Petricor: Autumn Leaves PRÓLOGO
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Petricor: Autumn Leaves

Petricor: Autumn Leaves

Por Alba Gil Cabrera

© inepub.com

PRÓLOGO

ELENA

Solo quiero dejar de pensar en lo que va a suceder en menos de una hora.

Llevo puestos unos jeans desgastados y una sudadera vieja de un equipo de baloncesto que ni conozco. Me hago dos trenzas en el pelo, dándome cuenta de que el verano ha conseguido aclarármelo algunos tonos más.

Suelo ser la primera en disfrutar del calor, la piscina y la playa, pero para nada es mi estación favorita del año. Por fin, se ha acabado.

Mi madre, que se llama exactamente como yo, entra en la habitación, con la nariz taponada y los ojos al rojo vivo por llorar día sí y noche también. El estómago se me retuerce y aprieto los labios. No quiero esto para ella, ¿pero qué culpa tengo yo?

—¿Qué te costaba? —pregunta, y en respuesta subo un poco la música—. Elena.

Pronuncia mi nombre con desdén, pero, como no quiero una guerra, la apago y me siento junto a mi maleta, respirando con calma.

—¿Qué me costaba el qué, mamá?

—Callarte la maldita boca.

Nos miramos a la vez que los orificios de mi nariz se dilatan a causa de la impotencia. No sé explicar la vergüenza y el enfado que siento en estos momentos, a partes iguales.

—Lleva muchísimo propasándose conmigo.

—Te quiere como a una hija, no todo el mundo está enamorado de ti, Elena.

—¡No es verdad! —grito, y su expresión se vuelve tan hostil como cuando me atreví a abrir la boca y delatar a su marido en el salón.

Era mi dieciocho cumpleaños, soplé las velas, pedí un deseo y él colocó su mano en mi cintura, para luego bajarla hasta mi trasero y darle unas palmaditas.

No ha sido la primera vez que lo ha hecho, y no solo eso, otras muchas cosas más que no quiero ni recordar.

Muestras de cariño excesivas que no venían a cuento, cambiarse de ropa delante de mí, entrar sin llamar, sugerir en la piscina que debo hacer topless para que el bikini no me deje marca…

Estoy harta de ese maldito baboso.

Pero mi madre no lo ve, está tan ciega que ha ignorado todas estas señales por años y ya no lo soporto. Por eso decidí delatarle cuando se atrevió a apretujar mi culo, delante de toda la familia.

Ahora mi madre se ha encargado de que todos crean que él es una víctima y yo, la chica que dejó de ser virgen a los dieciséis y que ha tenido más de diez novios; la que solo quiere llamar la atención de un hombre más, sin importarme que esté casado con mi propia madre.

Así que, después de una larga y acalorada discusión en la que yo he salido pagando todos los platos rotos, se ha decidido que me voy a vivir con Michael, mi padre, al que llevo unos seis años sin ver.

Sinceramente, pensaba que él se iba a negar, pero, contra todo pronóstico, cuando mi madre le dio la noticia, se puso incluso feliz.

No tengo coche propio, uso el de mi madre para moverme, y parece que mi padre tampoco, así que vendrá a recogerme Kael, un «examigo» de la infancia.

¿Pueden ir las cosas peor?

Me acuerdo de Kael, era cuatro años mayor que yo y me gustaba mucho de pequeña.

Siempre tenía una sonrisa cálida y un aura protectora, además de ser guapo, increíblemente guapo.

Tanto que, incluso siendo una niña, me declaraba enamorada de él y me ponía celosa de Susan, por la que me dio de lado y se olvidó completamente de mi existencia.

No puedo evitar preguntarme: ¿seguirán juntos?

Bah, qué me importa…

Actualmente vivimos en Phoenix, Arizona, porque Ander tiene su casa y su trabajo aquí, pero antes de que mamá y papá lo dejasen, siempre habíamos vivido en Payson, un pueblo de dieciséis mil habitantes, conocido por tener uno de los rodeos continuos más antiguos del mundo.

Solamente me separa de mi padre una hora y media en coche, aunque para mí ha sido como si nos mudásemos a otro planeta, y juraría que, para él, también.

Si tengo que ser sincera, siempre he pensado que papá no me perdona el elegir a mamá, aunque ¿qué podía hacer? Quedarme con él parecía más un fastidio que una solución para ambos. Ni siquiera sabía hacerse un huevo frito o poner una lavadora, y yo, menos.

El timbre suena, y volver a ver a Kael hace que el mal trago sea todavía peor. No nos dirigimos la palabra durante el último mes que viví en Payson y llevamos todo este tiempo sin saber el uno del otro. Ni una llamada ni un mensaje, nada.

Muevo el culo rápidamente para coger mis cosas y bajar corriendo, pero mi madre me detiene.

—Alto ahí, primero debo hablar unas cosas con él.

—Mamá, por favor… —le imploro, sabiendo lo que hará.

Va a contarle «su versión» de los hechos a Kael, para que no piense por nada del mundo que ella es una mala madre y que prefiere deshacerse de mí antes que del pervertido de su marido.

