CAPÍTULO 1
ELENA
Cuarenta y cinco minutos de viaje en coche, a solas, y no hemos compartido ni una sola palabra. Ni «cómo te ha ido en todos estos años», ni «cuánto has crecido», ni «qué tal estás». Nada.
Una parte de mí siente ira y rabia ya que yo le sigo guardando el mismo cariño que cuando era una simple niña, aunque a veces intente ocultar todo eso con el despecho de su repentino cambio de actitud hacia mí.
Sin embargo, está clarísimo que él sigue en las mismas.
Kael gira el volante, toma un desvío y se estaciona en un restaurante de comida rápida. En cuanto aparcamos, unos chicos que andan cerca se suben rápidamente en su coche y no tardan ni tres minutos en irse. Kael sigue mirándolos de forma desafiante mientras se alejan a toda pastilla.
Me da la sensación de que ya se conocen.
Le sigo sin decir una sola palabra, asombrada por lo alto que es y por lo ancha que se ve su espalda. Lleva una pistola en el cinturón y debo admitir que impone muchísimo.
Trago saliva, segura de que mi padre nunca mandaría a un hombre peligroso a recogerme.
Joder, Elena, que es Kael. Tu Kael. No importa cuánto haya cambiado, sigue siendo él.
Puede que dejase de hablarme y que ahora se comporte como un imbécil, pero tengo claro que él nunca me haría nada malo.
Nos sentamos en una mesa y las chicas de la barra no tardan en girarse para mirarle. Cuchichean y se ríen entre ellas, y aun así Kael las ignora, cogiendo una carta para ponerla frente a mi cara.
—Elige lo que quieras.
Vaya, suena como una orden.
—No tengo hambre —niego, y es que quizá esté siendo maleducada, pero no me apetece comer con alguien que lleva cuarenta y cinco minutos ignorándome.
—Tu padre no tiene comida en casa, tienes que ir cenada.
Mi padre.
Arrugo el ceño y evito su mirada a toda costa, esos ojos tan verdes y serios me ponen nerviosa.
—¿Cómo está él?
—¿Te interesa?
Vaya, ¿me está acusando de algo?
—Claro, por eso te pregunto.
—¿Y por qué no le has llamado en todo este tiempo?
—Él tampoco me ha llamado.
—Sí que lo ha hecho, pero tu madre siempre le dice que no quieres hablar con él.
¿En serio?
—Eso no es verdad —le contradigo, justo cuando la camarera llega a la mesa, con un delantal blanco y un polo rojo en el que se lee el nombre del lugar: Jack in the Box.
Kael pide unos tacos sin picante y dos refrescos. Mi estúpida barriga siente mariposas por el hecho de que aún recuerde que odio el picante.
—Tu padre ascendió en el cuerpo de policía, le va muy bien, pero no tiene tiempo ni para limpiarse el culo —habla sin tapujos, llevándose un palillo de dientes a la boca y mordisqueándolo.
No puedo evitar fijarme en esos labios tan carnosos.
En cuanto la camarera nos trae las bebidas, doy un gran sorbo para refrescarme la garganta—.
Estamos bastante liados en Payson, hay una banda de niñatos que no para de hacer de las suyas y, además de eso, la dueña del único supermercado del pueblo ha fallecido, así que llevan una semana cerrados por luto.
Asiento a todo lo que va diciendo, está bien ponerme al día de las cosas que suceden en el pueblo en el que empezaré a vivir, y saber algo sobre papá, supongo.
—¿Tiene novia?
—¿Qué?
—Papá —recalco—. Que si tiene novia.
No es que no quiera que mi padre rehaga su vida, pero dada la mala experiencia que he tenido con Ander, me siento un poco reticente con el tema.
—No, desde que tu madre le dejó no ha vuelto a estar con nadie.
Asiento con la cabeza otra vez.
—¿Y no ha venido a buscarme porque no tiene coche o porque no puede?
—Sabe por qué te tienes que ir a vivir con él —contesta—. Si tu padre ve a Ander, le partirá las piernas y acabará en la cárcel, así que me ha pedido el favor.
La boca se me seca, que papá crea en mí es algo que me produce una conmoción enorme. Kael deja la mirada perdida en la ventana, sigue lloviendo, aunque con menos fuerza.
Aprecio, por la agresividad con la que agarra el vaso, que tampoco está de muy buen humor.
—Ander es un gilipollas —es todo lo que digo, y entonces dos tacos enormes, rellenos de carne jugosa que huele de maravilla, aparecen en la mesa.
Hace tanto tiempo que no disfruto de la comida rápida... A mi madre solo le gusta ir a restaurantes de lujo y yo siempre termino pidiendo pasta.
En la sencillez, he salido a papá.
Kael sigue pensativo, demasiado, y aunque parezca ridículo, quiero saber qué le pasa.
Ahora que hemos empezado a tener una conversación, me niego a volver a los silencios incómodos.
—¿Qué tal Susan?
«¿Qué tenía de especial para que me dejases completamente de lado?», es lo que de verdad quiero decir y no pregunto.
En cuanto mis labios terminan de pronunciar su nombre, el ceño de Kael se frunce y toda su expresión se vuelve más ruda, como si acabase de recibir una puñalada en el costado.
—Bien —responde a duras penas.
Vaya, ¿le ha molestado?
No llego a entender qué significa ese «bien», aunque doy por hecho que no quiere hablar sobre ello, así que me limito a seguir comiendo.
Cojo los cubiertos, observando que Kael aprieta el taco entre sus manos y lo muerde de forma feroz. La salsa se escurre un poco entre sus labios, manchando esa sombra de barba castaña, y él se limpia lamiéndose con la lengua. Cuando da un sorbo de refresco, me pilla mirándolo.
Roja como un tomate, agacho la mirada hacia mi taco y suelto los cubiertos. A la mierda, quiero volver a comer como me dé la gana. Se acabaron las tonterías de esa casa.
Cojo el enorme taco entre mis manos y ataco por una esquina, engullendo todo lo que puedo y gimiendo de placer por la explosión de sabor. Está increíble.
—Serás feliz con Michael, mucho más que con tu madre —habla al fin, y da la sensación de que más que comunicarse conmigo, está respondiendo a sus propios pensamientos.
Unos minutos después, se levanta de la mesa, saca una cartera con un par de billetes del bolsillo trasero de su pantalón y va a pagar.
Tengo dinero y quiero pagar mi parte, así que le sigo y, cuando ve mi intención, su mano aparta la mía con un toque suave que consigue ponerme toda la piel de gallina.
—Espera en el coche, ahora voy.
Nada de «no te preocupes, no es nada. Gracias, ya pagarás tú otro día...», simplemente que me vaya al coche.
Eso me molesta porque demuestra que me sigue viendo como a una niña, y se equivoca. Llevo trabajando y conduciendo desde los dieciséis y he madurado rápido. También he perdido la virginidad con un imbécil, me he emborrachado hasta olvidar dónde estoy durmiendo y he probado algún que otro porro.
Lo siento, pero no soy ninguna cría. Ya no.
Aun así, paso de discutir, así que me guardo el dinero y, tal y como ha ordenado Kael, me voy al puto coche.
Bah, que le zurzan.