zapatillas cómodas, te daré una camiseta y una gorra con el logo del súper.
Levanto el pulgar, contenta por tener algo parecido a una entrevista de trabajo. Seguro que papá se alegra muchísimo cuando se lo cuente.
La puerta del supermercado se abre y trago saliva, colocándome el pelo tras la oreja en un acto de nerviosismo. Es él.
Vuelve a llevar el uniforme, y es lógico porque no creo que Kael y papá libren el mismo día. Y, por la forma en la que le respetan, intuyo que es quien le sustituye cuando no está.
—¡Kael! ¿Cómo estás? Mira a quién tenemos por aquí. —Rose me señala, pensando que mi llegada a Payson es una novedad para todo el mundo. Ignora que fue él quien me trajo.
—Todo bien —contesta, y se dirige directamente al último pasillo—. Elena... —dice mi nombre en voz baja, a modo de saludo.
—¿Qué tal? —Sacudo la mano y hago mi mayor esfuerzo por sacar la mejor sonrisa, pero quedo como una idiota cuando ni siquiera me mira a la cara.
Rose le observa con pena, luego niega y agacha la cabeza, volviendo a lo suyo.
Un momento, ¿qué me he perdido?
No pienso darme por vencida.
—¡Rose! ¡Creo que he olvidado algo, dejo la compra sobre la caja y ya vuelvo! —exclamo, sintiéndome una maldita mentirosa.
—Claro, cielo, descuida.
Hago un nudo a la bolsa y la dejo donde he dicho, debo pasarme las manos un poco sudadas a causa de los nervios por los tejanos que llevo puestos. Me retoco de nuevo el pelo y doy largos pasos hasta encontrarle. Está de espaldas, mirando unos sándwiches ya preparados en la nevera de embutidos.
Empiezo a ojear la comida para gatos, que es justo lo que está a su lado, a la vez que canturreo una canción con la intención de que se dé cuenta de que estoy ahí.
—Siempre he querido un gatito —comento, dando un paso más hacia él. Sigue con dos sándwiches en la mano, uno de cangrejo y otro de pollo, parece que intenta decidirse—. ¿Crees que Michael me dejará tener uno?
Sigue sin mirarme.
—No sé, pregúntale a él.
La cara se me pone roja de la rabia y solo me falta echar humo por las orejas.
Venga, lo intento de nuevo.
—Me gustó mucho el taco de ayer, ¿sabes? Podríamos ir a comer otro día, ¡yo invito!
Nada, negativa total. Deja el sándwich de pollo en la nevera y se lleva el de cangrejo, murmurando algo que ni llego a entender.
¡Pero bueno! ¿Y esos modales de mierda?
Quiero cantarle las cuarenta, mandarle a tomar viento, pero no puedo.
Es Kael, mi Kael. Él nunca se rindió conmigo, al menos hasta que la idiota de Susan se salió con la suya.
Tampoco quiero rendirme yo con él. ¿Y si pasó algo que ignoro?
¿Y si todo tiene una explicación más grande que mi orgullo?
Siento que, si paso de él, le estaré haciendo un feo al chico cariñoso, protector y lleno de alegría que vive solo en mi imaginación, que, por lo que veo, ya no existe.
La puerta se vuelve a abrir y no puedo creer cómo son las cosas de la vida. Mi padre acaba de llegar.
—¡Pecosa! —Me atrapa bajo su enorme brazo y me despeina, chocando el puño con su colega. Ah, a él no le ignora, ¿verdad?—. ¿Qué hacéis los dos por aquí?
—Busco algo para picar. —Kael le muestra el sándwich envasado junto con un agua del tiempo y se dispone a irse, pero no pienso permitir que se libre de mí.
—Yo he comprado cosas para hacer una cena especial para vosotros —anuncio, incluyendo a Kael sin siquiera preguntar.
Este me mira con una ceja arqueada y mi padre celebra que, por fin, comerá algo decente. La cocina se le sigue dando fatal, por lo que veo. Aunque sus gofres siguen siendo maravillosos.
—¡Justo esta noche hay partido! Kael, vente a casa en cuanto acabes el turno, voy a comprar cerveza.
Con una mirada rápida que recorre mi cuerpo en cuestión de segundos y me deja totalmente aturdida, responde en un gruñido:
—Ahí estaré.