Como no quiero perpetuar esta guerra, me muerdo la lengua y dejo que haga lo que quiera, yendo rápidamente a la ventana de mi habitación para ver como él se baja del coche y mi madre le recibe.

Algo extraño se remueve en mi interior al verle con el uniforme de policía, ha cambiado mucho, no es para nada el chico que yo recordaba.

Cuando mi madre y yo nos fuimos de Payson, siendo esa la última vez que le vi, recuerdo perfectamente que él mismo llevó mis maletas al coche, yo tenía once años, por lo que él era un chico de quince. Ni siquiera me dio un abrazo de despedida y yo lloré como una magdalena durante días.

Vaya, así que al final sí que consiguió entrar en el cuerpo…

Bah. Repito: no me importa.

Sin embargo, una oleada de pensamientos sacude mi memoria de forma inevitable.

Kael sonriendo; Kael jugando conmigo; Kael pescando con papá en el lago; Kael diciéndome que sería uno de los policías más pesados de Arizona y que, si no aprendía a llevar la bicicleta solo con dos ruedas, me pondría multas que nunca podría pagar y me encerraría en la cárcel.

Me río al vislumbrar a una pequeña Elena llorando porque creía que de verdad acabaría en un calabozo.

Spoiler: nunca aprendí a montar en bicicleta.

Mi madre, después de hablar acaloradamente con él, llorar y este no parecer inmutarse por su dolor y simplemente permanecer de brazos cruzados mirándola con una ceja alzada, decide acercarse a la ventana, gritar mi nombre y hacer una señal para que baje.

Bueno, allá vamos.

Resoplo con un pelín de alivio.

No me malinterpretéis, estoy jodida por dejar a mis amigas, por perder mi trabajo en la heladería y por tener que convivir con un padre del que no he sabido nada en tanto tiempo.

Pero, por otro lado, me alegro de quitarme al baboso de Ander de encima y de dejar que mi madre se dé cuenta por sí misma de que yo tenía razón. Algún día.

¿Me echan de casa? Estupendo, yo les echo de mi vida, para siempre.

Voy dando tumbos con la maleta por las escaleras, y es que seis años de una vida pesan bastante. Ander me mira desde el sillón, tomándose el café y hojeando el periódico, la piel se me pone de gallina nada más verle y aparto la mirada.

Me da asco.

—Trae, te ayudo.

El nuevo Kael, no el que yo recuerdo como el niñato que me dejó tirada, viene directamente hacia mí.

Es alto, fuerte y ágil. Su cuerpo luce con una increíble musculatura bajo el uniforme y mantiene esas facciones tan bonitas y angelicales con las que suspiraba de niña.

Bueno, ahora son varoniles y angulares, con una sombra de barba cubriendo su cuadrada mandíbula y unos ojos profundamente verdes; además de un cabello castaño cortado al estilo french crop , que es degradado por abajo y más largo con algo de flequillo por arriba.

Una pequeña cicatriz rompe la armonía de su ceja izquierda.

Su voz también es diferente, más grave, más ruda, más imponente.

Ander le saluda y se levanta para ofrecerle la mano. Kael no la acepta, solamente deja mi maleta colgando de esos dedos fuertes y venosos. Algunas venas también se marcan de forma prominente por su antebrazo.

Mi padrastro decide agachar la cabeza y guardar la mano en el bolsillo.

—Nos vamos —anuncia, dirigiéndose a mí pese a que no me mira más de dos segundos. Normal, después de lo que le habrá contado mi madre, seguro que piensa que voy a tirarme encima de él. Debe de creer que soy una completa arpía.

Mis mejillas se encienden y tengo incluso ganas de llorar por la maldita vergüenza.

Antes de cerrar la puerta de casa, mientras Kael guarda mis cosas en el maletero de su coche de policía, miro a mamá por si quiere, no sé…, un beso, un abrazo, algo.

Sin embargo, lo único que obtengo por su parte es otra púa de las suyas.

—A ver si con tu padre tienes la misma buena vida que has tenido con nosotros.

Y, ¡pum!, puerta cerrada en las narices.

El sonido del claxon tras mi espalda me hace dar un respingo, está empezando a llover y Kael no parece tener ni tiempo ni paciencia. Me pongo la capucha de la sudadera sobre el pelo y corro para subirme a su coche.

Huele a pino y hay un rosario colgando del espejo retrovisor.

Él se pone en marcha, encendiendo la radio local. Van sonando canciones, algunas más de moda y otras un poco más horteras, mientras, de vez en cuando, se escuchan interferencias y voces de sus compañeros. Él responde que en, más o menos, una hora y media, estará de vuelta, que le ha surgido algo.

«Algo».

Yo soy ese algo.

Supongo que debo decir «gracias por venir a recogerme» o alguna cosa parecida, pero temo que se malinterprete con querer bajarle los pantalones. Dada mi fama…

Así que, con unas intensas ganas de llorar, y viendo que ya nada es como yo lo recuerdo, apoyo la frente sobre el frío cristal de la ventanilla, mentalizándome para afrontar mi nueva vida.

Menuda mierda.