CAPÍTULO 3
ELENA
Anoche fue llegar y caer rendida en la cama. Y es que, desde que pasó lo de Ander, hace tres días atrás, no he pegado ojo ni he sido capaz de huir de la ansiedad. Supongo que es lo que tiene estar en un lugar en el que te sientes segura, que tu sistema nervioso se relaja y al fin, puedes dormir.
Ariana Grande suena en mis airpods mientras reacondiciono la habitación en la que viví siendo una niña y la dejo más acorde a la mujer que soy ahora.
Todo sigue igual que el último día en que me fui, salvo porque papá ha ido pintando la casa una y otra vez y... poco más. Los muebles son los mismos, el olor es el mismo, el sentimiento es el mismo.
Y, sin embargo, aunque cuando mi madre me dio la noticia de que volvería a Payson sentí el mundo caerse bajo mis pies, en este instante, me siento feliz.
El teléfono suena y veo que es Amanda. Tengo un montón de mensajes y notificaciones sin responder. No he hablado con nadie sobre esto salvo con mi jefa en la heladería y por supuesto, con mi mejor amiga.
Como no tengo coche, prefiero buscar algo por aquí antes que tener un trabajo a una hora y media de distancia.
—¿Dónde está mi zorra favorita? —pregunta mi amiga desde el otro lado a modo de saludo, y yo me dejo caer en mi cama pequeña que no llega ni a ser la mitad de grande de lo que era la que tenía en casa de mamá. No me importa, me gusta más.
—En casa de mi padre —respondo, mirando como los cristales de la ventana que, pese a que están algo húmedos, me dejan ver un sol radiante con un cielo despejado. Los otoños en Payson son maravillosos.
—Tía... —Amanda deja el tono bromista, poniéndose algo más seria—. ¿Y cómo...?
—Estoy superbién —afirmo rápidamente, y ella respira atenta a mi voz por si acaso tengo la intención de mentirle—. En serio.
—Ese hijo de puta de Ander, por Dios, ¿cómo es posible que tu madre no te crea? Si es un baboso de mierda, cada vez que iba a tu casa me miraba como si me quisiese arrancar la ropa.
Real.
Amanda no es guapa, es jodidamente preciosa. Con una melena negra, teñida pero como si fuese natural, y unos ojos tan azules como el cielo que veo desde la ventana. Es un poco mayor que yo, seis años, así que ya tiene los veinticuatro y su cuerpo se puede comparar con el de una diosa del olimpo.
Nos conocimos trabajando en la heladería y, desde entonces, somos uña y carne.
De todo mi grupo de amigas, soy la más joven, y es que con las chicas de mi edad no llego a conectar, no sé si es porque maduré demasiado rápido, pero con Amanda y sus amigas es con quienes mejor me entiendo y más a gusto me siento.
—Bueno, en defensa de ese pervertido, diré que es imposible no desearte. Incluso a mí me gustas, cariño —bromeo para que ella se sienta mejor porque sé de sobra lo preocupada que está por todo esto.
—Deja de hacer coñas, en serio, ese tío debería estar en la maldita cárcel. Tu madre es una... —Se detiene y la escucho gritar—. Perdón, ya sabes que me cuesta callar lo que pienso.
Lo sé, y amo esa parte de ella.
Suspiro, al ver el techo de madera y la lámpara de unicornio que papá hizo para mí.
—Estoy bien —repito como afirmación, para convencerla a ella y, de paso, convencerme a mí.
—Eso espero, porque pienso ir a verte, ¿me escuchas? Una hora y media no es nada para la pesada de tu mejor amiga.
La sonrisa que se expande por mi cara no tiene precio, Amanda acaba de hacer que mi día sea mucho mejor.
—No sabes cómo me alegro, aunque te advierto de que Payson es mil veces más aburrido que Phoenix, aquí solo hay pinos, robles, alces y... osos.
Al pensar en los osos me da un pequeño escalofrío. Siempre me dieron un poco de miedo. Hay casos en los que se han acercado demasiado a las casas, aunque, por suerte, nunca han llegado a matar a nadie..., creo.
—¿Y hombres guapos? ¿Tíos fuertes y musculosos?
Cuando me hace esa pregunta, Kael aparece en mi memoria.
—Bueno, alguno sí que hay —comento, intentando sacudirme la cabeza para olvidar esa ridiculez que acabo de pensar.
Alguien toca a la puerta y me sobresalto, es bastante temprano y no estoy acostumbrada a que vengan a la habitación a buscarme.
—Tía, tengo que dejarte, luego hablamos, ¿sí?
—Claro, un besote.
—Te quiero.
—Yo más, zorra.
Cuelgo y doy permiso para abrir, y descubro que una sonrisa radiante rodeada por una barba pelirroja me mira desde el marco.
—Adivina quién ha hecho gofres para desayunar.
¡Oh, rayos! Los gofres de papá son la octava maravilla del mundo.
No es que sean caseros, los compra en el súper, congelados, pero sabe untarle la cantidad perfecta de mantequilla y darles el punto de dorado exacto.
