Petricor: Autumn Leaves CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

ELENA

Me tiemblan las piernas.

Voy a ver a mi padre después de seis años, y si ver a Kael me ha impresionado, no quiero pensar cómo reaccionará mi sistema emocional cuando reconozca a Michael.

Nunca lo he dicho en voz alta, pero me ha hecho mucha falta. Demasiada.

Su ausencia me ha llevado a buscar esa figura paterna en las decenas de novios y ligues que he tenido desde los dieciséis, aunque fueron todos unos gilipollas natos, cada cual peor que el anterior.

Mi fama en Phoenix es la de una chica «fácil», pero, en realidad, no es que yo sea fácil, es que ellos son pésimos. ¿Qué culpa tengo yo si quiero enamorarme y ninguno da la talla?

El coche de policía se para frente a la comisaría de Payson, donde estamos totalmente rodeados de pinos ponderosa, la especie dominante en toda la región.

Durante el trayecto, hemos visto algún alce y se me ha cortado la respiración al creer que lo que había entre los robles era un oso negro, pero de eso no estoy segura.

Olvidé que Payson estaba rodeado por pura naturaleza.

El olor a lluvia, tierra mojada y hojas es como un abrazo cálido que me susurra: «Bienvenida a casa, Elena».

Como he dicho, el sol y el verano están bien, pero yo pertenezco a este lugar. Quizá nunca debí irme.

El pecho se me sobrecoge cuando un hombre uniformado como Kael, solo que algo más mayor y con una barba bastante llamativa, sale de la comisaría con los brazos abiertos.

Es pelirrojo natural, con una piel blanca como la leche y totalmente lleno de pecas, las mismas que heredé de él. Sin embargo, mi cabello salió rubio, como el de mamá.

—¡Mi pequeña! —Me acoge entre sus fuertes brazos y me aprieta, levantándome del suelo y girando conmigo enganchada a él.

La sensación de poder acercarme a un hombre que sé que me quiere, sin pretender nada conmigo, no tiene nombre.

Yo, para este hombre, soy importante porque soy su hija.

Tras soltar unas carcajadas, me deja en el suelo y se separa de mí. No sé por qué imaginaba a alguien más avejentado, pero papá se conserva bien.

—¡Uau! ¡Mírate! ¡Eres preciosa, hija! ¡Kael! ¿Has visto lo guapa que es mi niña?

Kael lleva un cigarro en la boca y no está mirándonos en absoluto; de hecho, su mirada se encuentra centrada en la espesura del bosque, con la espalda apoyada en el coche y los brazos cruzados.

—Muy guapa, sí —contesta, antes de volver a ignorarnos.

No sé por qué, no tiene sentido, pero me molesta.

Michael me agarra del brazo y me arrastra con demasiada energía y efusividad hasta el interior de la comisaría. Nada más entrar, un olor a café recién hecho me da la bienvenida, y me abrazo a la sudadera que llevo puesta, agradecida por el calorcito que hay aquí dentro.

Extrañaba demasiado lo confortable que siente el otoño.

—¡Chicos! ¡Mirad! ¡Os dije que volvería! ¡Os lo dije!

El corazón me hace crac al escucharle decir eso, porque yo imaginaba a mi padre no queriendo saber absolutamente nada de mí y, sin embargo, parece que ha sido todo lo contrario.

—Este es James, el encargado de que nadie asalte la nevera —suelta riéndose al presentarme a un hombre de cabeza rapada, barriga prominente y sonrisa pintoresca; se ve más mayor que los demás, de unos cincuenta y largos. Estrecha mi mano, la suya tiene unos dedos cortos y rechonchos.

Me agrada, parece simpático.

—Y este es Paul, el becario.

Un chico que aparenta los veintipocos sacude la mano en mi dirección, se pone rojo nada más verme y agacha la mirada.

Los demás hombres empiezan a silbar y a hacer bromas.

—Ni hablar, mi niña es demasiado buena para cualquiera de vosotros —aclara Michael, justo cuando se oye la campanita detrás de mí.

Kael acaba de entrar. El silencio se hace espeso y las bromas desaparecen, poniéndose todos a trabajar.

Por lo que veo, mi padre es el comisario, pero Kael parece imponer más respeto que él. No le recordaba así. Ni tan serio ni con tan malas pulgas.

Me hablan y me hablan y, en cambio, yo sigo mirando a ese extraño hombre que se sirve una taza de café aguado sin azúcar y da un sorbo, antes de sentarse en su mesa de trabajo.

Intento buscar algún rastro de Susan, pero no hay nada. Es el único policía que no ha decorado su mesa con fotos de nadie.

Entonces, papá me lleva a su despacho privado y mi visión se vuelve borrosa al ver que sigue conservando todos mis dibujos de cuando era niña. Los que estaban pegados en la nevera, junto con muchas, muchísimas, fotos.

—¿Qué te parece, eh? Tu madre decía que era un inútil, y, mírame, tengo mi propio despacho.

No puedo evitarlo y me abrazo a él, sorprendiéndome porque su ropa sigue oliendo igual, al mismo detergente de marca blanca.

No recordaba ese olor y, sin embargo, en este momento, lo es todo.

—Siento mucho no haberte llamado en todo este tiempo —susurro, con una culpabilidad tan grande que soy incapaz de hablar con claridad sin que me tiemble la voz.

—No pasa nada, cielo. —Michael acaricia mi pelo, dándome un beso en la frente. Hacía demasiado que nadie me daba un beso así—. Estoy muy feliz de que estés aquí. ¿Kael te ha llevado a cenar?

Asiento, sin poder decir nada. Es difícil dejarme sin palabras, pero que mi padre me siga tratando con la misma calidez de siempre, como si nunca me hubiese ido, lo está siendo todo en este momento.