Doy un salto de la cama propio de una gimnasta olímpica y corro junto a él por las escaleras en una guerra por ver quién llega antes y se zampa el primero.
Siempre he pensado que tener una madre tan joven es un coñazo, porque Elena es de lo más inmadura, egoísta e insoportable.
Nada que ver con las madres de mis amigas.
Sin embargo, que papá tenga apenas cuarenta años sí que me gusta.
Es divertido y tiene una chispa de vida y energía que parece que nunca se acaba.
Es tal cual le recordaba, no ha cambiado.
Me siento y doy un bocado feroz a uno de sus maravillosos gofres con sirope de arce.
—¿Cómo has dormido, pecosa?
Mis ojos se cristalizan un poco al escuchar ese apodo, nadie volvió a llamarme así desde que llegué a Phoenix. Supongo que mis pecas eran algo que a mamá le disgustaba porque le recordaban a él.
Algún día, me gustaría preguntarle qué pasó. Por qué lo dejaron y por qué tuvimos que irnos corriendo de aquí.
—Demasiado bien, he descansado como una reina —aseguro, luego me estiro y bostezo.
—Estupendo, me alegro mucho —asiente, dando un sorbo a su café—. No sabes la que tuve que liar para conseguir ese colchón nuevo. Kael y yo nos recorrimos todo el estado de Arizona, menudas basuras venden ya por ahí, y a precio de oro, ¿eh?
Kael.
De repente, me siento un poquito incómoda.
Pensé, durante todo el viaje, que Kael me juzgaba por lo que pasó con Ander; en cambio, a mi padre parece no importarle en absoluto, y me parece ilógico que papá no me juzgue y ese idiota sí. Por tanto, no entiendo qué le pasa.
Y es que, ahora que Kael trabaja con mi padre, es su amigo y no el mío.
—Papá —murmuro, y él posa sus ojos color ónice en mí. En este momento que no intenta ser gracioso, bromista o un padre superguay, veo un atisbo de lo mucho que ha sufrido durante todos estos años y la culpabilidad vuelve a azotarme—. ¿Tú me crees?
Él suelta el gofre a medio masticar en el plato, se limpia la boca con una servilleta y toda su enorme musculatura, la cual aprecio bajo esa camiseta de tirantes, entra en tensión.
Su complexión se parece bastante a la de Kael y también se le suelen marcar las venas sobre esos hombros llenos de pecas cada vez que se enfada.
—Mi niña no es ninguna cualquiera, y el hecho de que tu madre lo haya sugerido... —Se detiene, frunce los labios y tensa la mandíbula—. Creía que ella no podría decepcionarme más, pero ya veo que sí.
Desvío la mirada hacia una esquina. Si supiese que a mis dieciocho ya he estado con varios chicos, que ninguno me ha tomado en serio y que para todo Phoenix soy una chica fácil, tal vez, cambiaría de parecer.
—Cielo, no, mírame —pide, y yo levanto la vista hacia él, aunque casi no soy capaz porque me siento sucia e indigna de su confianza—.
Sé sincera conmigo, por favor. —Respira de forma profunda, el músculo de la mandíbula sigue tenso y creo que va a preguntar algo que en realidad, por su salud mental, no quiere saber—.
¿Se sobrepasó en algún momento contigo? ¿Hubo algo más?
Niego rápidamente y detecto que respira un poco mejor.
—Solo eran muestras de afecto demasiado..., ya sabes, y miradas y comentarios fuera de lugar.
—Tu madre dice que le acusaste de tocarte el culo cuando soplaste las velas y que ibas vestida casi en pelotas porque no paras de provocar.
No es verdad, solo llevaba una falda acorde con las chicas de mi edad. ¿Ahora enseñar las piernas es querer provocar a tu padrastro? ¡Venga ya!
—Papá, yo no...
—Creo que me he expresado mal. —Da un sorbo a su café y sigue mirándome.
Las venas cada vez se le notan más y ahora estoy segura de que, si Michael hubiese ido a recogerme, Ander estaría muerto—.
Me importan una mierda las excusas de tu madre.
Quiero que me digas si ese hombre te tocó el culo de verdad o solo explotaste porque no soportabas más seguir viviendo esa situación.
Parpadeo, perpleja, sorprendida porque por la mente de mi padre ni siquiera figure la idea de que sea una cualquiera; para él, yo soy la víctima, sí o sí. No hay más.
—Me tocó el culo —afirmo, y él se retuerce sobre su silla de madera, apartando su plato y su taza a un lado. Creo que cierto pelirrojo acaba de perder el apetito.
—Bueno, siéntete libre de hacer lo que quieras y lo que necesites..., estaré fuera cortando leña, hoy es mi día libre así que...
Evita mi mirada y la conversación que estábamos teniendo. Su tono de voz también ha cambiado, muchísimo.
—Me gustaría buscar trabajo.
Él no dice nada, solo me mira, se pone una gorra y sale a toda prisa con el hacha en la mano.
Yo trago saliva y cojo su plato, he decidido comerme sus gofres porque ya me he zampado los míos.